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Ana Iris Simón en UCV Talks

“La identidad contemporánea está cimentada en el rechazo a lo heredado y en la reducción de quiénes somos a lo que elegimos”

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“La identidad contemporánea está cimentada en el rechazo a lo heredado y en la reducción de quiénes somos a lo que elegimos”

En el marco de UCV Talks, encuentros culturales organizados por el Vicerrectorado de Estudiantes y Vida Universitaria de la Universidad Católica de Valencia (UCV), la periodista y escritora Ana Iris Simón (Ciudad Real, 1991), ha asegurado que “la identidad contemporánea está cimentada en el rechazo a lo heredado y en la reducción de quiénes somos a lo que elegimos. Esa idea de la modernidad es lo que se halla detrás del fenómeno actual de aislamiento y ruptura de la comunidad”.

“Hablamos de los conceptos del hombre hecho a sí mismo del capitalismo y del hombre nuevo del socialismo. La modernidad parte de la idea de empezar de cero. Recordemos que en la Revolución Francesa se fusilaban relojes. Hoy se rechaza la tradición, la familia, el sexo biológico… por no haber sido elegidos. Pero, a la vez, se cree que lo que uno va a construir será definitivo. Por eso hay tanta insistencia en la idea de realización personal y tanto libro de autoayuda”, ha aducido Simón.

En opinión de la columnista de El País y contertulia de Espejo Público, la sociedad actual debe emprender un regreso “hacia instituciones orgánicas como la familia, el vecindario e, incluso, los sindicatos. Hoy vivimos en familias más pequeñas, en compartimentos estancos. Antes había comunidad: familia extensa, vecinos, participación compartida”.

“G. K. Chesterton afirmaba que uno huye de su calle pensando que la vida será más interesante en otros lugares; pero, en realidad, huye de lo exigente que es su propio entorno, porque la comunidad no es algo abstracto. Es conocer a tu vecina, compartir cosas, participar socialmente... En tu calle eres vecino, no ciudadano, y eso implica responsabilidad. Ser ciudadano es anónimo. Es una forma de vida más cómoda, pero también nos hace vivir más solos”, ha señalado.

En ese sentido, Simón ha traído a colación una anécdota de niñez en el pueblo de sus padres: “La gente me preguntaba: «¿Tú de quién eres?». Respondía con el nombre de mi familia, aunque me molestaba, porque me reducían a algo que no había elegido. Pensaba que era muchas más cosas, como estudiante, feminista o defensora del 15-M; con el tiempo, he entendido que casi lo único de lo que uno puede sentirse orgulloso es de lo que no ha elegido. Años después, una señora identificó a mi hijo como bisnieto de mi abuela y sentí orgullo. El orgullo puede venir de una historia compartida, de una tradición”.

“Hoy me da la impresión de que reducimos nuestra identidad a lo que producimos y consumimos: lo que ponemos en Instagram, nuestro trabajo, nuestros viajes, los restaurantes a los que vamos. Todo lo demás parece que debemos desacreditarlo”, ha incidido.

“Hoy nos creemos muy distintos de los demás y somos más iguales que nunca en la historia”

En el acto, la escritora manchega ha mencionado su participación hace unos días en un encuentro con distintos expertos, entre los que se encontraba el demógrafo Héctor Cebolla: “Nos habló de un estudio realizado por el CSIC con una conclusión muy interesante: a lo largo y ancho del mundo, los jóvenes nunca han tenido unos valores tan parecidos unos a otros. Un joven madrileño, uno de Singapur, uno de Nueva York o uno de Marruecos se piensan a sí mismos de manera muy similar. Y esto es una anomalía histórica. Antes había diferencias generacionales dentro de cada país, pero también diferencias entre naciones y culturas. Nunca ha habido tanta similitud global como ahora".

“Pero es que hoy mi casa se parece a la de una chica americana, japonesa o francesa. Incluso en las plantas. La costilla de Adán ahora es la planta de moda, está en todas partes, en cada casa millennial. ¿Qué ha pasado para que seamos cada vez más iguales y, paradójicamente, creamos ser más distintos, más únicos? Recuerdo tener veinte años en Malasaña y sentirme especial, cuando en realidad era igual que todos. Viajaba a Berlín y era igual que los jóvenes de allí. Lo mismo en cualquier otra capital europea”, ha añadido.

En opinión de la columnista de El País, estas semejanzas “probablemente tienen que ver con el capitalismo en un entorno globalizado”. Así, ha mencionado una cita del director de cine italiano Pier Paolo Pasolini: “En un vídeo suyo, paseando por Sabaudia –ciudad de arquitectura racionalista creada en 1934–, explicaba que el fascismo había conseguido la «uniformidad externa», pero no «interna». La gente seguía teniendo deseos y aspiraciones propias. Sin embargo, observó que el capitalismo sí conseguía igualarlos. Decía que el capitalismo podía ser «más autoritario» que el fascismo, porque lograba «penetrar en las almas»”.

Sin embargo, la escritora manchega cree que “en estos momentos se está produciendo un cambio”. Se observa “cierto retorno a la tradición, incluso a la fe cristiana”. Esto, a su vez, conlleva el “riesgo” de convertir ese movimiento “en algo estético, en una identidad más, en otra moda”.

La comunista, atea y anticlerical que se encontró con Cristo en su habitación

Por otra parte, Simón ha relatado su historia de conversión al catolicismo, tras haber crecido y vivido dentro de una familia y un entorno “comunista, ateo y anticlerical”. Su padre se había criado sin la presencia de su abuelo, forzado al exilio en Francia después de la Guerra Civil “por culpa de la denuncia de un cura”. Eso sí, su abuela materna tenía “mucha fe” y la llevaba a las procesiones.

“No sé por qué, pero siendo muy pequeña, con unos cinco años, me escapaba a misa sin decírselo a nadie. Llegué a pedir tomar la comunión, pero con el paso de los años me alejé de todo lo que tuviese que ver con la fe. En 2011, teniendo 19 años, participé en el movimiento del 15M y desarrollé un fuerte anticlericalismo. Sin embargo, cuando vivía en Malasaña descubrí una parroquia, la de San Antón, a la que acudía gente pobre y marginada. Me impactó ver que allí se vivía lo que nosotros reclamábamos en la plaza”, ha expuesto.

En esa época, comenzó a acudir a la eucaristía, también sin saber por qué: “Me ponía en el último banco y estaba sentada todo el rato, no participaba en la liturgia. Mis amigos, todos de izquierdas, no entendían por qué lo hacía, siendo feminista, atea y contraria a cualquier cosa que oliese a católico. No sabía qué responderles, porque yo tampoco lo entendía”.

“Un día, encontrándome en un momento de mucho sufrimiento personal, estaba sentada en mi habitación y sentí la presencia de Cristo de forma muy clara. No fue algo visual ni sonoro, pero lo que estaba sucediendo allí era muy vidente para mí. No sabría explicarlo racionalmente. Y no era algo que quisiera sentir; me resultaba incómodo, doloroso. No quería que Cristo estuviera ahí, pero sabía que lo estaba. De todos modos, mi conversión no fue instantánea, sino progresiva. Ese día se inició un camino y a día de hoy, Dios es lo único de lo que realmente me interesa hablar. Mi vida ha cambiado, es muchísimo mejor. Ha sido un vuelco total. Y me encantaría que todos a los que quiero pudiesen encontrar este tesoro inmerecido”, ha recalcado.

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