Lo esencial de una fiesta

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Artículo de Francisco A. Cardells Martí, profesor de la Universidad Católica de Valencia.


El “Nou d’Octubre” es una efemérides clave en el calendario valenciano, porque tanto los naturales como los de adopción, celebramos quienes somos a través de una expresión festiva acorde con nuestra personalidad.

Más allá de vaivenes políticos y de los programas variados que existieron con el paso de los años, hay un constructo permanente que mantiene viva la antorcha del sentir valenciano. Hubo en la Edad Media corridas de toros, torneos de ballesta, danzas populares y recreaciones militares, pero los signos identificativos festivos que perduraron fueron otros.

En el origen es más sencillo. El dato histórico esencial es la consagración de la mezquita musulmana en la Catedral de Valencia, madre de las iglesias de la diócesis, el día 9 de octubre de 1238, mediante un acto solemne que expresa públicamente la victoria de cruz sobre la media luna en la región de Balansiya.

Ahora bien, ¿qué elementos envuelven aquel acontecimiento ochocientos años después?

1-La consagración del templo cristiano se expresa como era costumbre y lo sigue siendo hoy mediante el canto del Te Deum. Igual que lo hizo el rey Jaime I de Aragón en la Edad Media lo deben hacer las autoridades regnícolas a lo largo de la historia.

Bien es cierto que ya no va el soberano con el martillo a gesticular como destroza el edificio islámico, hecho que resultaría grosero. Pero, el centro del relato de toda la historia del 9 de Octubre sigue siendo el mismo: una alabanza a Dios por la gracia alcanzada, que Valencia sea cristiana.

2-La victoria política del Reino. El nacimiento de un nuevo reino busca un punto de partida y lo encuentra en el santuario del Puig de Santa María. Junto a dos pequeños montículos, a una legua de Valencia, es el punto de partida de las tropas para la batalla en 1237 bajo las órdenes de Bernat Guillem d’Entenza hacia el barranco del Carraixet. El resultado incierto junto a los campos de Meliana no aseguraban el triunfo.

Por eso fue el mismo rey después del combate al Puig para alentar ánimo a las tropas y que no abandonaran el sitio. Se trajo a su mujer Violante de Hungría a modo de presión y juró de forma solemne no dejar Valencia ante dos testigos de excepción: el cadáver de su lugarteniente caído y el relieve de la imagen de la Virgen del Puig además de todos sus hombres combatientes.

En la actualidad los sectores culturales vinculados al valencianismo y aquellos cercanos a movimientos políticos nacionalistas se concentran en torno al santuario mercedario del Puig de Santa María como florón espiritual y cultural para activar sus programas en un intento de resucitación de un reino histórico.

3-Una oportunidad para manifestar el carácter festivo valenciano. Los valencianos entienden aquello de resurgir de las cenizas como algo connatural y lo expresan mediante el arte de las fallas.

La peculiaridad de nuestro pueblo, fugaz y eterno a la vez, vitalista y espiritual, hace que los festejos se reflejen mediante elementos visuales, sonoros y hasta olfativos como los efectos de los fuegos pirotécnicos en una afirmación de color, ruido y embriaguez por la pólvora.

Aquellos triquitraques, piuletes y tronaors derivaron para muchos en las actuales figuritas de mazapán envueltas en un pañuelo (mocadorà) que regalan los enamorados a sus amadas al prohibirse los castillos de fuegos artificiales temporalmente tras la entronización borbónica en el siglo XVIII. Así, en la actualidad, los hornos artesanos se llenan de bullicio y color de los enamorados en busca de sus dulces cada día de Sant Donís, convertido en patrón de enamorados valencianos por una jornada.

Con el paso del tiempo tanto los artículos pirotécnicos como las figuritas de mazapán han constituido una parte esencial del elemento festivo del día 9 de Octubre, su fuerza y corazón a la vez. La forma de la piuleta y del tronaor ha supuesto para algunos una representación simbólica de atributos masculinos y femeninos de la fertilidad, que unidos al ruido pirotécnico constituyen una mezcla ritual que revela la necesidad de resurgir de nuevo cual ave fénix egipcia.

4-La autoridad derivada del valor de los antepasados: El Rey y la Senyera.

El 9 de Octubre es una fiesta en la que la figura del Rey Jaime el Conquistador está omnipresente. Su escudo, sus espuelas, su espada, todos los elementos visibles deberían mostrarse al pueblo. En la Edad Media y Moderna se exhibían en la Catedral y ahora se custodian en el Ayuntamiento. El soberano es el héroe que ha salvado al reino del yugo sarraceno. Su expediente para la canonización se quedó en el camino pero en su haber dispone de un record de consagración de templos cristianos que para sí quisieran muchos santos fundadores de congregaciones religiosas.

Si no está el rey se busca su alter ego, su bandera. Y en su defecto su escultura. La Senyera se corona igualmente, que es como darle autoridad al legado de los antepasados en una explicación totémica a través de una personificación real.

En la Edad Media sólo se iba a la guerra tras sacar la Real Senyera previa exhibición en lo alto del Portal de Serranos para su aclamación. Ella significa todo el sentir del pueblo representado en las Cortes y encabezado por el Rey. En los Jardines del Parterre anualmente se concentran las masas para establecer una especie de altar ante la estatua ecuestre del Rey junto a la Senyera. Aquí se le tributa ofrenda floral junto a un sinfín de poemas espontáneos. Es la fibra más sensible de la jornada.

Los honores debidos y tributados a la Real Senyera de Valencia, desde su bajada oficial hasta su procesión cívica, comprenden una manifestación colectiva de su máxima categoría. El Centenar de la Ploma expresa desde la historia el respeto y la escolta que se le debe. Con el paso del tiempo el Rey y la Senyera ganan fuerza y se les remata con el dragón alado, un basilisco fantástico a la valenciana, que asombra a los espectadores.

El carácter de los valencianos hace que la fiesta mantenga muchos elementos modificados en el paso del tiempo que se han adecuado con facilidad al sentir del pueblo y los intereses de las autoridades gobernantes. Sin embargo, las huellas del 9 d’Octubre no pueden olvidar lo esencial de la fecha, la celebración de la consagración de la Valencia cristiana por medio del nacimiento político del Reino de Valencia y como no, el reflejo de una manera de vivir esa realidad histórica: la valenciana.

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