El cine se quedó con nosotros para hacernos felices (José Alfredo Peris, Las Provincias)

El cine se quedó con nosotros para hacernos felices (José Alfredo Peris, Las Provincias)

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Junto a las películas de estreno, el buen aficionado al cine lleva años apreciando las que pertenecen al cine clásico. Es una categoría que se relaciona con el producido por Hollywood, de los años veinte a los sesenta del siglo pasado, pero también con el cine europeo de posguerra, en países como Francia, Italia o Inglaterra. Fruto de esos años de esplendor fueron una serie amplia de filmes que tenían una nota común, tan misteriosa como compartida por muchas personas: son películas que nos hacen felices. Por ese doble carácter enigmático y extendido se trata de algo sobre lo que merece la pena reflexionar. Y la filosofía no ha querido permanecer al margen. De ahí que cada vez esté más en boga la filosofía que se acerca al cine para desarrollar mejor su misión.

Las películas que recordamos unidas a personajes como Chaplin, Keaton, Harold Lloyd, Laurel y Hardy… o a directores como Hitchcock, Ford, McCarey, Capra, Welles, Borzage, Rossellini, De Sica, Renoir, Buñuel, Bresson… se han quedado entre nosotros a través de vídeos, blurays o plataformas. Aguardan pacientemente el momento que volvemos hacia ellas para hacernos felices. No compiten con la actualidad. No lo necesitan. Saben que los mejores realizadores de nuestros días han bebido en ellas. Confían en los tesoros escondidos que custodian. Tarde o temprano son más personas de todo tipo, sin exclusiones, las que las dan con ellas.

El III Congreso de Filosofía y Cine que celebra la Universidad Católica de valencia San Vicente Mártir los próximos días 28 y 29 de octubre convoca a reflexionar sobre esto. Lo hace con el significativo título CLAVES PARA UNA FILOSOFÍA CINEMÁTICA: LA SUPERACIÓN DEL ESCEPTICISMO POR MEDIO DEL CINE EN STANLEY CAVELL Y ANDRÈ BAZIN. Un autor como Stanley Cavell señala que el escepticismo es una tragedia intelectual. Especialmente cuando se vuelca hacia los demás y no reconoce a aquellos con los que podemos vivir la amistad, el amor, la alegría. Y concibe que el cine acude en nuestro rescate para darnos buenas y mejores estrategias para superar esas dudas. El cine nos ofrece el mundo en todo su candor. Nos permite situarnos confiadamente ante las imágenes, precisamente porque sabemos que son de ficción. Pero esa misma reproducción de nuestro mundo nos permite ver como en un espejo, y atisbar argumentos de confianza que en otros lugares no parecen estar presentes.

Cavell leyó a Bazin el gran crítico francés que reivindicó el realismo en el cine. No para pensar simplificadamente que lo filmado es la realidad. Pero sí para considerar que nos presenta la vida humana con todo su misterio. Quizás compartiendo con Saint Exúpery que lo esencial es invisible a los ojos, y que la pantalla pone en movimiento en nuestras personas dinamismos que van mucho más allá de una mirada superficial. Julián Marías hablaba de la necesaria ingenuidad con la que hay que saber mirar el cine. Y Alain Badiou no dudaba en admirar que una película como Viaggio in Italia de Roberto Rossellini (1954) había sido capaz de filmar un milagro.

Son reflexiones urgentes para nuestros días. Más que para el cine, para la vida, para los restos actuales que nuestra sociedad de la casi postpandemia covid debe afrontar. Son argumentos integrales para superar el escepticismo que hoy tiene su peor expresión en las actitudes de indiferencia hacia el sufrimiento de los más vulnerables. Necesitamos de un arte que no siembre amargura en nuestros corazones, sino la esperanza alegre que acompaña toda mejora social verdaderamente merecedora de ese nombre. Un cine que nos hace disfrutar con los ejemplos de amistad, entrega, abnegación, buen humor, cuidado de los vulnerables, conversaciones inteligentes y constructivas que marcan la igualdad entre mujeres y hombres… es un regalo que no debemos dejar de hacer objeto de nuestra reflexión, para mejorar en nuestra acción.

La práctica totalidad de los actores y directores de estas películas compartían el mismo sustrato social: eran personas humildes que habían aprendido la vida de los barrios, las luchas de las personas y las familias para abrirse camino y conseguir un modo de vivir digno. Desde esa experiencia vital proponían horizontes de ilusión accesibles a todos, porque lo eran para los más pequeños. Algo que necesitamos como agua de mayo en unos momentos en los que el hambre, la pobreza, la guerra, las catástrofes ecológicas y ahora la pandemia, amenazan las posibilidades de construir la familia humana. Es momento para recargar nuestros argumentos morales. Y no ceder ni un milímetro a la tentación de ser listillos escépticos que hayan olvidado el permanente valor de la bondad hacia el otro.

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