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El fuego y la manipulación (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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El fuego y la manipulación (Carola Minguet, Religión Confidencial)

Los terribles incendios forestales de este verano evidencian nuestra impotencia, pero en nuestras manos está no dejarnos manipular. Y es que responden, según a quién se pregunte, al cambio climático, a los incendiarios (así ha de llamarse a los causantes, y no sistemáticamente pirómanos, como suele ocurrir en los medios de comunicación) o a décadas de abandono rural. También circulan teorías por las redes sociales sobre bandas de sicarios… ¿Quién lleva razón? 

El calentamiento global aumenta la capacidad de ignición y la probabilidad de que las llamas recorran grandes superficies, pero no sé hasta qué punto cualquier catástrofe natural debe achacarse al mismo. Ser cautos al respecto no debería conllevar ser acusado de negacionista. Algo tan serio pide huir de los maniqueísmos. Lo que sí parece evidente es que distintos focos han sido provocados y que estamos pagando las consecuencias de una política medioambiental cegarra, aunque también en esto cabe prevenirse de afirmaciones precipitadas.

El presidente de la Asociación Extremeña de Empresas Forestales y del Medio Ambiente sostiene en una entrevista en ABC que si estos bosques, con las cargas actuales de combustible, los hubiésemos tenido en 1960, los incendios habrían sido igual de destructivos. El tiempo actual alarga el período en el que el combustible está en disposición de arder, pero detrás de lo que ocurre está la falta de gestión forestal, y eso es responsabilidad de la administración. De ahí la paradoja (esta afirmación no es del entrevistado) de que el Gobierno no invierta en prevención. ¿Acaso no se cree la emergencia climática que proclama cuando le interesa?

Respecto a las motivaciones para provocar un incendio, según advierte en el mismo diario el decano del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes de Aragón, poco tienen que ver con las que mucha gente piensa: no facilitan la venta de madera ni la instalación de renovables, como tampoco sirven para urbanizar el monte. Por otro lado, casi el 70 por ciento de los fuegos inducidos se debe a quemas ilegales (tanto agrícolas como para regenerar pastos), un 7 por ciento a la acción de los pirómanos (un porcentaje ínfimo, porque muy pocos sufren este trastorno) y esta misma proporción (aunque, lamentablemente, en aumento) a gamberros. El resto responde a la caza, a peleas entre vecinos, a actividades ilegales… Está por ver qué ha sucedido para que casi medio millón de hectáreas de bosque y campo se calcinen en diez días, pero resulta conveniente alejar a la opinión pública de mitos que se creen indiscutibles. Sobre todo, apremia desmentir causas falsas, pues creerlas lleva a soluciones igualmente falsas, que son inanes o, aún peor, contraproducentes.

Relacionado con ello está el riesgo de las especulaciones en Internet (algunos afirman que los incendios están localizados en yacimientos de tierras raras y el fin es la extracción de estos materiales; otros, que su intención es urbanizar o la instalación de parques eólicos y plantas fotovoltaicas), lo cual es peligroso en un doble sentido: si son bulos, darles crédito (siempre sobran, pero más aún en circunstancias tan aciagas) o, si tienen peso, descartarlos gratuitamente. Antes que debatir con palos de ciego, convienen estudios rigurosos, alejados de intereses particulares. Es la hora de los expertos honestos, no de encender las redes.

En atención a la política medioambiental, la inversión pública forestal se ha reducido progresivamente desde 2009, especialmente en la partida dedicada a la prevención, lo cual no tiene pies ni cabeza. Quienes viven en las aldeas arrasadas -que no entienden de ecologismos de despacho ni necesitan títulos que ahora está de moda falsear- saben que antes de que llegue el verano deben realizarse labores de mantenimiento, desbroce, cortafuegos y gestión de la biomasa forestal. De ahí que les explote la cabeza, con razón, no sólo porque se racanee a nivel presupuestario, sino por ponerles trabas absurdas para realizar estas tareas. Los lugareños siempre han sido los primeros guardianes del territorio.

También es cierto que ha llovido mucho en primavera y eso ha llenado los bosques de vegetación descontrolada, y que, en zonas despobladas, los pocos vecinos apenas pueden hacer frente a los conatos de incendio, a diferencia de otras regiones más habitadas. Como se ve estos días, el problema de la España vacía no es algo baladí. De hecho, seguramente la negligencia vaya por aquí… Si realmente interesara, se invertirían fondos, se elaborarían políticas, se escucharía a la población rural. Pero no da votos ni dinero, por lo tanto, se desatiende. Sólo interesan los pueblos cuando estamos de vacaciones.

Con todo, esta columna no pretende exponer un análisis que soy incapaz de hacer y que corresponde a quienes saben, sino más bien alentar al lector a no bravuconear con la primera versión que aparece o, peor aún, secundar la que le cuadra ideológicamente. De hecho, es a lo que nos aboca la deriva de acusaciones cruzadas y reproches de nuestros dirigentes, que no sólo es una canallada, sino una manipulación, pues aprovechan esta desgracia para que nos alistemos en sus respectivos bandos. No es el momento de los rifirrafes, las campañas, ni de distraer al personal. El esfuerzo político debe ser atender y resarcir a los damnificados, enfilar a quienes han provocado los fuegos, reconstruir lo que se pueda y diseñar políticas forestales de verdad. Por cierto, llama la atención el contraste entre este espectáculo bochornoso y el trabajo ejemplar de los profesionales y voluntarios que se dejan la piel para apagar los fuegos y permitir que miles de evacuados vuelvan a sus localidades, algunos hasta el punto de perder la vida.

También convendría ensanchar la perspectiva y pensar sobre la relación entre el supuesto y cacareado progreso económico y tecnológico (no es progreso todo lo que se llama así; he aquí una manipulación mayúscula) y los peligros que amenazan a la naturaleza, pero no desde un idealismo bucólico que no sirve de nada. Parte de España se quema, pero antes se ha perdido algo más valioso que el paisaje, las especies animales y vegetales o los arroyos: formas de vida sencillas y auténticas, basadas en vínculos sensatos y modestos con la tierra y el prójimo.

Esto daría para ensayos sobre nuestra historia y cultura, donde tradicionalmente se ha dado un natural respeto a la creación (y, por ende, al Creador y a la persona). Este análisis, además, desmontaría posturas oscuras e hipócritas de muchos que se las gastan de ecologistas, como aquellos que son capaces de estremecerse ante un cielo estrellado, pero que promueven campañas para que millones de niños en camino sean muertos antes de abrir sus ojos a ese firmamento.

Quizás alguno de estos textos podría partir de la siguiente reflexión que nos regala Cervantes en El Quijote. Ahí lo dejo...

“Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquier mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían”.

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