Sagrada Familia y crecimiento económico (José Manuel Pagán, El Debate)
Noticia publicada el
viernes, 2 de enero de 2026
Hoy nadie cuestiona la epidemia de soledad que nos asola, tampoco la preocupación que supone el creciente número de personas que manifiestan sentirse solas, ni el drama que se experimenta cuando se constata que un buen número de quienes sufren esa soledad no deseada son jóvenes.
Sin embargo, aflora igualmente cada vez con más fuerza una simpatía hacia otros jóvenes, de entre 25 y 35 años, altamente cualificados, que, según distintas investigaciones, eligen la soledad como forma de vida; jóvenes (principalmente mujeres profesionales) que deciden vivir solos y cuyo número está creciendo de manera significativa. En EE. UU., casi el 40 % de los adultos vive solo, y en el grupo de 25 a 35 años las personas que no viven en pareja son ahora el grupo dominante; en la Unión Europea, los hogares unipersonales se han convertido en el tipo más común, representando aproximadamente el 32,5 % del total.
Mucho me temo que detrás de esa simpatía está el hecho de que, según pone de manifiesto un estudio liderado por el profesor Rodríguez-Pose, de la London School of Economics, la presencia de estos jóvenes cualificados viviendo solos está correlacionada con un mayor crecimiento económico regional. Y esto debe ponernos en alerta, porque cuando se considera a la persona como factor de producción, la economía deja de estar al servicio de la persona y es esta la que pasa a estar al servicio de la economía. La economía necesita de la antropología —en cuanto saber que reflexiona sobre el ser, la dignidad y la vocación de la persona humana— para no perder el rumbo; solo cuando el criterio económico se deja iluminar por la verdad sobre la persona, el crecimiento se convierte en verdadero desarrollo.
Y es aquí donde conviene acercarnos a la Sagrada Familia, como modelo luminoso que manifiesta de modo silencioso, pero decisivo, la verdad de la persona frente a toda reducción funcional o economicista.
En esta Familia se nos muestra que la plenitud humana no nace de la maximización de oportunidades individuales, sino de la acogida del otro como don y de la entrega de la propia vida en una comunión concreta y cotidiana.
Esta Familia no se comprende desde la lógica del rendimiento, sino desde la lógica del don. Cada uno vive en función del otro: José acoge una misión que no ha elegido según sus propios planes; María consiente en una entrega total que compromete toda su existencia; el Hijo entra en la historia no como afirmación de sí, sino como dependencia confiada. En ellos se revela que el ser humano se realiza no cuando se protege del vínculo, sino cuando lo abraza con libertad y amor.
Esta es la libertad auténtica que conviene presentar a nuestros jóvenes, precisamente cuando hoy se identifica fácilmente la libertad con la ausencia de vínculos, como si todo compromiso estable fuera una pérdida. La Sagrada Familia muestra lo contrario: la libertad alcanza su verdad cuando se convierte en capacidad de darse. El don de sí no es una renuncia a la plenitud, sino su forma más alta; no empobrece, sino que ensancha el corazón y lo abre a una fecundidad que supera al individuo. Sin duda, es un regalo poder reconocer el don que es una persona para otra, en palabras de Juan Pablo II, reconocer que «Dios te ha dado a mí».
La verdad antropológica se hace así visible: el ser humano es un ser relacional, no por añadidura, sino en su estructura más profunda. Ha sido pensado desde el amor y para el amor.
Presentemos la Sagrada Familia a nuestros jóvenes no como un ideal distante o moralizante, sino como una respuesta verdadera al deseo más profundo de su corazón: el deseo de ser amado de manera definitiva y de amar de modo que la vida tenga peso y significado. El don de sí no es una exigencia externa impuesta (tampoco desde la fe), sino la traducción concreta de lo que el corazón humano ya intuye cuando no se le silencia.
Frente a una cultura que exalta la autonomía solitaria como condición de éxito y de crecimiento económico, la Sagrada Familia propone una sabiduría distinta: la vida se encuentra cuando se comparte, la identidad se consolida cuando se entrega, el futuro se engendra cuando se ama sin reservas.
Ningún crecimiento económico puede sustituir la alegría serena de una vida vivida en relación, porque solo el amor —acogido y ofrecido— conduce a la verdadera plenitud. Pero es que, además, un modelo de familia como el de la Sagrada Familia es también una garantía de crecimiento económico y de desarrollo humano, precisamente porque custodia aquello que ninguna economía puede producir por sí sola.
La familia no es solo un hecho privado o afectivo, sino una realidad generadora de bienes humanos fundamentales. En ella se aprende a trabajar no como mera búsqueda de rendimiento, sino como servicio a otros; se aprende a recibir la vida como don y a transmitirla con esperanza; se aprende la confianza, la perseverancia, el sacrificio cotidiano. Estas (y otras) actitudes, silenciosas y aparentemente no productivas, son el humus del que brota toda economía sana.
Allí donde se vive la lógica de la Sagrada Familia —el don de sí, la fidelidad, el trabajo entendido como servicio, la apertura a la vida— no solo crece la humanidad de las personas, sino que se crean las condiciones para un crecimiento económico duradero, justo y verdaderamente al servicio de la persona.