La sangre de nuestros hermanos de Mai Moya (José Alfredo Peris, Las Provincias)

La sangre de nuestros hermanos de Mai Moya (José Alfredo Peris, Las Provincias)

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De nuevo algún medio se ha hecho eco de una realidad maligna que se repite, aunque nunca encuentre suficiente eco en los medios. En la región de Beni, al este del Congo, dieciséis cristianos han sido asesinados en una ataque el Estado Islámico. Se nos refiere de un modo más concreto que los hechos se han perpetrado en la aldea cristiana de Mai Moya.

Poco datos más. Ni un nombre. Ni una referencia a su condición personal. Con un perfil bajo en la noticia. Nada de titulares ni de lugares destacados. Apenas unas líneas. Es una parte de África. Y este continente se sigue teniendo asociado a un lugar donde los ataques contra la vida humana no parecen contar lo mismo que en el resto del planeta. Tampoco parece que esta violación brutal a una de las libertades esenciales de las personas, la libertad religiosa, produzca impacto. Será más que improbable que Asociaciones que denuncian los ataque contra los derechos humanos se hagan eco de esto. Todo ello agrava la magnitud de la tragedia.

¿Nos interpela suficientemente? Parece que el papa Francisco es la única voz que en nuestros días clama en la esfera internacional contra la globalización de la indiferencia. Un embotamiento de la sensibilidad que se acostumbra a que haya personas que sufran, cuya vida no cuente nada. Un bloqueo de la conciencia que mira con desgana a prójimos nuestros, cuyas creencias o cuya fe puedan ser consideradas con la ligereza de algo que se queda en su esfera íntima. Una complicidad silente con todas las argucias del mal en nuestro mundo que no hace sino darle cancha abierta.

Hace 75 años la humanidad con el más amplio consenso internacional conocido hasta el momento proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Allí, en su Preámbulo se sentencia que “el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias.”

 ¿Dónde se ha quedado el compromiso con ese ideal irrenunciable? A buen seguro que sigue latiendo en muchos corazones de buena voluntad que no se resignan a la barbarie. (Puedes ser tú lector, no te avergüences de ello). Pero esos impulsos de genuina humanidad que moran en el pecho de tantas personas son igualmente ignorados, silenciados, preteridos burlados. Mientras se ha proclamado que la libertad, la justicia y la paz “tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”, las élites intelectuales de Europa y América se deslizaron a continuación por la pendiente de un relativismo y un escepticismo que pronto iba a desactivar la potencia trasformadora de lo que se había reconocido.

Quienes buscaban y con frecuencia conseguían adormecer las conciencias intentaban al tiempo convencernos de que ya estamos en el final de la historia. Que pronto se iba a extender la victoria inexorable del progreso, entendido como avance tecnológico. Que ya nada era necesario hacer, más que esperar que se expandiera por todos los lugares un modo de vida materialista. Consumo y bienestar para eludir cualquier compromiso con los que más sufren.  Que incluso conviene que no se vean mucho. Son carbón del crecimiento económico. Con disimulo —para no incomodar nuestra sensibilidad o nuestra autoestima— se ha de aplicar sobre ellos la cultura del descarte.

La realidad es tozuda. Y ese triunfo de una visión de la persona humana mutilada de sus aspiraciones espirituales es falsa, cruel y de dramáticas consecuencias. La seducción del mal no se acalla con balsámicas consignas superficiales. Se reactiva en cualquier momento. Y la historia de la segunda mitad del siglo XX que pudo soñar haber superado el nazismo, ahora se encuentra con lúgubres prolongaciones de la peor inhumanidad.

El terrorismo y las guerras que azotan nuestra familia humana da buena cuenta de ello. Pero aquí no quiero desviar mi mirada de quienes ahora me ocupan: dieciséis hermanos míos -triplemente hermanos por compartir la misma dignidad humana, la comunión en el dolor, y, en mi caso, la fe cristiana— han sido víctimas del peor terrorismo del Estado Islámico. Burla demoníaca que nada tiene que ver ni con la religión —tampoco con la islámica de cuyos principios más nobles se apartan—, ni siquiera con la política —no hay ni sombra de bien común—. Es puro odio y seducción del mal.

No tendrá la última palabra. La sangre de nuestro hermanos de Mai Moya se levanta ya como un monumento de humanidad para despertarnos de tantos falsos sueños de progresos. Proclaman a las claras, como decía un teólogo del siglo XX, que sólo el amor es digno de fe. Son nuestra esperanza. Nuestra oportunidad de lucidez para saber decir que no a tantas mentiras y deformaciones. Al perverso dogma de solucionarlo todo con más violencia. Con ellos puede volver a renacer la verdadera historia.

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