Javier Ros, Paraula

‘Holy wins’, la santidad vence

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‘Holy wins’, la santidad vence

Llega el 1 de noviembre y aparecen las calabazas, las brujas y todo el merchandising propio de la fiesta global de Halloween. Frente a la potente maquinaria de la cultura estadounidense y del mercado, que en todo ve oportunidad de negocio, recordemos que ese día celebramos la fiesta de Todos los Santos. La fiesta de todos aquellos que han afirmado con san Pablo “ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”.

El Halloween tiene su origen en la fiesta celta del Samhain, que celebraba el final de la cosecha y el inicio tanto del nuevo año como de la estación oscura. Según la tradición celta, esa noche los espíritus bajaban a la tierra. Para espantarlos se ponían calaveras y cadáveres de animales, los druidas hacían hogueras y sacrificios de animales, incluso hay quien apunta incluso de niños. En el siglo XIX los irlandeses llevaron esta tradición, de algún modo cristianizada, a Estados Unidos y, poco a poco se popularizaron la famosa calabaza, los disfraces de terror y el trick-or-treat de los niños pidiendo dulces. 

Hoy en día la fiesta de la muerte, que es realmente el origen del Halloween, ha perdido su significado original: alejar a los espíritus de los muertos pues no podía venir nada bueno del más allá y combatir a la muerte con la propia muerte.

No es esta nuestra fe, en la que creció la cultura occidental. La celebración del primero de noviembre es la celebración de aquellos que nos han precedido en el encuentro con Jesús y que, por su gracia, han completado la pasión de Cristo en su generación, viviendo y llevando a los demás el amor de Dios. Es la celebración de la Iglesia Triunfante. Junto con ello, el cristiano sabe que al mal se le vence a fuerza de bien y que el Amor siempre triunfa pues nuestra fe se cimenta en Aquel que tras el fracaso absoluto salió victorioso. Resucitó. 

Nos hallamos una cultura cada vez más entretejida de estructuras de muerte y que se deleita en celebrarlas. Halloween normaliza, cuando no exalta, lo monstruoso, lo feo, la muerte… con la excusa de la diversión, del “no pasa nada”, y a veces haciendo mofa de la Iglesia.

Para el cristiano no todo vale. Tenemos el mayor tesoro y tantas veces nos dejamos llevar por las modas, lo políticamente correcto o el “qué dirán”. ¿Podemos vivir y anunciar la belleza del Amor y al mismo tiempo disfrazar a nuestros hijos de vampiros o brujas? 

Es mejor proponer la belleza de la santidad. Algunas parroquias celebran Holy wins, una tarde festiva donde las familias acuden con los niños disfrazados de santos. Se trata de ofrecer a nuestros hijos espacios y tiempos festivos como alternativa a la inhóspita cultura actual. Los santos nos han enseñando que cualquiera puede llegar a vivir en plenitud. Además, si es por disfrazarse tenemos santos para todos los gustos: princesas, reyes, aventureros, médicos, maestras... Digamos sí a la vida.

Javier Ros, historiador y profesor de la UCV.

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