Juan Sapena (Cátedra Betelgeux-Christeyns)

¿Existe un tratamiento “definitivo” para la crisis económica del Coronavirus? Depende.

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¿Existe un tratamiento “definitivo” para la crisis económica del Coronavirus? Depende.

El brote de enfermedad por coronavirus bautizado como covid-19 provocada por el coronavirus SARS-CoV-2, ha desencadenado una crisis económica a nivel mundial, que muchos expertos han comparado con la propia de un conflicto bélico.  En este sentido, Olivier Blanchard, profesor emérito en el MIT y hasta 2015 economista-jefe del Fondo Monetario Internacional, publicaba el pasado lunes 16 de marzo a través de su cuenta de Twitter que “el mundo está de facto en guerra (contra el virus, en lugar de uno contra el otro, esta es la buena noticia ...)”.

Como ya ha ocurrido en anteriores situaciones de “cisne negro”, los mercados financieros, respondieron con nerviosismo, descontando el miedo de los inversores a las consecuencias de la pandemia y el daño que podría ocasionarse a la economía mundial. Los índices de las bolsas de valores a nivel internacional, como el Dow Jones en Wall Street o el DAX-30 alemán, han entrado en una espiral de “caída libre”. En España, el Ibex-35 cerraba el pasado lunes 16 de marzo en 6.107 puntos, perdiendo así un 36 por ciento de su valor al cierre de 2019, de 9.549 puntos.  Como bien saben los analistas, en bolsa las profecías se “auto cumplen” y, traspasados ciertos niveles de cotización, la fiebre vendedora es contagiosa, en una carrera hacia la liquidez, que les permita volver a invertir cuando las cotizaciones vuelvan a rebotar al alza. El mismo razonamiento es el que explica la penalización de la prima de riesgo de la deuda soberana de países como el nuestro (más allá de su base fundamental), y que fueron criticados por Keynes en su Teoría General en 1936: “dedicamos nuestra inteligencia a anticipar lo que la opinión promedio espera que sea la opinión promedio”.

El problema con la pérdida de confianza de los inversores en los mercados financieros, tanto de los de renta variable como de deuda soberana, viene dado por la vuelta de tuerca que supone en cuanto a la disponibilidad de recursos financieros que engrasan los procesos productivos, la inversión y el empleo. Además, el hundimiento de los mercados supone un considerable deterioro en la riqueza financiera de muchas familias, que invierten en valores cotizados tanto de modo directo, como a través de su participación en inversiones mutualizadas, tales como fondos de inversión o de pensiones. Esta cadena de deterioros se transmite a otros mercados de commodities, tales como el petróleo (estabilizado, por el momento en torno a los 25 dólares), mostrando la anemia de la actividad económica (que también se ha traducido en mediciones de niveles de contaminación inusualmente bajos). Incluso, ha caído el valor refugio por excelencia en estas ocasiones, el oro, quizás porque los inversores buscan masivamente y con urgencia, liquidez a toda costa. Como dice el proverbio, “en una crisis, el dinero es el rey”.  En palabras de quien fuera el anterior economista-jefe del prestigioso CEPR, Richard Baldwin, la economía mundial se parece a “las luces de Navidad, cuando era niño, estaban conectadas en serie; Si una bombilla explotaba, toda la cuerda se oscurecía”.

Es indudable que la “crisis del coronavirus” está provocando una súbita caída de la demanda agregada, que en algunos sectores se manifiesta de modo especialmente abrupta.  Es fácil de entender que la enfermedad ha dejado a muchos trabajadores postrados en cama convalecientes, lo que podría entenderse como un incremento del “desempleo temporal”, que puede conllevar un impacto directo en el gasto en aquellas situaciones en las que no perciben ninguna prestación que sustituya al salario. Tampoco es en absoluto desdeñable el coste de las medidas de contención del coronavirus, destinadas a aplanar y dilatar en el tiempo la curva de expansión epidemiológica: cierres de centros educativos, fábricas, comercios y oficinas, restricciones para viajar, cuarentenas, entre otras medidas.

Con todo ello, individuos sanos y/o asintomáticos, por voluntad propia o en cumplimiento de una disposición de su gobierno, están restringiendo la demanda de muchos bienes que venían participando de su cesta habitual de consumo. Entre otros, transporte, alojamientos, restauración, pero también todos los fabricantes de bienes y servicios intermedios impulsados por estos sectores, o demandados por aquellos que venían obteniendo sus rentas de los sectores afectados, como evidencia el análisis input-output que le valió a Wassily Leontief la obtención del premio Nobel de economía en 1973.

Pero si hay algo en lo que tanto Keynes como Milton Friedman estarían de acuerdo, es que, además de los aspectos anteriores, es que nos enfrentamos a una crisis debida a un empeoramiento de las expectativas de familias y empresas, que a diario toman decisiones de contenido económico, tales como qué y cuánto consumir (y cuánto y cómo ahorrar, lo que denominamos inversiones financieras) en el caso de las familias, qué y cuánto producir (y qué inversiones reales, en maquinaria, equipamientos tecnología…). Como ya ocurrió en la crisis financiera global de 2008-09, la crisis de COVID-19 el miedo a una amenaza de consecuencias desconocidas tiene a consumidores y empresas de todo el mundo agazapados en modo de "esperar a ver qué pasa".

En este escenario, la (mejor o peor) comprensión de la realidad por parte de los gobiernos (y, también de las instituciones supranacionales en el caso europeo) guía la definición de su estrategia. Junto al mensaje inquietante de que “lo peor está aún por venir” lanzado por el profesor de la Stern School New York University, los gobiernos intentan tranquilizar a los mercados repitiendo una y otra vez que “esta crisis es temporal”. El coronavirus está creando una profunda crisis financiera que, de continuar demasiado tiempo, trasladaría la falta de liquidez de las empresas en falta de solvencia que dinamitaría el proyecto empresarial, la inversión y el empleo.

En el corto plazo, los bancos centrales están usando con agresividad su capacidad de estímulo monetario disponible, incluso el Banco Central Europeo de la mano de Christine Lagarde. El BCE acaba de lanzar un programa de estímulo económico de 750.000 millones ante la emergencia del coronavirus. Pero como decía Keynes, “Uno puede llevar el caballo hasta el agua, pero no lo puede obligar a beber". Es responsabilidad también de los Gobiernos adoptar medidas fiscales que permitan detener el daño económico que está causando el coronavirus, para evitar que el escenario ya inevitable de recesión pueda convertirse en uno de depresión

En España, con el objetivo de evitar que el desempleo se dispare, el gobierno ha anunciado que movilizará una cantidad próxima a 200.000 millones de euros, lo que representa alrededor del próxima al 17% del PIB, con el objetivo de “garantizar la liquidez a las empresas, asumir los costes salariales que eviten los despidos y ayudar a las familias necesitadas”. Pese a ello, el margen fiscal de una economía como la española es limitado, y la Unión Europea aún adolece de instrumentos suficientes de mutualización de deuda soberana de sus estados miembros.

Sin embargo, a medio y largo plazo, tanto el imprevisible origen de la crisis (la mutación de un coronavirus), el desconocimiento de sus consecuencias, así como las propias medidas de confinamiento y de restricción de movilidad han puesto de manifiesto. Para Ian Shepherdson, galardonado por Wall Street en dos ocasiones como mejor “pronosticador” del año, "Esta es una economía basada en el consumo discrecional” refiriéndose a las numerosas compras no esenciales que las personas hacen en su vida diaria, y que, según Shepherdson, representan más del cuarenta por ciento del producto interno bruto de los EE. UU., y emplean a un número de personas aún mayor.

Estas nuevas realidades han venido para quedarse, y seguramente para demandar sociedades abiertas al cambio, a la redefinición de las necesidades que son prioritarias, y al empleo de la tecnología para satisfacerlas (como lo es el uso de las nuevas tecnologías en la universidad del siglo XXI y cuál es el papel de los académicos, en tanto que servidores y buscadores de la Verdad (como por otra parte ya apuntó a mediados del Siglo XIX el recientemente canonizado Cardenal Newman en sus escritos sobre “La idea de universidad”). Una sociedad formada por personas a las que, quizás, el encuentro con uno mismo durante estas semanas nos ayude a avanzar en el entendimiento de nuestros talentos y nuestra misión. Quizás, solo así, la economía podrá ayudarnos. De lo contrario, como en la pregunta que le hace Alicia al gato de Cheshire “¿qué camino debo tomar?, la ciencia económica nos contestará “Eso depende mucho del lugar adonde quieras ir. Si no sabes adónde quieres ir, no importa qué camino sigas”, o simplemente “depende” que es una de las palabras que más empleamos los economistas.

 

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