Tribuna de José Manuel Pagán

No es una amenaza, es una oportunidad

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No es una amenaza, es una oportunidad

Quiero aprovechar esta ocasión que me brindan de escribir sobre la mujer para compartir una preocupación que va en aumento: cada vez son más las ocasiones y las personas, hombres y mujeres, que presentan la maternidad como una amenaza, como un freno para el desarrollo y promoción de la mujer. Frente a esta visión debemos rebelarnos. Aunque ser madre o padre repercute en todos los ámbitos de la vida, también en el laboral, y que lleva consigo una alteración de las prioridades vitales, la maternidad no es una amenaza o un freno; la maternidad es un don, un regalo, una oportunidad que permite a los padres desarrollar la vocación de servicio y la generosidad. La maternidad es también un regalo para la sociedad porque garantiza su supervivencia, e incluso para la empresa es también una oportunidad de mejorar en su misión porque le permite aportar al bien común a través del tratamiento que haga a la familia de los propios trabajadores.

A partir de aquí es fundamental que se garantice el desarrollo pleno de las funciones de la mujer en el ámbito laboral, sin discriminaciones y sin exclusión, y esto debe garantizarse sin perjudicar sus aspiraciones familiares y el papel específico que le compete para contribuir al bien de la sociedad junto con el hombre.

Así las cosas, debemos trabajar para que, por un lado, se reconozca jurídica, social y económicamente la labor de quienes deciden responsablemente y en uso de su libertad dedicarse a tiempo completo a la educación de los hijos y en aras a que puedan desarrollarse como personas responsables, maduras y equilibradas, de lo que todos, como sociedad, nos vamos a beneficiar. Esto es especialmente importante en un momento, el actual, en el que muchas veces se valora a una persona casi en exclusiva por su trabajo fuera de casa y, más concretamente, por lo que se cobra por ese trabajo.

Por otro lado, es importante que el “genio femenino” esté presente, en todos sus niveles, en el mundo laboral y profesional. No debemos renunciar a ello y, en este sentido, es fundamental que trabajemos en auténticas políticas de conciliación, mejor, de integración de familia y trabajo, que busquen como fin último el bienestar familiar; el beneficiario de esas políticas debe ser la unidad familiar en sí misma, algo que se olvida cuando se aborda la cuestión de la conciliación de manera individualista, propia de la llamada perspectiva de género.

La verdadera promoción de la mujer exige que el trabajo se estructure de manera que no deba pagar su promoción con el abandono del carácter específico propio y en perjuicio de la familia en la que como madre tiene un papel insustituible. Es triste, además de injusto, constatar que para algunas mujeres la maternidad ha pasado de ser un proyecto vital a un obstáculo y este nuevo enfoque les lleva en ocasiones a aplazar, o incluso a renunciar a la maternidad, empujadas muchas veces por una presión social ejercida ferozmente por hombres y mujeres

En definitiva, tres debieran ser nuestras prioridades. Primera, poner en valor la maternidad. Segunda, reconocer el valor que aporta a la sociedad la persona que dedica su actividad a la atención de la familia; el trabajo en el hogar tiene un valor real, aunque a veces pase desapercibido, supone un ahorro medible para los servicios sociales públicos. Tercera, facilitar que aquellas mujeres que por decisión propia o por necesidad deben compaginar su actividad laboral con su vida familiar lo puedan hacer sin vivir en una permanente angustia y con una política de integración efectiva entre familia y trabajo.

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