'Zorra' y el retroceso a las cavernas (Carola Minguet, Religión Confidencial)

'Zorra' y el retroceso a las cavernas (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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Sorprende el revuelo provocado por la canción que representará a España en Eurovisión, hasta el punto de que se haya pronunciado el Gobierno (“A la fachosfera le hubiera gustado más el Cara al sol, pero a mí me gusta Zorra”, ha asegurado el presidente Pedro Sánchez; a la ministra de Igualdad le parece bien al estimarla como un homenaje a lo trans). También hay medios de comunicación internacionales como la BBC o The Times que se han hecho eco. Igual peco de ingenua y la polémica se ha maquinado para propiciar una enorme campaña publicitaria, pero no deja de ser llamativo.

El debate gira, sobre todo, en torno a la letra y escenografía del sencillo de Nebulossa. Así, mientras unos están orgullosos de que nuestro país esté a la vanguardia del feminismo (aunque muchas feministas se han desmarcado, pues lo consideran una caricatura), otros se tiran las manos a la cabeza porque una cadena de televisión pública promocione un tema musical con estética porno que, según alegan, denigra a las mujeres (tanto es así que la delegada de Igualdad de RTVE ha dimitido por este asunto).

La clave del conflicto está en el apelativo zorra, que algunos quieren resignificar para que constituya un campo semántico referido al empoderamiento femenino. Así, a juicio de sus defensores, la mujer se fortalece, gana poder y autoridad cuando se llama a sí misma zorra, a la vez que se libera de un comportamiento sumiso o puritano impuesto. No obstante, otros piensan que sigue siendo un insulto degradante, uno de los más usados por parte de los maltratadores, a veces la última palabra que escucha una mujer antes de ser asesinada por su pareja. De hecho, hace unos meses hubo una conmoción pública porque se coló entre los gritos que unos chicos del Colegio Mayor Elías Ahuja dirigieron a sus compañeras.

Otro punto que se ha discutido estos días es el valor artístico de la pieza (están los que ensalzan el tecnopop ochentero, su ritmo pegadizo y desenfadado, frente a los que la catalogan como un show cutre, sin calidad vocal). En menor medida, se ha hablado de su posible incidencia en los jóvenes: en la plataforma Spotify ha superado los 3,3 millones de escuchas, de modo que habrá que prepararse por si a las escolares les da por cantar “¡vamos a zorrear!” en el recreo… Como leí el otro día, contemplar cómo las menores empiezan ya a llamarse zorras e imitan con apenas una década de vida ademanes sexualizados lleva, cuanto menos, a la duda sobre la oportunidad de la canción. Es paradójico que una supuesta reivindicación feminista atropelle, precisamente, a las niñas.

También ha habido voces que han planteado si se trata de un revuelo infundado, magnificado, sin mayor recorrido (pues no deja de ser una canción para un festival) y quienes consideran que, más allá del desencadenante, ha propiciado un debate con pleno contenido: además del feminismo abre a temas como la imagen/representación internacional de España, la polarización (hay que tener opinión para todo, especialmente si se trata de estar divididos) o la imposición del uso de la lengua a golpe de ideología. Por cierto, la Real Academia Española ha arremetido contra el lenguaje inclusivo en el Congreso y emitirá de forma inminente una nota al respecto. Bien jugado.

Habría que sumar a este estado de la cuestión la reflexión acerca de qué estamos haciendo con la cultura, sobre qué ha pasado para que esté hecha unos zorros (esta acepción sí forma parte de nuestra preciosa y rica lengua castellana). De hecho, escuchando y viendo la puesta en escena de Zorra me ha venido a la cabeza una advertencia de Vargas LLosa: “La misma cultura que nos tiró de las grutas y nos llevó a las estrellas puede, ausente de fuego y de vigor, hacernos retroceder hasta las cavernas”. La dictó en una presentación de su ensayo La civilización del espectáculo, cuyas páginas fueron inspiradas después de visitar la Bienal de Venecia y sentirse “maltratado” por lo que vio en esa importante cita del arte mundial. “No llevaría ninguno de los cuadros para mi casa y lo peor fue que sentí que se estaban riendo en mi cara”, declaró el Nobel.

Es exactamente lo que me ha pasado. Y la verdad es que volver a las cavernas me da pavor y espanto, incluso más que gogós masculinos vestidos de dominatrix tratando de invocar la dignidad de la mujer.

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