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Las cloacas están arriba (Carola Minguet, Las Provincias)

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Las cloacas están arriba (Carola Minguet, Las Provincias)

Hay quienes todavía imaginan que la suciedad política discurre por los sótanos, pero las cloacas de verdad no están debajo. Están arriba. La corrupción visible, la que mete la mano en la caja, al menos es tosca. La cloaca, en cambio, opera de un modo más sofisticado: no hurta sólo fondos; hurta nombres, reputaciones, versiones, pruebas y silencios. Ya no roba dinero, sino realidad.

Lo más llamativo es que quienes las organizan suelen presentarse como higienistas. Aparecen revestidos de una supuesta moralidad. Dicen que van a «proteger las instituciones», «desactivar amenazas», «preservar la estabilidad», «blindar la democracia». La democracia, por lo visto, es ese jarrón delicadísimo que sólo puede salvarse arrojándolo por la ventana. Y las instituciones, unas criaturas tan sensibles que sólo sobreviven cuando se las alimenta con informes o filtraciones oportunas. El mal no se contenta con hacer daño; necesita presentarse como servicio.

Hay en esto una paradoja muy actual: el poder que más invoca la limpieza suele ser el que más teme la luz. El delincuente vulgar prefiere la noche por razones comprensibles; el delincuente institucional prefiere la penumbra, donde los contornos se vuelven negociables. En este sentido, conviene aclarar algo: no todo secreto es una cloaca. Un Estado necesita proteger investigaciones, operaciones de seguridad o negociaciones delicadas. Pero cuando la reserva deja de servir al interés público y empieza a servir a intereses de facción, de supervivencia política o de simple impunidad, aparece esa zona gris donde no hay verdad probada, sino relato.

De ahí que el problema no sea simplemente que existan canallas. Toda sociedad cuenta con canallas; incluso se las arregla mejor cuando los reconoce. El problema empieza cuando el canalla pasa a convertirse en un funcionario del bien, un gerente de la necesidad histórica, un técnico de la excepción. Entonces ya no tenemos delante a un delincuente vulgar, que siempre resulta limitado; tenemos a alguien que se cree por encima del bien y del mal. El primero roba porque quiere algo. El segundo ensucia porque cree merecerlo todo. El pecado más peligroso no es el que cae, sino el que se endereza con orgullo.

Por eso la política degenerada se presenta con superioridad pedagógica. En ese momento en que alguien decide que la verdad es un lujo excesivo para la población, que la ley puede esperar un poco, que la reputación ajena vale menos que la causa propia, nace la auténtica cloaca. Desde ese instante, el barro deja de ser un accidente y se convierte en método.

Se dirá que esto ha ocurrido siempre. Y es cierto… pero no del todo. Siempre ha habido conspiraciones, puñaladas y trastiendas. Lo novedoso es que antes, incluso el conspirador sentía la necesidad de parecer decente. Hoy hay quien exhibe sus trampas con aire de madurez escéptica, como si engañar fuera una penosa obligación de gobierno y la honradez una extravagancia juvenil. Hemos llegado a un punto en el que el cínico ya no esconde su cinismo y lo presenta como realismo político.

Por eso conviene decir algo de sentido común: no hay causa, ni estrategia, ni razón de Estado que vuelva limpio lo que nace sucio. El barro útil sigue siendo barro. La mentira táctica sigue siendo mentira. Y el espionaje patriótico sigue siendo espionaje, del mismo modo que el veneno sigue siendo veneno, aunque se administre en una cucharilla de plata.

Una democracia no se corrompe primero cuando roba, sino cuando se acostumbra a pensar que algunas prácticas son inevitables. Empieza a pudrirse cuando llama realismo a la deslealtad, eficacia a la extorsión, inteligencia a la trampa, gobernabilidad a la manipulación. Se pudre, sobre todo, cuando los hombres honrados de su propio bando aceptan mirar hacia otro lado porque creen que la alternativa sería regalarle el país al adversario. Una sociedad no empieza a perderse cuando aparecen los que embarran, sino cuando se les empiezan a justificar.

Con todo, hay un deterioro más hondo: se deforma la idea de hombre con la que se gobierna, porque presupone que el ciudadano no merece verdad, sino dosificación; no merece respeto, sino manipulación. La cloaca empieza cuando el poder deja de dirigirse al ciudadano y pasa a operar sobre una masa.

Sin embargo, precisamente este desprecio por la gente es lo que hace tan torpes a las cloacas. Quienes manejan ese lodo creen que el ciudadano es idiota. Piensan que basta con mezclar media verdad con media mentira para fabricar una mentira entera y duradera. Y a veces les sale bien durante una temporada, porque el miedo confunde mucho.

Pero al final la realidad reaparece. Y no lo hace como una teoría, sino como una evidencia. No truena; huele. Llega un momento en que esas prácticas se repiten, reciclan sus métodos, calcan sus coartadas, nombran demasiado a la justicia mientras la bordean, hablan de transparencia mientras bajan persianas. Y entonces el ciudadano, que no domina las minucias del sumario, reconoce al menos el olor.

De ahí que la limpieza empiece por volver a llamar suciedad a la suciedad. Sin perífrasis. Sin notas a pie de página. Porque el primer triunfo de la cloaca no es manchar expedientes, sino manchar palabras. Y cuando se manchan las palabras, se resiente también la realidad. La mentira pública no sólo falsea hechos; pervierte la facultad de juzgarlos. Entonces las cloacas dejan de ser un subsuelo y pasan a ser ambiente.

Y es ahí donde empieza la responsabilidad de quien ya no puede fingir que no las ha olido.

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