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Alza la mirada, Narciso (José Manuel Pagán, Las Provincias)

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Alza la mirada, Narciso (José Manuel Pagán, Las Provincias)

Narciso eres tú, Narciso soy yo. Hay una figura que puede iluminar nuestra forma de vida hoy: Narciso. Su tragedia no consistió en contemplar algo malo, sino en contemplarse únicamente a sí mismo; quedó cautivo de su propia imagen y su mundo reducido al círculo estrecho de su reflejo. A partir de ahí, no pudo ver el horizonte, ni a los demás, ni la realidad que lo rodeaba.

Cada época ha tenido sus formas de narcisismo y la nuestra posee una singular. El espejo de agua de la leyenda ha sido sustituido por las pantallas. Nunca había sido tan fácil permanecer encerrado en un universo construido a la medida de nuestros gustos, opiniones, deseos e impulsos. Los algoritmos tienden a devolvernos constantemente una imagen de nosotros mismos: lo que pensamos, lo que consumimos, lo que nos agrada. Y sin advertirlo, podemos acabar viviendo en una inmensa galería de espejos.

Por eso el lema “Alzad la mirada”, con el que nos visita el Papa León XIV, adquiere hoy una fuerza extraordinaria. Es una invitación profundamente humana y profundamente cristiana. Alzar la mirada significa romper el hechizo del ensimismamiento; significa descubrir que la realidad es más grande que mis preferencias, que la verdad es más amplia que mis opiniones y que el prójimo es más importante que mi propia imagen.

Urge levantar la mirada, y la universidad está llamada a ser el lugar donde se aprenda a ello. Una educación que sólo proporciona competencias técnicas puede producir expertos; pero una educación auténticamente universitaria forma personas capaces de preguntarse por la verdad, el bien y el sentido de la existencia.

El mayor desafío de la universidad hoy no es tecnológico, sino antropológico. No consiste en competir con la inteligencia artificial o con los avances digitales, consiste en ayudar al joven a no perderse a sí mismo en medio de ellos. La cuestión decisiva no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de persona queremos llegar a ser.

Quienes nos dedicamos a la educación estamos llamados, no a ser simples transmisores de información; sí a ensanchar horizontes; sí a ayudar a sus alumnos a levantar la vista por encima de la inmediatez, del cálculo utilitario y de la fascinación de la pantalla; sí a enseñarles a admirar, a pensar, a discernir y a buscar la verdad con libertad interior.

La realidad está ahí, pero alguien debe mostrársela y ayudarle a descubrir que esa realidad es más rica, más compleja y más bella de lo que parecía desde la estrechez de una mirada encerrada en sí misma.

Urge anunciar a los jóvenes que no nacieron para contemplar indefinidamente su propio reflejo, que han sido hechos para algo mayor: para la amistad, para el servicio, para el descubrimiento de la verdad, para el encuentro con Dios y para la transformación del mundo.

La visita del Santo Padre León XIV es una oportunidad providencial para encarnar y poner rostro a esta invitación evangélica de “alzar la mirada y contemplar los campos”. Porque levantar los ojos no es un ejercicio abstracto, significa aprender a descubrir dimensiones de la realidad que muchas veces permanecen ocultas bajo la costumbre, la indiferencia o el ensimismamiento.

El problema del ensimismamiento no es solamente intelectual o psicológico; es también moral. La cuestión no es únicamente que quien vive encerrado en sí mismo conozca menos la realidad; la cuestión es que deja de ver al prójimo.

Recordemos a aquel hombre herido en el camino; resulta significativo que varios pasaron junto a él sin detenerse. Esta actitud parece que no responde a una simple falta de generosidad; aquellos hombres estaban tan ocupados con sus propios asuntos, sus propias preocupaciones o sus propias obligaciones que el sufrimiento que yacía ante ellos permanecía, en cierto sentido, invisible. La tragedia comienza siempre con una forma de ceguera.

En cambio, aquel samaritano hizo algo extraordinariamente sencillo: ver. Antes de actuar, vio; antes de acercarse, vio; antes de compadecerse, vio. Y acaso esta sea la diferencia fundamental entre una existencia encerrada en sí misma y una existencia abierta a la realidad. A diferencia de los otros dos hombres, que tenían ojos, pero no miraron, el samaritano levanta la mirada y permite que la realidad irrumpa en sus planes. Es la antítesis de Narciso. Narciso mira y sólo se encuentra a sí mismo, el samaritano mira y encuentra a otro; Narciso queda cautivo de su imagen, el samaritano queda interpelado por un rostro; Narciso se repliega cada vez más sobre sí mismo, el samaritano sale de sí mismo hasta comprometer su tiempo, sus recursos y su camino.

León XIV nos invita a alzar la mirada y contemplar los campos, unos campos que no son ideas abstractas, que son personas concretas.

No dejemos que la llamada a ensanchar la mirada quede reducida a una discusión sobre posiciones ideológicas. La cuestión no es, en primer lugar, qué postura política adoptar ante cada problema; la cuestión es si somos capaces de ver la realidad en toda su amplitud.

Huyamos de lecturas partidistas y vivamos la visita de León XIV como una escuela de la mirada; no como una toma de posición sobe una cuestión concreta, sino como una invitación a salir de la prisión del yo, de la pantalla y también de las simplificaciones ideológicas, para volver a encontrarnos con la realidad entera.

Porque el problema de Narciso no era que tuviera opiniones equivocadas. Era algo más radical: había dejado de mirar el mundo. Y cuando el hombre deja de mirar el mundo, termina viendo únicamente su propio reflejo. Esa tentación adopta hoy muchas formas: el individualismo, la autosuficiencia, los algoritmos y también las ideologías. Frente a todas ellas, el Evangelio propone el mismo remedio: alzar la mirada. Sólo así reaparecen los campos, los rostros y la llamada que Dios dirige a cada uno de nosotros en medio de la historia.

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