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Dar razón de nuestra esperanza no es hacer política partidista (José Manuel Pagán, Las Provincias)

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Dar razón de nuestra esperanza no es hacer política partidista (José Manuel Pagán, Las Provincias)

Con demasiada frecuencia se cuestiona que la Iglesia como institución, o cualquier cristiano, se pronuncie sobre cuestiones de actualidad que afectan a la persona y lo haga iluminado por la fe. El argumento que suele esgrimirse para negar —o al menos poner en duda— ese derecho no es otro que afirmar que, al hacerlo, se está incurriendo en política partidista.

Este fenómeno, la tendencia a interpretar cualquier manifestación pública exclusivamente en clave política, fue señalado ya por Ortega y Gasset cuando habló del “politicismo integral”: la pretensión de que la política lo absorba todo y se convierta en la medida de cualquier discurso. Con esta confusión se pretende impedir aquello que es propio de la Iglesia y del cristiano en su relación con el mundo y con la cultura, a lo que ya San Pedro exhortaba a los primeros cristianos, camino de Roma —donde sería encarcelado—, y que no es otra cosa que “dar razón de vuestra esperanza”.

El Evangelio es, ciertamente, un mensaje religioso que anuncia una palabra de salvación y esperanza. El cristianismo es una religión y no un proyecto político. Pero precisamente por eso no puede prescindir de lo humano. Como recuerda el Concilio Vaticano II, “no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en el corazón de los discípulos de Cristo”.

De igual modo que Ortega distinguía nítidamente la misión del intelectual y la del político —el primero busca aclarar la realidad, mientras que el segundo no pocas veces contribuye a confundirla—, también es necesario diferenciar la misión de la Iglesia y del cristiano de la del político partidista.

El cristiano lleva consigo una concreta visión de la realidad que se desprende de su fe, pero que no necesariamente se tiene que identificar con ella. Y aquí está la clave de la presencia cristiana en el mundo. La fe no sustituye a la razón ni se impone como un sistema cerrado que anule la legítima autonomía de las realidades terrenas y precisamente por eso la visión cristiana de la realidad puede dialogar con todos: no se presenta como un dogma impuesto desde fuera, sino como una propuesta racionalmente articulada, abierta al encuentro, a la verificación y a la colaboración con quienes no comparten la fe.

Es precisamente por esto que hay que revelarse a la pretensión de reducir la fe a mera opinión privada o a la tentación de convertirla en ideología. Lo primero -reducir la fe a la esfera privada- es un riesgo muy frecuente en la cultura contemporánea, pretender considerar la fe como algo puramente subjetivo, válido solo para la vida interior del creyente y sin relevancia para la comprensión de la realidad común; si la fe quedara encerrada en ese ámbito, perdería su fuerza para iluminar la verdad de la persona, de la sociedad y de la historia. Lo segundo -convertir la fe en ideología- pervierte el sentido de la fe, que ya no sirve a la verdad, sino que la instrumentaliza, toda vez que deja de ser encuentro con Dios para reducirse a un sistema rígido de ideas que pretende imponerse.

Todo esto es lo que nos lleva a afirmar que la Iglesia como el cristiano no debe callar, debe ofrecer, como servicio al bien común, una visión del mundo que nace de la fe. Hablar de la persona humana, de su dignidad, de la justicia, de la vida, de la familia, del sufrimiento, de la paz o de la responsabilidad social no es hacer política partidista, es ejercer un deber moral que nace de la verdad sobre el ser humano.

La Iglesia, como institución, y el cristiano, como ciudadano y creyente, no pueden renunciar a la palabra cuando está en juego lo humano. Guardar silencio en esos ámbitos no sería neutralidad, sino abandono. La fe cristiana no crea una esfera paralela a la vida real: ilumina la existencia concreta, también allí donde se toman decisiones que afectan a las personas y a la convivencia.

Los pronunciamientos de la Iglesia no tienen una finalidad política, sino que buscan ofrecer una iluminación de la realidad desde una perspectiva ética, a la luz de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia; al mismo tiempo, los cristianos, de manera individual, pueden realizar declaraciones públicas y asumir un compromiso político concreto, actuando siempre bajo su propia responsabilidad personal e inspirándose, tanto sus palabras como sus acciones, de manera coherente en esta doctrina.

Por eso, cuando se acusa a la Iglesia o al cristiano de “hacer política”, simplemente por hablar, en realidad se está afirmando algo más grave: que solo algunas voces tienen derecho a interpretar la realidad. Esto no es defensa de la laicidad, sino reducción del espacio público.

La verdadera laicidad no silencia la fe, sino que permite que la fe hable sin privilegios y sin exclusiones, aceptando que también ella puede ofrecer razones para vivir juntos de manera más humana. En ese horizonte, la palabra cristiana no divide: llama a la conciencia, interpela a la razón y sirve a la verdad.

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