Tiempo de Cuaresma (Cardenal Cañizares, La Razón)

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Con la imposición de la Ceniza, entramos en el tiempo de la Cuaresma. La palabra clave que resumetodo el espíritu cuaresmal es: «Conversión». Se trata, en efecto, de un tiempo muy propicio para convertirnos a Dios, volver a Él, y encontrar, de nuevo, la plena comunióncon Él, en quien está la dicha y felicidaddel hombre, la vida y la esperanza, lapaz y el amor que lo llena todo y sacia los anhelos más vivos del corazón humano. Convertirse significa repensar la vida y lamanera de situarse ante ella desde Dios, donde está la verdad; poner en cuestión elpropio y el común modo de vivir, dejar entrar a Dios en los criterios de la propiavida, no juzgar ni ver, sin más, conforme alas opiniones corrientes que se dan en el ambiente, sino en conformidad con eljuicio y la visión de Dios mismo, comovemos en Jesús. Convertirse es dejar que elpensamiento de Dios sea el nuestro, asumir,por tanto, «SU mentalidad y sus costumbres», como comprobamos y palparnos en Jesucristo.

Convertirse significa, en consecuencia, no vivir como viven todos, ni obrar comoobran todos, no sentirse tranquilos en accionesdudosas, ambiguas o malas por elmero hecho de que otros hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; buscar por consiguiente el bien,aunque resulte incómodo y dificultoso; no apoyarse en el criterio o en el juicio de muchos de los hombres -y aun de la mayoría-sino sólo en el criterio y juicio de Dios. El tiempo cuaresmal, con el auxilio de la gracia, ha de llevarnos a centrar nuestravida en Dios, a reavivar y fortalecer nuestra experiencia de Él, a hacer del testimoniode Dios vivo, rico en misericordiay piedad, nuestro servicio a los hombres tan necesitados de Él. La fe en Dios es capazde generar ungran futuro de esperanza yde abrir caminos para una humanidad nueva donde se transparente su amor sin límites, especialmente volcado sobre los pobres, los desheredados y maltrechos de este mundo.

En otras palabras, convertirse implica buscar un nuevo estilo de vida, una vidanueva en el seguimiento de Jesucristo, que entraña aceptar el don de Dios, la amistady el amor suyo, dejar que Cristo viva en nosotros y que su amor y su querer actúen en nosotros. Se trata de, como Zaqueo,acoger a Jesús y dejarle que entre en nuestra casa y con Él llegará la salvación, unavida nueva, y el cambio de pensar, de querer,desentir y actuar conforme a Dios. Convertirse significa salir de la autosuficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia y necesidad, de los otros y de Dios,de su perdón, de su amistad y de su amor; convertirse es tener la humildad de entregarse al amor de Dios, dado en su Hijo Jesucristo, amor que viene a ser medida y criterio de la propia vida. «Amaos como yoos he amado»: amar con el mismo amor con que Cristo nos ama a todos y a cadauno de los hombres. Siempre, pero demanera especial esta Cuaresma, este vivir por parte nuestra la fe y el amor de Diosmanifestado en Cristo, «la caridad que amasin límites, que disculpa sin límites y queno lleva cuenta del mal» (1 Cor 13), ha demarcar por completo el camino penitencial de este año. La conversión nos ha deproyectar hacia la práctica de un amoractivo y concreto con cada ser humano. Éste es un ámbito que caracteriza de maneradecisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la acción de la Iglesia. Es necesarioque los hombres vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente contemplamos y seguimos a Cristo, y en el centro de nuestras vidas está Dios «tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: los pobres, los hambrientos, los enfermos, losque sufren, los crucificados de hoy (Cf. Mt 25). Así es como se hace verdad la conversión a Dios, que es amor, y se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, sumisericordia, y, de alguna manera, se siembrantodavía en la historia aquellas semillasdel Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantosrecurrían a Él para toda clase de necesidadesespirituales y materiales. La llamada a la Conversión, a vivir en el amor y en la caridad de Jesucristo, es una invitación a vivir en el perdón, especialmente apremiante siempre y particularmente hoy, ennuestra situación de tanta violencia, detanta tensión, de tanto rechazo mutuo, detanto revisionismo y de memorias cargadasde revancha, de tanta descalificacióndel contrario o de quien no está en migrupo: «Amad a vuestros enemigos, hacedbien a los que os odien, rogad por los queos persiguen, para que seáis hijos de vuestroPadre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos». «La caridad no llevacuentas del mal». Para dar semejante pasoes necesario un camino interior de conversión;se precisa el coraje de la humildeobediencia al mandato de Jesús. Su palabrano deja lugar a dudas: no sólo quien provoca la enemistad, sino también quien lapadece debe buscar la reconciliación. Alcontemplar el Evangelio de las tentacionesque se lee el primer domingo deCuaresma, además de adentramos en elmisterio insondable de Cristo, de su humanidaden todo semejante a nosotros exceptoen el pecado, que permitió la tentacióndel maligno, además de esto vemos ahí unaluz para nuestro camino que es un caminode prueba, de tentación, de acrisolamientode nuestra fe en Dios. En este Evangelioescuchamos la llamada a centrar nuestravida en Dios, lo sólo y único necesario: «No sólo de pan vive el hombre». Necesitamos avivar esto en los tiempos recios que vivimos,en esa noche oscura de ateísmo colectivo,de apostasía silenciosa, de laicismooficial, ideológico, en esa situación denuestro pueblo que padece el gravísimo fenómeno de descristianización.

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