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Menstruación y parto en la Edad Media: entre el miedo y la superstición (Anna Peirats, The Conversation)

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Menstruación y parto en la Edad Media: entre el miedo y la superstición (Anna Peirats, The Conversation)

En la Edad Media, la sangre femenina no se entendía como un hecho natural, sino como un signo de peligro y sospecha. La menstruación se veía como impura, el embarazo se cargaba de supersticiones y el parto se interpretaba como castigo divino. Medicina, teología y literatura coincidieron en asociar el cuerpo de la mujer al miedo, el control y el pecado.

Sangre tóxica

El punto de partida se encuentra en los textos bíblicos. El Antiguo Testamento, concretamente el Levítico, estableció que la mujer en período de menstruación quedaba impura durante siete días, en los que no podía entrar al templo.

El imaginario naturalista reforzó esta idea. En el siglo I, Plinio el Viejo reunió en su Historia natural afirmaciones que hoy resultan inverosímiles: la sangre menstrual arruinaba cosechas, oxidaba el hierro y provocaba la rabia en los perros, entre otros efectos destructores. San Isidoro de Sevilla incorporó estas creencias al libro de las Etimologías, en el siglo VII, y las transfirió a la cultura cristiana.

La medicina humoral, desarrollada en la antigua Grecia y cuyos máximos defensores fueron Hipócrates y Galeno, entendió la sangre del período como exceso de humores en el cuerpo frío y húmedo de la mujer. La regla pasó a figurar como prueba de inferioridad fisiológica. De esta creencia se explican las prohibiciones de acceso al culto, así como las recetas para “corregir” sangrados irregulares, entre otros aspectos.

La teología, a su vez, potenció el vínculo entre cuerpo y culpa. En el siglo XII, Inocencio III, en el De miseria conditionis humanae (también conocido como De contemptu mundi), describió al ser humano como nacido de la inmundicia del pecado, y de la sangre impura retenida de la menstruación.

El mito de la sangre impura, con raíces en la antigüedad, se reelaboró y difundió ampliamente en la tradición medieval. Así, también se popularizó la leyenda de la doncella venenosa que asociaba la muerte de Alejandro Magno al contacto con una joven curandera durante su menstruación y reforzaba la idea de una feminidad peligrosa por naturaleza.

La literatura también popularizó la desconfianza. En el Espill, Jaume Roig, en el siglo XV, ridiculizó el cuerpo femenino con un repertorio de escenas hiperbólicas en las que la menstruación se asociaba a efectos mágicos y demoníacos, además de provocar repugnancia. Se entendía que la mujer tenía en su interior el veneno de su sangre.

El origen: placer y concepción

La anatomía medieval reforzó la jerarquía entre hombre y mujer. Los tratados describían la vulva como un “miembro viril hacia dentro”. Los órganos genitales, como los ovarios, se entendían como “testículos femeninos”, la vagina como canal pasivo y el útero como recipiente frío. El sistema de “canales espermáticos” completaba el cuadro. Solo en el siglo XVI Gabriele Fallopio detalló las trompas que hoy llevan su nombre y abrió la puerta a la comprensión científica del aparato reproductor femenino.

El debate sobre la concepción definió el papel de la mujer. Aristóteles había negado la existencia de semen femenino y había reservado al varón la “forma”, mientras la mujer aportaba la “materia”. De ahí la célebre definición de la mujer como mas occasionatus (“hombre imperfecto”). Galeno había propuesto otra lectura: la mujer emitía un semen menos perfecto y su placer favorecía la fecundación. Siglos después, el médico andalusí Averroes redujo la relevancia del placer femenino. Tras estas fórmulas se planteaba una cuestión de autoridad sobre el cuerpo de la mujer: deseo con valor fisiológico o deseo como problema.

En cuanto a la imposibilidad de concebir, el aspecto clínico convivió con una lectura religiosa. La infertilidad se interpretó a menudo como prueba enviada por Dios o como castigo.

A fin de servir de ayuda en estos temas, en el siglo XI la italiana Trotula de Salerno reunió en la Trotula maior remedios para desarreglos menstruales, pruebas de fertilidad y tratamientos con hierbas. Sus textos circularon por toda Europa y legitimaron una voz técnica cercana a la experiencia femenina.

El Lilium medicinae de Bernardo de Gordon señaló causas de esterilidad en ambos sexos: semen demasiado líquido o frío, útero poco cálido, obstrucciones internas, debilidad de los órganos principales, etc. La culpa no recaía siempre sobre la mujer, aunque la cultura así lo acentuó. Los diagnósticos sobre la fertilidad femenina incluyeron pruebas que hoy nos resultan pintorescas, como la práctica de meter un ajo bajo la almohada de una mujer: si a la mañana siguiente su aliento no olía a ese bulbo era una señal de que estaba embarazada.

¿Niño o niña?

El embarazo recibió una capa simbólica precisa. La tradición aristotélica y pitagórica había asociado la parte derecha del útero a la calidez y la nobleza –por tanto, a los varones– y la parte izquierda a lo frío –y femenino–. A partir de ahí se interpretaban las señales o contracciones en la práctica: si había movimientos tempranos y vigorosos, nacería un niño; si eran tardíos y débiles, niña.

La imaginación materna también entraba en la ecuación. Se entendía que una mujer que pensaba en su marido durante el coito aseguraba el parecido del hijo con él. Esa misma idea sirvió para sospechar adulterio cuando el parecido apuntaba a otro hombre.

En este caso, se debía tener en cuenta la dimensión jurídica. El parecido del recién nacido alimentó pleitos de filiación y herencia. La sala del parto se convirtió en sala de reconocimiento del derecho, la moral y la fisiología.

El desenlace: parto entre dolor, miedo y ritual

La cadena de reproducción femenina tenía un desenlace también cargado de connotaciones y supersticiones. Desde el precepto del bíblico Génesis “parirás con dolor”, la teología leyó ese dolor como memoria del pecado original. El parto pasó a ser un umbral entre vida y salvación.

Los manuales describieron la escena precisa. La casa debía ofrecer calor moderado. La mujer se sentaba en la silla obstétrica. La partera, elegida por sus manos finas, untaba sus dedos con aceites de sésamo, lino o almendra. Otras mujeres sostenían y consolaban a la parturienta.

La prioridad consistía en acelerar la dilatación y evitar el agotamiento. Para ello, las recetas incluían baños con artemisa, malva o semillas de lino, ungüentos con mirra o trementina y masajes suaves. Trotula dejó pautas concretas de eficacia práctica. En el siglo XVI, Giovanni Marinello añadió dietas, purgas y pruebas discutibles, junto a un caudal de consejos útiles. Su decisión de escribir en lengua vulgar abrió el conocimiento a lectoras y lectores sin conocimientos de latín.

El dispositivo ritual añadió símbolos de protección. Muchas parteras conocían oraciones para casos difíciles. El bautismo sub conditione entró en escena cuando el bebé no ofrecía garantías de vida. Amuletos como el coral rojo o la piedra imán se consideraron ayudas legítimas. La criatura envuelta en la membrana placentaria recibió interpretaciones opuestas: señal de fortuna para unos, presagio inquietante para otros. El conjunto muestra una frontera porosa: remedios razonables, plegarias aceptadas y supersticiones resistentes.

La última capa fue inquisitorial. El Malleus maleficarum convirtió a sanadoras y comadres en sospechosas de maleficio. La partera pasó de “sapiens matrona” a blanco fácil. La misma cultura que necesitaba sus manos puso bajo sospecha su oficio.

La herencia de este sistema de lecturas no desapareció con los siglos. Tabúes sobre la regla, silencios sobre el placer y sospechas sobre la autonomía del cuerpo femenino siguen asomando en la vida pública y en conversaciones privadas. La mirada medieval no fue un accidente. Se apoyó en normas, autoridades y libros. La comunidad científica de entonces acomodó la fisiología a una moral. La teología y la literatura dieron a esa moral un lenguaje inolvidable.

Revisar ese archivo no exige indulgencia ni caricatura, sino precisión. La menstruación se asoció a impureza legal y superstición. La anatomía definió a la mujer como copia defectuosa y la concepción se vinculó a la imaginación y a la honra. El parto combinó clínica, oración y amuleto. Nombrar esa trama ayuda a entender el origen de ciertos reflejos culturales. También permite desmontarlos. La historia ilumina el camino cuando devuelve al cuerpo femenino su condición de realidad biológica digna de respeto, sin lastre de culpa ni sombra de sospecha.

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