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La cruz no se edita (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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La cruz no se edita (Carola Minguet, Religión Confidencial)

El reciente revuelo provocado por una imagen de una figura pública —en la que su hijo fallecido aparece junto a su nieta gracias a la inteligencia artificial— no debe leerse como un hecho aislado, sino como el síntoma visible de una tendencia cultural más amplia. No es solo un gesto íntimo, sino una parábola involuntaria de nuestro tiempo. Dice algo de cómo se gestiona hoy la pérdida en una sociedad cada vez más incómoda con la muerte.

Conviene aclararlo cuanto antes: el dolor de una madre merece respeto y compasión, y nunca debe ser juzgado. El duelo no se fiscaliza ni se mide desde fuera. Sin embargo, comprender el sufrimiento no significa que todo acto derivado de él sea automáticamente justo o verdadero. El duelo explica muchas cosas, pero no las justifica todas.

Durante siglos, los hombres han llorado a sus muertos visitando una tumba, mirando una cama vacía o una silla que nadie vuelve a ocupar. Era doloroso, pero también real y sagrado, porque el recuerdo y la oración fortalecían la esperanza en la vida eterna. Hoy, en cambio, ha surgido una nueva tentación: no aceptar la realidad, sino corregirla. Donde había un límite, ahora hay un montaje. Donde había una ausencia, aparece una escena alternativa.

No se trata de olvidar ni de dejar de recordar. La representación puede cumplir un papel legítimo: puede ser un refugio temporal, un ejercicio de memoria o una forma de procesar el dolor. Toda cultura ha creado símbolos para digerir la muerte. Desde la fe, incluso, estas mediaciones pueden ayudar a mantener viva la comunión con quien ha partido, si se vive en oración y si no pretenden sustituir ni la relación con Dios ni la aceptación confiada de su providencia. El problema surge cuando las imágenes dejan de ser un puente hacia la realidad para convertirse en un lugar donde instalarse; cuando la pérdida se vuelve un decorado que se ajusta, y no una ausencia que debe ser aceptada. La cruz no se edita.

Así ocurre una paradoja contemporánea: cuanto más hablamos de la vida, menos la soportamos tal como es. Queremos hijos eternos, padres inmortales y recuerdos sin heridas. En nombre del amor, empezamos a exigirle a la realidad que no nos contradiga. Y cuando lo hace, la corregimos. No para comprenderla mejor, sino para que no duela tanto.

Pero en ese proceso sucede algo grave: las personas dejan de ser personas y se convierten en símbolos. El hijo ya no es un hombre concreto que vivió y murió, sino la idea del hijo que debía seguir estando. El niño que nace corre el riesgo de convertirse en respuesta a una tragedia anterior, cuando debería ser pregunta, una promesa nueva. Los niños no nacen para cerrar relatos ajenos; nacen para abrir el suyo.

En esta renuncia a los límites se revela también algo sobre nuestra manera de amar. Nos acostumbramos a pensar que proteger a quienes queremos significa negarles el paso inevitable del tiempo, cuando en realidad consiste en reconocer su autonomía, su libertad… y su fragilidad. Aceptar los límites y la pérdida no debilita el amor. Mirar de frente la muerte, permitir que duela sin intentar enmascararla, nos enseña a vivir con honestidad. No es heroicidad, es aceptar que nada que valga la pena sobrevive sin riesgo, ni sin la verdad de su desaparición en este mundo.

Quizá haya que recuperar una verdad antigua y escandalosa: amar significa aceptar que lo amado puede perderse. Que no hay amor sin herida. Que la fidelidad no consiste en negar la ausencia, sino en soportarla. Fingir que el vacío no existe no es una forma elevada de amor, sino una forma refinada de miedo. Y el miedo, aunque comprensible, nunca ha sido un buen aliado de la verdad.

Tal vez el homenaje más honesto a los muertos no sea colocarlos en escenas que no vivieron, sino permitir que su falta duela lo suficiente como para recordarnos que la vida no es un decorado, sino un don frágil. Y que, precisamente por eso, importa.

Porque al final no honramos a los que se han ido imaginando que siguen aquí, sino viviendo de tal modo que su ausencia tenga sentido. Incluso cuando duele. Sobre todo, cuando duele.

Hay, sin embargo, una perspectiva más grande, radicalmente ajena a nuestra capacidad de control, que escapa a cualquier montaje humano: la muerte abre una puerta. Y el dolor, en lugar de cerrarla, puede llevar tanto a anunciarla a quienes no la conocen como a rezar no para forzarla, sino para esperar, confiados, el momento de atravesarla, conscientes de que guarda algo que aún no podemos comprender plenamente.

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