Reflexiones sobre España y su unidad (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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Hoy celebramos la fiesta de San Leandro, de tan grandísima importancia para la península ibérica, España. A él se le debe el tercer Concilio de Toledo, base y fundamento para nuestra historia. Gracias a este Concilio, convocado, presidido y clausurado por San Leandro, somos lo que somos: España. En estos momentos, tras las ultimísimas elecciones generales, lo que está en juego e importa es España. Hay que reconocerlo sin alarmismos ninguno, en la actualidad del momento, España atraviesa y padece una situación de emergencia; dicho con otras palabras aún más claras: España está en peligro.

Me preocupa España y su futuro. Los momentos que vivimos me retrotraen a la época de la «transición». Me decía hace unos años un político socialista puro, de una pieza, de gran relieve, protagonista, en la época de la transición, lúcido como él solo; entre los políticos de ahora y aquellos que trabajamos en la transición hay una gran diferencia: a nosotros sólo nos preocupaba España, a los de ahora les preocupan otras cosas: la victoria de nuestros partidos, el interés y poder de sus líderes, otros intereses. Como políticos trabajamos por el bien común y este bien común es España, pero ahora se olvida ese bien común, España, y parece que España se identifique con «nuestros» grupos y nuestros intereses. Y así nos está pasando que ponemos el bien común, España, al borde del precipicio. ¿Es esto lo que necesitamos?; esto nos lleva a la ruina como está sucediendo en estos días.

En estos días estamos viviendo, con mucha inquietud, por si se produce, esperemos que no, esa ruina. Y es preciso ser generosos, tener altitud de miras, ser verdaderos políticos que se preocupan por encima de cualquier otra consideración como corresponde a políticos de verdad al bien común; a España en situación de emergencia en la que todos nos deberíamos sentir solidarios. Me remito a las fuentes u orígenes de donde surge lo que somos, España, con la riqueza y diversidad de sus pueblos unidos en una tradición e historia común: el Tercer Concilio de Toledo, con lo que él significa y la Tradición e historia que de él se genera tan trascendental para todos y que no podemos dejar de lado.

Además del sentido y del bien común, apelo ahora, entre otras razones, a la historia y a la Tradición, a la que nos debemos, porque nos constituye y se vive y enriquece en continuidad, no en ruptura, y esto obliga mucho, incluso moralmente. Es evidente que no puedo ni debo situarme ante la historia más que con la objetividad y verdad, con el respeto casi sagrado que reclaman los hechos acaecidos, que ni son inventados por mí, ni son disponibles a mi arbitrio, ni manejables por intereses propios del tipo que sean. Pero, por otra parte, no puedo prescindir de quién soy y de lo que soy, ni dejar de mirar la historia con la mirada de quien toda su persona, la mía a mi ver marcado por la fe y su realismo, que lejos de inventar o intentar «crear», o desdibujar o desfigurar en interés propio los hechos, lo acaecido, lo verdadero y real, por exigencia ineludible, busca en ellos la verdad de los mismos y su más honda significación y sentido. Y como yo, los demás. Por eso he comenzado este artículo recordando a San Leandro, padre y artífice de la realidad que surge de aquel Concilio III de Toledo. La próxima semana les prometo que explicitaré mucho más lo que les digo muy en síntesis esta semana.

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