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La necesidad que entristece a Silvia Abril (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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La necesidad que entristece a Silvia Abril (Carola Minguet, Religión Confidencial)

La humorista Silvia Abril ha compartido su pesar en los Premios Goya porque la juventud “necesite creer en algo y se agarre a la fe cristiana”. Es comprensible que, como a muchos, le incomode. Durante décadas se ha asumido que el progreso y la secularización acabarían reduciendo el peso de la religión en la vida pública. Desde ese punto de vista, que algunos jóvenes vuelvan a buscar respuestas en el catolicismo puede parecer un paso atrás o una señal de incertidumbre social.

Sin embargo, su posición resulta extraña. Es obvio que Abril no pretendía ofrecer un discurso filosófico elaborado, sino una crítica irónica (un registro donde, cabe reconocer, se defiende muy bien). No obstante, su argumento es débil. La necesidad no desacredita algo. Al contrario, en ocasiones, la necesidad es una pista muy interesante sobre la realidad. De hecho, casi todas las cosas que el ser humano considera más nobles son aquellas que necesita. Un hombre necesita amigos. Necesita justicia. Necesita esperanza. Necesita sentido. Ahora bien, según parece, lo verdaderamente escandaloso sería que necesitara a Dios.

Considerar que la fe es lamentable porque responde a una necesidad humana es un poco como afirmar que el pan es sospechoso porque la gente tiene hambre. Naturalmente, no toda necesidad demuestra por sí misma la existencia de aquello que la satisface. El hambre no prueba que haya comida sobre la mesa, pero sí que existe algo llamado alimento. Y si el ser humano descubre en sí mismo un deseo que nada en este mundo logra satisfacer del todo, la hipótesis más razonable no es que el deseo sea absurdo, sino que tal vez esté orientado hacia algo que lo supera.

Es decir, si Abril sostuviera que los cristianos creen en algo falso, podría haber tirado de argumentos para refutar su credo. Pero afirmar que es triste que alguien necesite "agarrarse" a él equivale a confesar algo mucho más profundo de lo que se pretendía. Implica admitir que la sociedad ha conseguido casi todo… salvo aquello que permitiría vivir sin necesidad de fe.

Durante más de dos siglos se anunció que el progreso científico y técnico respondería a las preguntas fundamentales del ser humano. Hoy sabemos editar genes, enviar sondas a otros planetas y comunicarnos al instante con alguien al otro lado del mundo. Pero seguimos sin poder responder con la misma seguridad a una pregunta mucho más sencilla: ¿por qué merece la pena vivir? Se predijo que el hombre ya no tendría que mirar al cielo. Sin embargo, el joven sigue mirándolo.

Y eso no es necesariamente un fracaso del joven. Podría ser un fracaso de quienes le aseguraron que ya no habría cielo que mirar. El hecho mismo de que vuelva a plantearse la cuestión de Dios no indica necesariamente una regresión cultural; puede indicar simplemente que la pregunta por el sentido último de la existencia sigue abierta.

Por lo demás, la acusación de que la Iglesia tiene “un chiringuito” resulta bastante pintoresca. Siguiendo el símil de antes, cuando el hambre existe, amasar pan no es una conspiración del panadero. Además, si existe una institución en la historia humana que ha sobrevivido a imperios, revoluciones, persecuciones, guerras civiles, monarquías, repúblicas y modas intelectuales sucesivas, llamarla chiringuito es como denominar caseta a una catedral.

La Iglesia puede tener muchos defectos, porque la gobiernan y habitan personas que los tienen. Pero la razón de que siga existiendo no es que los hombres sean demasiado crédulos. Es que son demasiado humanos. 

A Silvia Abril le entristece que los jóvenes busquen a Dios. A mí me entristecería más que hubieran dejado de buscarlo. Porque cuando un chaval busca a Dios rara vez lo hace por motivos económicos o políticos. Lo hace porque sospecha —con razón o sin ella— que su vida significa algo más que unos cuantos años entre dos silencios. Lo hace, en el fondo, porque no quiere morirse del todo.

Por eso, una sociedad en la que nadie mira al cielo no es necesariamente más madura o avanzada. Puede ser, simplemente, menos humana. Porque el gesto más humano es también uno de los más antiguos del mundo: hacerse preguntas y mirar hacia arriba.

 

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