La ciencia y la tecnología, al servicio del bien común (Alexis Cloquell, Paraula)

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La coyuntura histórica del último tercio del siglo XX y principios del XXI ha propiciado la aparición de la llamada “Era de la Información”. Así la titula Manuel Castells, cuyo paradigma ha sido precedido por la primera revolución de la tecnología de la información que se dio a partir de los setenta en EE UU. Aquí tienen especial importancia los avances tecnológicos de Silicon Valley (microprocesador, circuito integrado, microordenador…) y, sobre todo, la aparición de Internet, resultado este último de los proyectos del Servicio de Proyectos de Investigación Avanzada del Departamento de Defensa estadounidense.

En términos comparativos, este nuevo paradigma tecnológico presenta rasgos distintivos en relación con las precedentes revoluciones industriales: su grado de interconexión a escala global, organizado por un sistema o conjunto de relaciones (redes); el empleo de las tecnologías para actuar sobre la información; por ejemplo, el ‘big data’; y la capacidad de penetración respecto a los efectos de dichas tecnologías en toda nuestra actividad humana.

Así, teniendo en cuenta que la generación, el procesamiento y la transmisión de la información se convierten en la base material indispensable de la productividad y el poder, las nuevas formas sociales y tecnológicas de la sociedad informacional impregnan todas aquellas esferas de actividad; empezando por la reestructuración del sistema capitalista y el desarrollo de un mercado global, el establecimiento de un nuevo orden mundial representado por la guerra comercial entre EE UU y China y el despegue de la industria armamentística en Corea del Norte, Irán o Rusia.

Dada su magnitud, no puede negarse todo aquello a lo que ciencia y desarrollo tecnológico han contribuido para mejorar nuestra vida: el aumento de la esperanza de vida debido a los avances en el ámbito de la medicina o el acceso a la información, en el que todo espacio físico alcanza la dimensión de la aldea global (Marshall McLuhan).

No obstante, debemos preguntarnos si dichos avances llegan a todos. ¿Cómo es posible que hoy, según datos de UNICEF, mueran al año aproximadamente 1,5 millones de niños por enfermedades evitables mediante una vacuna? Sin duda alguna, la ciencia no es responsable de ello, los son aquellos que hacen uso de ella. Gran parte del presente desarrollo científico y tecnológico está vinculado a los intereses de las grandes potencias occidentales; es decir, está sometida a sus procesos de modernización y a sus pautas de consumo.

Los avances científicos no deben excluir a las regiones del planeta más pobres, ni acrecentar las desigualdades económicas y sociales entre Norte y Sur sino abogar por un progreso ligado a la defensa de los derechos humanos, la lucha contra el cambio climático y el bien común.

 

 

Alexis Cloquell

Profesor de Sociología (UCV)

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