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Simposio de Teología Histórica

Sínodo de la Sinodalidad: “llamamiento” a que “todos los bautizados, ordenados o no, participen en el liderazgo y la gobernanza de la Iglesia”

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Sínodo de la Sinodalidad: “llamamiento” a que “todos los bautizados, ordenados o no, participen en el liderazgo y la gobernanza de la Iglesia”

La segunda y tercera jornadas del XXI Simposio Internacional de Teología Histórica ‘Ubi floret Spiritus: comunión y sinodalidad en la vida y misión de la Iglesia’ han tenido como protagonistas a los profesores Myriam Wijlens –profesora de la Universidad de Erfurt (Alemania) y participante en el pasado Sínodo de la Sinodalidad– y Dario Vitali, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (Italia) y también participante en el Sínodo. En el encuentro organizado por la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Valencia (UCV), Wijlens ha afirmado que el pasado el Sínodo sobre la Sinodalidad ha supuesto “un llamamiento a aprovechar las posibilidades canónicas ya existentes para que todos los bautizados, ordenados o no, participen en el liderazgo y la gobernanza de la Iglesia”.

En su conferencia ‘Participación en el liderazgo y la gobernanza: aprovechamiento y desarrollo de las ventanas de oportunidad canónicas a la luz de una eclesiología bautismal’, Wijlens ha asegurado que el Sínodo ha dado inicio a una “nueva fase” eclesial en la “recepción” del Vaticano II: “Desde el Concilio, los papas Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV han introducido cambios en el derecho canónico o han aplicado la ley de tal manera que han ampliado las posibilidades de los laicos, incluidas las mujeres, de participar en el gobierno de la Iglesia, en particular en el ejercicio de la potestad ejecutivo y judicial. También han nombrado a laicos y mujeres para cargos que ostentan dicha potestad”.

“Sin embargo, sigue siendo necesaria una reflexión teológica más profunda sobre estos avances y sus implicaciones. En lugar de tomar la ordenación como base para una eclesiología, podría ser más fructífero partir de la perspectiva de una eclesiología bautismal para considerar los ministerios (ordenados)”, ha aducido Wijlens. Así, la teóloga holandesa ha presentado un estudio acerca de los “avances y debates canónicos” para extraer de ellos las cuestiones que se plantean “para una mayor reflexión teológica a la luz de los temas que el Sínodo sobre la Sinodalidad ha identificado como necesitados de aclaración”.

En ese sentido, ha señalado que dicho estudio revela “un desarrollo lineal y constante notable en lo que respecta a las disposiciones canónicas para una mayor participación de los laicos en puestos de liderazgo”, lo que incluye el ejercicio de la potestad de gobierno, ya sea ejecutivo o judicial: “Lo hace tanto para los puestos dentro de la Iglesia local como en la Sede Apostólica. Teniendo en cuenta el llamamiento a una mayor participación de los laicos, hombres y mujeres, estas disposiciones son posiblemente más amplias de lo que las personas involucradas en el Sínodo podrían haber sido conscientes”.

“Las disposiciones existentes podrían servir como una base sólida para desarrollar y crear nuevos cargos y ministerios para los laicos. Sin embargo, el estudio también revela que las disposiciones canónicas necesitan un razonamiento teológico más profundo. Esto es especialmente cierto si las disposiciones ya existentes van a servir de base para el desarrollo continuo”, ha explicado la profesora de la Universidad de Erfurt.

La ordenación o no ordenación “como punto de partida para la reflexión” significa “correr el riesgo de quedarse dentro de la eclesiología anterior al Concilio”

El estudio realizado por Wijlens muestra que los debates siguen centrándose en gran medida en la potestad de orden y la potestad de jurisdicción, mientras que el Concilio Vaticano II había recurrido a las tres funciones inseparables de Cristo “tria munera”; es decir, enseñar, santificar y gobernar, que comparten la Iglesia y todos los bautizados según su vocación: “Con el fin de profundizar en el debate y abrir así nuevas posibilidades, se propone no tomar la ordenación o no ordenación como punto de partida para la reflexión. Ese punto de partida corre el riesgo de quedarse dentro de la eclesiología anterior al Concilio Vaticano II, que a su vez se derivaba en gran medida de la ordenación o no ordenación”.

Sin embargo, la decisión del Concilio Vaticano II de incluir en la Constitución sobre la Iglesia, Lumen gentium, un capítulo sobre el Pueblo de Dios “antes de establecer cualquier diferenciación entre jerarquía, laicos y personas consagradas, puede, y de hecho debe, considerarse un cambio de paradigma, en el sentido de que el cambio no se reduce a reunir simplemente lo que todos comparten en común, sino a ver esta inserción como una invitación a tomar la eclesiología bautismal como punto de partida para reflexionar sobre el ministerio y, por lo tanto, sobre la ordenación”.

“Partiendo de la eclesiología, el ministerio —y, por tanto, también los ministros—puede entenderse como un servicio a todos y a la misión de todos. Esto ayudará a evitar centrarse en la potestad derivada de la ordenación, para centrarse en cambio en el ejercicio de la autoridad dentro de toda la Iglesia. Tal cambio de paradigma implicaría un cambio hermenéutico que podría permitir una comprensión nueva y más coherente del ministerio. Se podría prestar especial atención al ejercicio de los tria munera por parte de los fieles en una Iglesia sinodal”, ha recalcado Wijlens.

Por último, el cambio de paradigma no consistiría únicamente en “reflexionar sobre la eclesiología y desarrollar una teología del ministerio dentro de ella.” La teológa holandesa ha hecho hincapié en que, más bien, ese cambio “debería velar por que el propio desarrollo del proceso de reflexión se caracterice ya por una eclesiología que dé expresión a lo que pretende poner en práctica”.

“Por lo tanto, sean cuales sean los debates que se celebren, deberían desarroollarse de manera sinodal, en la que se conceda un lugar privilegiado a la escucha del sensus fidei fidelium –instinto sobrenatural de la verdad creyente, otorgado por el Espíritu Santo a todos los bautizados, que les permite apreciar y adherirse a la revelación divina– como locus theologicus”, ha aseverado.

Para convencer a cada Iglesia local “de la verdad y la bondad del camino sinodal pueden ser útiles los frutos de la práctica sinodal”

Por su parte, Vitali ha disertado en torno a la Iglesia local como sujeto de la sinodalidad. Para convencer a cada Iglesia local “de la verdad y la bondad del camino sinodal”, el profesor de la Gregoriana ha apuntado que “los frutos de la práctica sinodal” puede ser útiles, siendo el primero de ellos “la conciencia de ser Iglesia de Cristo en y para un lugar determinado, sujeto que recibe, vive y transmite el Evangelio”.

El segundo es la renovación “de las relaciones entre los sujetos que componen la Iglesia local: el pueblo de Dios con su obispo rodeado de su presbiterio”; el tercero, “la escucha de lo que el Espíritu dice hoy a esta Iglesia”; el cuarto, “el consenso que madura sobre cuestiones que requieren discernimiento con vistas a una elección”. Finalmente, el quinto es “la alegría de caminar juntos de este pueblo, hombres y mujeres unidos por una fraternidad que es del Espíritu y no de la carne”. En la lógica “del intercambio de dones, dentro de una Iglesia como comunión de Iglesias, estos frutos enriquecen a toda la Iglesia y a cada Iglesia en particular”, ha afirmado Vitali.

“Nada impide que una Iglesia local sea sinodal, salvo el rechazo a serlo. Un rechazo que no depende de la Iglesia como tal, la cual, si bien es cierto que la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia, no puede dejar de ser sinodal, sino de quienes la integran. Es en el cuerpo eclesial donde surgen las resistencias y las oposiciones que impiden o ralentizan el «caminar juntos»”, ha explicado.

Tampoco debe concluirse inmediatamente, ha matizado el teólogo italiano que “quienes se oponen a la sinodalidad actúan de mala fe”, pues “no es raro que las ideas más verdaderas se hayan propuesto de manera errónea, o incluso impuestas”. En ese sentido, a la sinodalidad se le aplica “el criterio formulado por Gamaliel” sobre el movimiento cristiano de los orígenes: «Si este plan o esta obra fuera de origen humano, sería destruida; pero si viene de Dios, no podréis destruirla. No os pongáis a luchar contra Dios» (Hch 5,38-39).

“Por eso, corresponde a quienes han experimentado que la sinodalidad es un don de Dios para su Iglesia seguir creyendo en ella, dar testimonio de ella, profundizar en sus razones y explicarlas. La sinodalidad es un desafío para la Iglesia, que se encuentra en una encrucijada: o bien descartar la etapa de la sinodalidad como una moda, que duró lo que duró un pontificado, o bien aceptar la invitación del papa Francisco: «Debemos seguir por este camino. El mundo en el que vivimos, y al que estamos llamados a amar y servir incluso en sus contradicciones, exige a la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio»”, ha recordado Vitali.

En opinión del profesor de la Gregoriana, “el temor a que una Iglesia sinodal, con la correspondiente práctica del discernimiento eclesial en los procesos de decisión, se convierta en un obstáculo para quienes están llamados a desempeñar funciones de guía y gobierno, constituiría la admisión más evidente de que se sigue entendiendo el ministerio como una forma de poder sobre los demás y no como un servicio al Pueblo santo de Dios. Pero si la Iglesia es constitutivamente sinodal, ¿cómo puede el ejercicio de la sinodalidad constituir un obstáculo para su vida y su camino?”.

“El problema no es la práctica sinodal en sí misma, sino la dificultad para asumirla, la dificultad para entrar en un estilo que impone la primacía de la escucha, el reconocimiento del otro, la elección de ser y de actuar «juntos». Una vez más, está en juego la conversión de los discípulos de Cristo; más y antes que la de los demás, de «los que se afanan entre vosotros, que os guían en el Señor y os amonestan» (1 Ts 5,12): «Pero entre vosotros no es así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro esclavo. Como el Hijo del Hombre, que no vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 26-28)”, ha remarcado Vitali.

Eclesiología, ecumenismo y cultura del encuentro

Ambas jornadas han contado con diversas mesas redondas sobre cuestiones importantes en torno al carácter de la sinodalidad. Sobre su eclesiología han reflexionado los profesores Eloy Bueno (Facultad de Teología del Norte de España) y Mariano Ruiz (Facultad de Teología de la UCV), junto a Raquel Pérez, de la Institución Teresiana. La mesa ‘Cultura del encuentro’ ha contado con el vicerrector de Investigación de la UCV, José María Tormos; la profesora Ana Belén Álvarez (Instituto Veritatis GaudiumUCV) y el profesor Jesús Conill, de la Universidad de Valencia.

En la última mesa redonda, los ponentes han analizado la dimensión ecuménica de la sinodalidad. En la misma, han participado Rafael Vázquez, de la Conferencia Episcopal Española; el profesor Dimitrios Keramidas, de la Universidad Pontificia de Santo Tomás de Aquino; y Alfredo Abad (Comisión Permanente de la Iglesia Evangélica Española).

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