Papa Benedicto XVI (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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La semana pasada participé en la presentación de un libro, cuyo autor es Pablo Blanco y que lleva por título «Benedicto XVI, la Biografía». En dicha presentación dije a propósito de Benedicto XVI, a «quien los Cardenales, reunidos en Cónclave, en 2005, eligieron “al que Dios había escogido” para suceder al “gran Papa”, Juan Pablo II, en el ministerio de Pedro. La “elección de Dios” recayó sobre aquel que, en su primera aparición en público como Papa, se definió como “un sencillo, humilde, trabajador de la viña del Señor”, y, en la Eucaristía de inicio oficial de su pontificado, dijo: “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor, y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca la Iglesia en esta hora de nuestra historia”». Así era y así sigue siendo este hombre providencial, Benedicto XVI: Un Papa para el presente y para un gran futuro.
A lo largo de las páginas de este libro al que vengo refiriéndome, me reafirmo en ver en el Papa Benedicto XVI, ante todo, a «un hombre de Dios», llevado por Dios, elegido por Él. En aquellas palabras de su saludo, tan esenciales como sencillas, tan cargadas de verdad como de gran futuro para el hombre, Benedicto XVI perfilaba y definía lo que iba a ser pontificado su pontificado, marcado enteramente por la centralidad de Dios, que es Amor, y es quien lleva y hace a la Iglesia. Así es Benedicto XVI; así es su vida, el «secreto de su vida»; ahí es donde está la clave de su tan rico y cimentado pensamiento, y de su prudente, justo y libre actuar. Responde, además, por completo a lo que, según él mismo, es el problema central de nuestro tiempo: «la ausencia de Dios», y el deber prioritario de los cristianos: «testimoniar al Dios vivo».
Por más vueltas que le doy, y el libro tan penetrante, amplio, como sencillo, ante una personalidad, ante un pensamiento, y ante una figura como la suya, tan singular y grande, siempre, de una forma u otra, me voy a lo mismo: Hemos tenido como Papa a un «hombre de Dios», un «amigo fuerte de Dios», en expresión teresiana. Su trato, su manera de ser, su actuar, su pensamiento, rezuman la realidad de Dios. Todo él es «la elección de Dios», y nos remite a Dios.
Llama la atención, desde el comienzo de su pontificado, que su programa no sea otro que lo que Dios quiera y muestre. Se puso en manos de Dios, inició su camino con la mirada puesta en el Señor, y nada más. Por sencillo y simple que esto parezca (así de sencillo se mostró y sigue mostrándose desde el principio, hasta hoy después de su renuncia, como es) es donde, por contraposición a lo que impera en nuestro tiempo está la verdadera revolución de nuestro mundo. Por eso dirá a los jóvenes reunidos en Colonia, en cuyas manos está el futuro de nuestra humanidad: «En el siglo pasado vivimos revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, siempre se tomó un punto de vista humano y parcial como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que lo priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?».
La enseñanza y el testimonio constante del Papa Benedicto XVI, desde el comienzo de su vida, podríamos decir sin exageración y siguiendo sus lugares y sus huellas donde creció y vivió, sobre todo desde el inicio de su pontificado, es un permanente apelar a este testimonio de Dios, que es Amor, a centrar la vida en Dios, a advertir sobre lo que le adviene al hombre, a la humanidad cuando se aleja de Dios o se hace que Él no cuente: la verdad se ofusca y confunde, la razón humana se empequeñece y se torna incluso contraria al hombre, la libertad se degrada en esclavitud. Desde su primera aparición en la logia de la basílica de San Pedro, como Papa, hasta su último mensaje, pasando por su gran Encíclica «Dios es Amor», por su discurso de Ratisbona, por su Exhortación Apostólica «Sacramentum Charitatis» o su libro «Jesús de Nazaret», es una apremiante llamada a que los hombres vuelvan a Dios, al Dios revelado en su Hijo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, nacido de una mujer judía, María, siempre virgen.

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