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"Alzad la mirada" (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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"Alzad la mirada" (Carola Minguet, Religión Confidencial)

No creo que el lema elegido para la visita del papa vaya a correr la suerte de otros lemas, que duran lo que dura una lona colgada en una fachada, lo justo para salir en las fotos y empezar a desteñirse. La razón es que no halaga, sino que corrige. Pone nombre a una carencia muy propia de nuestro tiempo: vivimos cada vez más inclinados.

Inclinados sobre la pantalla, sobre la urgencia. Inclinados sobre nosotros mismos. No es sólo una cuestión de cervicales, aunque también. Es una forma de pasar el día a ras de estímulo. Miramos mucho y vemos poco. Sabemos al minuto quién ha subido un vídeo desde Ferraz o desde Génova, qué polémica ha incendiado la tarde, qué sobresalto toca comentar, pero cada vez nos cuesta más mirar dos palmos más allá de la sacudida.

Alzar la mirada no significa evadirse. Ése sería el primer error: confundir altura con abstracción. Hay quien llama «mirar alto» a desentenderse de lo concreto, como si lo noble consistiera en no mancharse con la vida ordinaria. Pero la verdadera elevación no aparta de las cosas; las devuelve a su tamaño justo. De hecho, sólo desde cierta altura se ve de verdad lo pequeño. El que vive pegado al suelo no suele ser el más realista, sino el más miope. Sólo quien levanta la mirada es capaz de volver después a lo cercano sin esa mezcla de ansiedad y mezquindad con la que hoy tratamos hasta los afectos.

Porque algo muy llamativo de esta época es la rebaja. La rebaja de las aspiraciones, del lenguaje, del deseo. Se nos invita constantemente a no preguntar demasiado por el sentido de lo que hacemos. Basta con ir tirando. Se llama sensatez a no esperar nada grande; madurez a no admirar; realismo a no levantar la cabeza. Hasta el desengaño se ha vuelto vago (ya ni siquiera se toma la molestia de pensar; le basta con un poco de postureo intelectual). Y no se rebaja sólo lo que se espera, sino también la forma de nombrarlo. Hablamos peor porque miramos peor. Casi todo se vuelve frase hecha, descarga de malhumor con ínfulas de lucidez. 

Pero este supuesto desengaño contemporáneo no nace de haber visto demasiado, sino de haber dejado de mirar. De hecho, casi todas las degradaciones empiezan por un gesto óptico. Primero se deja de mirar arriba; luego se deja de mirar lejos; finalmente se deja de mirar al otro. Y quizá la prueba más clara de esa pérdida de altura sea que hemos dejado de mirar al hombre entero. Lo observamos como consumidor, votante, usuario, productor o cliente.

Eso se nota en cosas muy concretas: en cómo se responde en casa sin levantar la vista del móvil; en cómo se entra en una reunión sin saludar, como si los otros ya estuvieran de más; en la prisa por rematar la frase ajena antes de haberla escuchado. Porque alzar la mirada no pide vivir en perpetuo éxtasis ni hablar con voz engolada sobre ideales. Pide algo más difícil: introducir verticalidad en la vida común.

Por eso "alzar la mirada" no suena sólo a invitación, sino también a corrección. Y no corrige únicamente un modo de vivir encorvado, sino una forma empobrecida de ser humanos, porque quien sólo mira lo útil, lo inmediato o lo propio acaba condenado a un horizonte cada vez más pequeño.

De ahí que tenga todo el sentido que León XIV haya dirigido, a los jóvenes especialmente, una llamada a "ser humanos". De ahí, también, que este lema desborde el marco de una visita. Antes incluso de preguntarse si cree, cualquiera tiene que decidir hacia dónde dirige la mirada. Y de esa decisión depende que la vida se reduzca o que recobre una medida más alta.

No obstante, la cuestión no es únicamente sociológica ni cultural. El ser humano necesita levantar los ojos hacia una verdad que no ha fabricado él mismo, hacia un bien que no depende de sus estados de ánimo y hacia una belleza irreductible al consumo o a la utilidad. No se trata de una fantasía ni de una huida.

Y quizá entonces descubra que la altura que busca no es un ideal, sino un rostro. Que la verdad, el bien y la belleza a los que aspira tienen un nombre: Jesucristo. Y que, antes incluso de haber levantado la mirada, ya había sido mirado por Él.

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