De tildes, #hashtags y otras etiquetas (David García Ramos, Las Provincias)

De tildes, #hashtags y otras etiquetas (David García Ramos, Las Provincias)

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Que la sociedad está cada vez más polarizada es algo que nadie pone en duda. Y, sin embargo, hay una tendencia cada vez mayor a la homogeneidad, a la unidad, al pensamiento único. Es como en esos modelos matemáticos que trataban de explicar el caos en los años ochenta y que tanto nos fascinaban, esos en los que del desorden más absoluto emergía poco a poco un orden cada vez más homogéneo: la rígida organización del hormiguero, la increíble coreografía del enjambre. La polarización lleva al extremismo y a la radicalización, y éstos, a su vez, pueden terminar dando con sus huesos en nuevas formas de violencia, generando nuevas víctimas y formas nuevas de hacer daño al otro. Y es que para eso el hombre siempre ha sido muy creativo. No hay nada nuevo bajo el sol, es verdad, pero somos capaces de inventar medios nuevos para las viejas violencias de siempre: nuevas leyes, nuevos supuestos, nuevas aplicaciones, para cubrir todas las grietas, tapar todos los resquicios, enmendar la plana a nuestros antepasados, y alcanzar, por fin, la inquebrantable unidad.

Esta polarización y estos extremismos, estas radicalizaciones y estas nuevas víctimas, han encontrado en las redes sociales un caldo de cultivo enormemente fecundo y creativo. Una creatividad que solo es aparente: reducir la tortilla de patatas a solo dos (sin-cebolla vs con-cebolla) y dejar a sus consumidores convertidos en cebollistas o sincebollistas, negando la realidad que puede descubrir cualquiera que se pasee por la geografía española y disfrute de la enorme variedad de posibilidades que ofrecen unos huevos y unos tubérculos cocinados juntos. Algo parecido ha sucedido con la cuestión de las tildes diacríticas para el adverbio sólo y para los pronombres demostrativos: el país se ha dividido, de pronto, en tildistas y antitildistas. Como hace unos años (¿o han sido sólo unos meses?) sucedía con las máscaras (y todas sus subcategorías, FFP5, FFP2, de tela, caseras, …) y el negacionismo, o hace sólo una semana, el 8M, o se era mujer o violador. Aparentemente todo es de un color o de otro. Si hasta en el Evangelio Jesús nos dice que o estamos con Él o estamos contra Él.

La terrible polémica de las tildes es sintomática de algo muy interesante que me gustaría llamar la paradoja postmoderna de la identidad. En una polémica algo anterior, que no termina nunca de cerrarse, se le exigía a la RAE, «esos señoros», que modificara su posición sobre el lenguaje inclusivo o sexista. En ese momento, 2019, la respuesta fue clara, al señalar que la tarea de la RAE es la de «recomendar y desestimar opciones existentes en virtud de su prestigio o su desprestigio entre los hablantes escolarizados». Nos jugamos mucho con las tildes, parece. La sociedad está dividida. Que algunos periódicos hayan dedicado parte o toda su primera página a la cuestión me da la razón, no es una boutade. Porque lo de menos, no nos engañemos, es si acentuamos o no. Lo importante es tomar partido, decir con quién estamos, marcarnos, etiquetarnos. Con ellos o contra ellos. Poner tilde se ha convertido en una cuestión política de primer orden. ¿Qué hacer?

La respuesta es muy sencilla, basta que gritemos con fuerza «¡ # !», y como por arte de magia esta marca apofántica y silenciosa, el hashtag, la almohadilla, el numeral, no sólo etiqueta, es que nos da, además, identidad: nos dice quiénes somos. La identidad se ha convertido en moneda social de validez universal. Uno tiene que definirse, declararse, encontrarse y proclamar su identidad a los cuatro vientos si quiere ser escuchado. El hashtag tiene un origen muy interesante: servía para enmarcar las conversaciones, para que los primeros internautas, deseosos de comunicarse en los remotos orígenes de la Red, pudieran encontrar fácilmente los mensajes en los que querían «enmarcar» su aportación. Hoy seguimos usándolo para lo mismo, pero se ha convertido también en icono, en insignia, en emblema distintivo, dentro del lenguaje visual emergente de los discursos digitales.

En nuestro afán por no quedar excluidos de la conversación, por ser aceptados y reconocidos, nos etiquetamos y etiquetamos nuestros mensajes: «¡ # !» El propio sistema nos sugiere los hashtags más populares y no dudamos en elegir entre ellos, aunque no nos representen, porque queremos formar parte de la conversación. Viralizar un hashtag, como sucedió con #MeToo, por ejemplo, es ciencia misteriosa, una aguja en un pajar. Nada nuevo bajo el sol: las víctimas en la Iliada, en la Odisea o en la Eneida, eran elegidas al azar. Pero una vez elegidas, o se estaba con ellas o contra ellas, había que tomar partido. Por eso la polarización corre como la pólvora en las redes, en la Red y en nuestro día a día: si nos descuidamos, acabamos en el bando perdedor. Las culturas y las identidades tienden a la homogeneidad bienintencionadamente, buscando unidad. El sentido común, sin embargo, ha sido sustituido por el pensamiento único, y éste se expresa, en nuestros días, a golpe de hashtag. Y ustedes, ¿ponen tilde o no? Nos jugamos mucho.

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