Santiago Apóstol (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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No se nos ocultan todos los logros de nuestra sociedad, pero no podemos cerrar los ojos a los momentos singularmente duros que atravesamos. Somos conscientes de las tensiones y de los problemas, de las crisis y de las amenazas que se ciernen sobre los hombres de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. Tenemos ante nuestros ojos el rápido cambio de las condiciones de vida, la transformación cultural operada al margen de lo que es nuestra historia y cultura, la pérdida de referencias y de valores morales para el comportamiento personal y social, el deterioro moral y social que no acaba de encontrar caminos de regeneración. Tampoco olvidamos los problemas de la juventud ni del amplio mundo de los marginados, la paz siempre frágil y amenazada y las situaciones de extrema pobreza y de hambre de gran parte del mundo y de cómo se viola la vida humana, por el terrorismo, la guerra, los malos tratos, el aborto, la eutanasia, la manipulación genética, y de tantas y tantas formas. La Iglesia, los católicos no podemos vivir al margen, ni realizar la misión fuera de este contexto.

No miramos con amargura ni decepción nuestra situación, y menos con nostalgia, como hombres sin fe o sin esperanza. Creemos que vivimos una hora de Dios, en la que se escucha un poderoso llamamiento a la evangelización que viene de nuestros contemporáneos y una apremiante llamada a que la Iglesia sea ella misma haciéndose expresamente presente en el mundo como signo e instrumento, anuncio y presencia de la salvación y de la comunión para esta sociedad en cambio.

En esta fiesta de Santiago, Apóstol, los cristianos de España nos sentimos profundamente agradecidos por el don de la fe que de él recibimos. Al mismo tiempo, sentimos la urgencia de transmitir esa fe y experimentamos grandes dificultades. Nos sentimos aprisionados en nuestra impotencia, sumergidos en múltiples ofertas de salvación que vemos como no definitivas y engañosas. Pero desde la experiencia de nuestra limitación, tenemos hoy la experiencia de que la fe, y el transmitirla es un don que nos desborda, una misericordia sumamente acogedora, el don y la misericordia de Dios. Ese don y esa misericordia pueden salvarnos en plenitud, ofreciéndonos la gratuidad de su amor. Y de ello somos portadores gozosos, aunque deficientes y pecadores, en la Iglesia.

Vivimos tiempos en que es necesario reavivar las raíces cristianas de nuestro pueblo. Hoy lanzo un grito lleno de amor, como el que lanzó el Papa San Juan Pablo II a Europa en Santiago de Compostela, que continuamente os recuerdo: «¡España, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia!».

Los católicos españoles, basados en esa fe que recibimos del testimonio de Santiago, hemos de mostrar, en la vida cotidiana y en la práctica real y social, que el servicio del hombre es el criterio de autenticidad y de nuestra experiencia de Dios como Dios. Este servicio respetuoso con la realidad y desde la libertad de los hijos de Dios ha de llevar a disipar el malentendido de que Dios solo puede ser afirmado a costa del hombre o al margen del hombre y de que el hombre sólo puede ser servido al margen o en contra de Dios. Por eso, lo que importa realmente es que España se vuelva a encontrar a sí misma, que sea ella misma, que descubra sus orígenes y avive sus raíces; que reviva aquellos valores que hicieron gloriosa su historia y benéfica su presencia en otros continentes.

Nuestra sociedad necesita una reconstrucción que exige sabiduría y hondura espiritual. Es necesario pedir a Dios, por intercesión del Apóstol Santiago con cuya sangre consagró los primeros trabajos de los apóstoles, que fortalezca a la Iglesia con su patrocinio y que mantenga a España en la fidelidad a Jesucristo: esta es su mayor grandeza y su mejor herencia. Vivimos tiempos difíciles para la fe: nos acosan pero no nos derriban. Serviremos y obedeceremos a Dios antes que a los hombres. Daremos testimonio valiente de Jesucristo.

Que Dios nos conceda ser fi eles al mensaje evangélico; que dé fortaleza y valentía a los pastores para que no se arredren ni se echen atrás en el anuncio del Evangelio, en la defensa de la fe y en la defensa del hombre y de sus derechos fundamentales. Que nuestros gobernantes y cuantos les asisten gobiernen con rectitud y trabajen en el bien de todos, que sean capaces de rectificar en lo que deben rectificar, que nuestro pueblo español viva en mutua comprensión y reine en él la paz y la justicia. Que seamos dóciles siempre al Evangelio de Jesucristo y no nos dejemos llevar al retortero por falsas doctrinas. Que defendamos y mantengamos viva llena de vitalidad la verdad del matrimonio y de la familia, que trabajemos por el respeto de la vida y de la dignidad de la persona humana; que pongamos el máximo empeño en la defensa y promoción de un marco legal que permita la educación integral de niños y jóvenes en un contexto de justicia y libertad. Que España se mantenga unida y no se disuelva ni se desintegre en su realidad más propia. Que Dios que nos ha concedido el que la predicación apostólica arraigara en nuestro suelo patrio nos conceda también en España esta fe que se dilate y se purifique sin cesar.  


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