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Dignidad humana y verdad: una aclaración necesaria (José Manuel Pagán, Levante-EMV)

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Dignidad humana y verdad: una aclaración necesaria (José Manuel Pagán, Levante-EMV)

A propósito de las noticias publicadas en Levante-EMV, los días 1 y 2 de marzo, en las que se acusa directa o indirectamente a la Universidad Católica de Valencia de vincular la homosexualidad con la pedofilia, considerar la homosexualidad como un término proscrito y avalar “terapias de conversión”, es necesario aclarar algunos puntos fundamentales.

Ante las afirmaciones hechas es necesario afirmar con claridad un principio fundamental: toda persona, independientemente de su orientación afectiva, posee una dignidad inviolable. En una universidad católica como la nuestra, defendemos además que toda persona ha sido creada a imagen de Dios. Esta dignidad no depende de comportamientos, inclinaciones o juicios sociales; por ello, cualquier forma de desprecio, burla o discriminación es inaceptable y condenable. En nuestra universidad, además defendemos que una actitud así sería contraria al Evangelio.

Al mismo tiempo, es esencial evitar confusiones conceptuales como la que vincula homosexualidad y pedofilia. La atracción hacia personas del mismo sexo y el abuso sexual de menores pertenecen a órdenes distintos. La pedofilia es una gravísima perversión que implica la instrumentalización de un menor, es decir, de alguien incapaz de dar un consentimiento maduro. Se trata de una violación radical de la dignidad humana y de la justicia, que no puede ser relativizada ni banalizada. Confundir la pedofilia con la homosexualidad constituye un error antropológico y psicológico.

En una institución católica, como es nuestra Universidad, se parte de una antropología en la que la sexualidad forma parte del lenguaje del amor y por eso está llamada a integrarse en la vocación al don de sí mismo. Desde esta perspectiva, todo ejercicio de la sexualidad separado del respeto a la dignidad de la otra persona y del sentido auténtico del amor se convierte en una forma de reducción de la persona a objeto. El abuso de menores es, en este sentido, una de las manifestaciones más dramáticas de esa ruptura interior.

En relación con la manifestación hecha acerca de que la homosexualidad es un término proscrito en nuestra Universidad, es importante afirmar que no, que no es un término proscrito; proscribir una palabra empobrece la búsqueda de la verdad y debilita la misión intelectual de la universidad.

Una universidad católica existe para servir a la verdad en toda su amplitud y la verdad no teme las palabras. Si un término forma parte del lenguaje cultural, científico y jurídico contemporáneo, no puede ser simplemente eliminado sin más; hacerlo daría la impresión de miedo o repliegue, cuando la fe cristiana, al revés, está llamada a dialogar con la realidad tal como es.

Ahora bien, el hecho de que el término pueda y deba utilizarse no significa que se adopte acríticamente todo el marco conceptual que a veces lo acompaña. La palabra debe ser situada dentro de una antropología adecuada, que reconozca la dignidad de la persona y, al mismo tiempo, la verdad sobre la vocación del amor humano.

Si se suprime el término, se corre el riesgo de invisibilizar a personas concretas que forman parte de la comunidad universitaria. Ellas no son conceptos, sino hombres y mujeres con un rostro, una historia y, con frecuencia con preguntas profundas. La caridad exige que no se las reduzca al silencio; pero la caridad auténtica tampoco renuncia a la verdad sobre el ser humano.

Por último y en relación con las llamadas “terapias de conversión”, no cabe sino rechazar rotundamente toda práctica que prometa forzar un cambio de orientación mediante métodos coercitivos o pseudocientíficos. No es lícito ejercer presión indebida sobre la conciencia ni provocar sufrimiento bajo la pretensión de “corregir” a la persona. La libertad es un don esencial del ser humano; además, en una universidad católica como la nuestra, creemos que la gracia de Dios no actúa anulando esa libertad.

Distinto es el caso de una persona que, libremente y con acompañamiento serio y respetuoso, busca comprender mejor su propia historia afectiva o integrar su vida en coherencia con su fe. La Iglesia no impone itinerarios psicológicos específicos, pero acompaña espiritualmente a quien desea vivir la castidad según su estado de vida. Este camino no consiste en “reprimir” la persona, sino en ordenar el amor según la verdad del propio ser. La verdadera pastoral no comienza con técnicas, sino con la escucha. El Señor no fuerza los corazones, llama y espera. Así también la Iglesia, y nuestra Universidad, está llamada a ser un lugar de acogida, donde cada persona pueda experimentar que es amada por Dios y acompañada en el camino hacia la plenitud de la verdad.

Así las cosas, la Universidad Católica de Valencia busca no solo transmitir conocimientos, sino custodiar y promover una visión integral del ser humano y precisamente por ello: es un lugar donde se busca honestamente la verdad, evitando tanto el reduccionismo ideológico como el relativismo que renuncia a la verdad sobre la persona; defiende la dignidad de toda persona; ofrece una formación integral que ayude a sus estudiantes a descubrir que la libertad humana encuentra su plenitud cuando se abre a la verdad del amor, un amor que no es simple impulso, sino don de sí; favorece un diálogo cultural profundo, mostrando que la visión cristiana del ser humano no es una imposición, sino una propuesta razonable que busca el bien de la persona y de la sociedad; y acompaña, convencida de que la comunidad universitaria no es solamente un espacio académico, es también un lugar de encuentro humano y espiritual.

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