Inicio del Sínodo Diocesano (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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Ayer tarde iniciamos un Sínodo diocesano en Valencia, lo he convocado y lo iniciamos para renovar la Iglesia local dirigiendo nuestros pasos todos juntos y encaminarnos a lo sustancial y no quedarnos en cosas, tal vez importantes como reformas estructurales, pero que no es lo fundamental; lo fundamental y sustancial es Cristo. Por eso acudimos a Santa Teresa y lo iniciamos providencialmente en la tarde de la solemnidad de la Santa. 

Lo he convocado escuchando la voz del Señor y el clamor que nos llega de los hombres de nuestro tiempo para fortalecer y avivar nuestra fe como fieles testigos de Dios vivo y de su Hijo Jesucristo, para vivir esa fe cada vez con mayor vigor y ser capaces de comunicarla a los demás con fuerza y alegría. Vivimos tiempos recios en un mundo en que se padece el olvido de Dios, el silencio de Dios, se vive como si Dios no existiera, la práctica dominical como signo elocuente de lo que sucede ha descendido muchísimo, se echa en falta la presencia de cristianos en la vida pública y crece la apostasía silenciosa de muchos cristianos, cierta pasividad ante los que sufren está ahí, el individualismo se apodera de todos también de los cristianos, hay una debilidad evangelizadora en las comunidades cristianas, y una quiebra moral sobre todo en los países de Occidente. La fuerza del relativismo se impone por doquier... Ante estos hechos innegables, se adueña tal vez de nosotros, pastores, el cansancio y tal vez nos falte incluso empuje evangelizador ¿podemos estar como espectadores pasivos sin reaccionar? ¿Nos da lo mismo que sea así? Por eso comenzamos el Sínodo diocesano porque necesitamos, con la fuerza del Espíritu Santo, una renovación interior que nos de fuerzas para evangelizar, ser testigos y anunciadores del Evangelio, necesitamos ser en verdad y eficazmente una Iglesia evangelizada y evangelizadora, que se atreva con libertad, obedeciendo a Dios antes que a los hombres o a los poderes del mundo, a anunciar a Jesucristo como la gran verdad que salva y renueva al mundo, una Iglesia que se atreva como Jesús a anunciar el Reino de Dios y a llamar a la conversión, una Iglesia que haga cristianos, discípulos de Jesús, testigos de la fe y el Evangelio en nuestro mundo, en la vida pública, en todas las esferas de la vida personal y social. Sin conversión no hay Iglesia. Por otra parte, de otras partes del mundo, donde el Evangelio no se ha anunciado suficientemente, nos llega un clamor: «venid y ayudadnos». ¡No podemos seguir así! Hay que hacer algo. Se ha hecho estos años atrás mucho en nuestra diócesis con itinerarios de renovación y evangelización e incluso hemos llegado a esbozar un proyecto diocesano de evangelización, aprobado tal día como hoy hace tres años; pero hay que hacer algo más, concretar más, aprobar entre todos medidas operativas sustanciales y centrales, evaluables, pocas pero centrales y generadoras de un gran dinamismo evangelizador diocesano. Por eso este Sínodo Diocesano. Iniciamos este Sínodo precisamente el día de Santa Teresa de Jesús, gran santa renovadora y reformadora del siglo XVI, que, con su renovación interior, entre otras cosas, alentó desde el claustro la obra evangelizadora y misionera hasta hoy.

 Al iniciar este Sínodo diocesano y durante todo él, volvamos a Teresa de Jesús, que nos dice «sólo Dios basta, quien a Dios tiene nada le falta: Ese debe ser el horizonte del Sínodo, ese es el horizonte del mundo que vivimos. Además, Teresa de Jesús nos dice la actitud que hemos de tener y conservar en el Sínodo y en el mundo de hoy: «Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?». Esto es lo que necesitamos: estar atentos a lo que Dios mande de nosotros, y no busquemos otra cosa que Dios y su voluntad, como Jesús nos enseñó. Volvamos a Teresa de Jesús, a su espiritualidad y a sus escritos. Ahí aprendemos y saboreamos esa sabiduría eterna de Dios y manifestada en el tiempo, en la carne, en la humanidad llagada del Hijo de Dios, único camino de la Iglesia, único camino de Dios al hombre y del hombre a Dios, único camino del hombre a cada hombre. Necesitamos volver a santa Teresa hoy más que nunca en este mundo de eclipse de lo divino y de pérdida del sentido de Dios. Lo necesitan, sobre todo, los jóvenes hambrientos de trascendencia, de Dios, en sus vidas y de testigos de esa trascendencia, de nada tan necesitados como de Dios, porque tienen sed de vida, de amor, de esperanza, de felicidad y plenitud: y sólo Dios es esa plenitud. Sólo El es la Vida y fuente de la Vida. Necesitamos la enseñanza y el testimonio de la Santa porque faltando el sentido de Dios, va perdiéndose hoy el auténtico sentido del hombre y el hombre se vuelve contra el hombre, y porque tratando de eliminar a Dios vamos eliminando al hombre y produciendo su destrucción. A esto debería conducirnos el Sínodo: a avivar nuestra fe en Él, a convertirnos a Él, a ser de Él, a seguirle, amarle y anunciarle, darlo a conocer.

Necesitamos seguir los pasos de la Santa Andariega de Ávila, Teresa de Jesús, para descubrir al «Jesús de Teresa», del que tan necesitados estamos todos los hombres, porque Él es nuestro Redentor, el único que tiene palabras de vida eterna, el único nombre en el que los hombres podemos hallar perdón y misericordia, reconciliación y paz, felicidad y medicina para nuestras heridas y palabra de comprensión para nuestra fragilidad pecadora. Nuestra Santa universal, Doctora y Maestra de toda la Iglesia, no tuvo otro vivir que Cristo, porque supo apropiarse la riqueza de la Iglesia, la única que la Iglesia tiene, que no es otra que Jesucristo, y a ella entregó su vida. Sigamos los pasos de esta mujer santa y no nos dejemos engañar por nadie que trate de mostrarnos otro camino distinto al que ella siguió, otro camino distinto que el del conocimiento y el de la experiencia de Jesucristo, que únicamente se adquiere dentro de la Iglesia: en el trato y amistad con El en la oración. 

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