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La Babel que vuelve (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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Hay gente que aún imagina a la Iglesia como una señora mayor que le habla al gramófono con desconfianza y a la electricidad con prudencia victoriana. Por eso a algunos les desconcierta que León XIV haya escrito sobre la inteligencia artificial. Les parecería más natural que la Iglesia andara ocupada en catedrales góticas y asuntos de incienso, como si la fidelidad consistiera en conservar un decorado y no en vigilar, una y otra vez, el lugar donde una época se está jugando su idea del hombre. Y también descoloca a quienes la querrían antigua en lo accesorio y muda en lo esencial; a quienes prefieren un museo antes que una madre.

Y, sin embargo, no hay nada más clásico que eso. La Iglesia nunca ha perseguido máquinas ni ha bendecido modas. Lo que ha intentado averiguar es qué idolatría nueva acaba de ponerse en circulación. Porque una sociedad no se define únicamente por lo que inventa, sino también por aquello de lo que desea ser dispensada.

Eso fue lo que supo ver León XIII cuando miró las fábricas y entendió que en aquellas chimeneas había una nueva manera de ordenar el tiempo, la familia, la autoridad y la dignidad del trabajo. La Iglesia no ha leído los grandes cambios históricos fijándose sólo en las herramientas, sino en la antropología que traen debajo del brazo.

Ahora se repite con frecuencia que el gran proyecto técnico de nuestro tiempo consiste en fabricar máquinas cada vez más parecidas al hombre. Pero da la impresión de que ocurre algo más ambicioso: convertir al hombre en algo cada vez más parecido a una máquina.

Durante mucho tiempo el progreso consistió en retirar el esfuerzo físico de la vida. Y eso es razonable. Nadie añora lavar en el río ni segar a mano o propone volver a calcular logaritmos a mano. La civilización avanza precisamente porque descarga ciertas cargas. Pero ahora hemos empezado a retirar el esfuerzo humano de la existencia. Que otro recuerde. Que otro compare. Que otro discrimine.

Ahora bien, tampoco conviene canonizar nuestra naturaleza. El hombre no sólo duda y delibera, también se engaña y se deja arrastrar por prejuicios, intereses y pasiones. Cuántas arbitrariedades disfrutan del prestigio social del criterio experto.

Existe, además, una idolatría rival de la tecnolátrica: la romántica. La que imagina que allí donde falla la máquina aparece automáticamente la sabiduría. Muchas de las peores catástrofes del siglo pasado fueron perfectamente humanas. No las produjeron algoritmos, sino hombres convencidos de estar haciendo lo correcto.

Pero por eso precisamente nos fascina la IA, porque parece ofrecernos una vida sin espesor moral y, por tanto, sin combate. Una vida cada vez más asistida y, precisamente por eso, cada vez menos asumida.

Por eso, también, el debate resulta tan pobre cuando se plantea como una pelea entre entusiastas y luditas. El problema nunca ha sido usar herramientas. El problema es decidir qué estamos dispuestos a entregarles.

Lo verdaderamente inquietante no es que unas máquinas piensen —además, no lo hacen: responden a diseños, intereses y decisiones humanas—, sino que empecemos a aceptar que pensar consiste únicamente en calcular bien. No que un algoritmo decida, sino que terminemos tratando nuestras decisiones como si fueran, en el fondo, un problema de procesamiento. La tragedia no sería que los ordenadores llegaran a parecer humanos, sino que los humanos acabáramos considerando defectuoso todo aquello que no se parece a un ordenador.

Porque una sociedad empieza a infantilizarse cuando ya no quiere criterio, sino resultados; cuando prefiere la recomendación a la prudencia, la predicción a la deliberación y la comodidad a la responsabilidad.

Eso tiene consecuencias muy concretas. Se nota en la escuela, donde cada vez cuesta más defender que aprender exige atención sostenida y no mera navegación entre estímulos. Se nota en el trabajo, donde empieza a deslizarse la idea de que sobran personas del mismo modo que sobran archivadores. Se nota en la política, donde la verdad deja de ser un suelo común y pasa a competir en el mercado de las impresiones. Se nota incluso en la guerra, donde ya se mata a distancia, con precisión, sin temblor y casi sin experiencia visible de la sangre, como si la distancia cancelara también la responsabilidad. Sobre esto, no obstante, habría que detenerse con más calma.

De ahí deriva también una forma de crueldad muy propia de nuestro tiempo: aquella que ya no se exhibe como abuso, sino que aparece con la compostura impecable del procedimiento. La violencia antigua tenía al menos un rostro reconocible. Ahora, en cambio, el perjudicado se encuentra con un sistema. Y discutir con un sistema es mucho más difícil que discutir con un hombre, porque el sistema no se sonroja, no escucha y no puede sentir vergüenza.

Ése es el quid. Nos gustaría una existencia sin fricción, sin demora, sin exposición al otro. No estamos construyendo sólo herramientas potentísimas; estamos intentando construir una vida sin el coste de la encarnación.

De ahí que resulte tan significativo que se nos recuerde que el hombre no es un sistema operativo, sino una criatura cuya dignidad está ligada precisamente a aquello que hoy querríamos eliminar como si fuera un fallo de diseño. La dependencia, el arraigo, la promesa, la responsabilidad, la necesidad de educar el juicio, la obligación de responder por el débil, la lentitud que exige comprender algo de verdad. Todo eso pesa, sí. Pero no es una desgracia técnica. Es la textura misma de una vida humana.

Babel siempre vuelve, aunque cambie de materiales. A veces no levanta torres de ladrillo. Pero promete casi siempre lo mismo: una forma de orden sin necesidad de verdad y, por tanto, sin aceptación del límite. Y fracasa también del mismo modo.

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