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El complot de los Reyes (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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El complot de los Reyes (Carola Minguet, Religión Confidencial)

Hay personas muy modernas que miran el Día de Reyes con la misma expresión con la que un romano tardío miraba a un cristiano: condescendencia mezclada con sospecha. Les parece una reliquia, una fantasía innecesaria, un teatro pueril que habría que jubilar junto con las armaduras y los dragones. Sin embargo, como ocurre con casi todo lo que se juzga infantil, el error consiste en no haber crecido lo suficiente para comprenderlo.

El Día de Reyes no es una fiesta porque los niños crean en los Reyes Magos; los niños creen en los Reyes Magos porque el Día de Reyes es una fiesta verdadera. Es decir, no nace de la credulidad, sino de la gratitud. Y eso la vuelve profundamente subversiva en una cultura que ha sustituido la gratitud por la reclamación permanente de derechos. Tres hombres adultos, extranjeros y razonablemente cultos, se inclinaron ante un niño porque entendieron algo que nosotros, con todos nuestros manuales de psicología, solemos olvidar: que lo más grande puede venir envuelto en lo más pequeño.

El regalo, por su parte, es una de las cosas más incomprendidas de la actualidad. Se confunde con el intercambio, con la obligación o con el soborno. Pero un regalo auténtico es precisamente lo contrario de un contrato o una negociación. No sirve para equilibrar cuentas, sino para desequilibrarlas. El que regala dice, sin palabras, “no hacía falta, y por eso mismo lo he hecho”.

Por eso el regalo tiene algo de peligroso. No se puede justificar del todo. No responde a una lógica utilitaria. Y esa es una de las razones por la que tantos adultos desconfían de él y los niños lo esperan con los ojos abiertos como ventanas.

El niño no mide el regalo por su precio, sino por su aparición. No pregunta cuánto costó, sino de dónde vino. Le importa más el trayecto que el objeto. Y esa pregunta es en realidad profundamente metafísica. ¿De dónde vienen las cosas buenas que no hemos ganado?

Sus Majestades no traen lo que el niño pidió con precisión administrativa, sino algo mejor, lo que no sabía que podía esperar. No funcionan como un algoritmo de satisfacción personalizada, sino como una interrupción del deseo programado. En eso se parecen bastante a la Providencia, que nunca responde exactamente a nuestras listas, pero insiste en darnos algo más necesario… e interesante.

Se dice que el Día de Reyes fomenta la mentira. Curiosa acusación en una época que llama relato a la propaganda, diversidad a la imposición y educación emocional a la renuncia a educar mientras se inculca a los pequeños el embuste de que pueden ser lo que quieran, excepto niños. Sin embargo, la fantasía de los Reyes no es una falacia; es una verdad contada de manera soportable. Es la afirmación de que el mundo no es un mecanismo cerrado, sino un lugar donde aún pueden entrar regalos inesperados desde Oriente, sin pasar por aduanas ideológicas.

Y cuando llega el momento —porque siempre llega— en que un pequeño descubre que Melchor, Gaspar, Baltasar usan manos prestadas, no ocurre el desastre que algunos pedagogos pronostican. Ocurre algo mucho más grave y hermoso: es invitado a entrar en el complot. Ya no espera; ahora da. Ya no recibe el misterio; ayuda a sostenerlo.

Ese es el auténtico rito de paso. No dejar de creer, sino aprender a creer de otro modo. No desmontar el mito, sino asumir la responsabilidad de mantenerlo vivo frente a una sociedad empeñada en desmitificarlo todo salvo sus propias consignas. No abandonar la ficción, sino habitarla con conciencia.

Quizá por eso este día incomoda a tantas personas serias y formadas. Nos recuerda que hubo una vez un Niño al que no le trajeron juguetes, sino oro, incienso y mirra; es decir, regalos absurdos, poéticos y proféticos, como todos los buenos regalos.

Defender el Día de Reyes no es defender la infancia contra la razón, sino defender la razón contra el cinismo. Es afirmar que dar sin cálculo es más razonable que vivir sin asombro.

Y si algún día dejamos de poner regalos en los zapatos, tal vez no encontremos nada dentro, no porque hayamos crecido, sino porque nos habremos encogido.

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