La nueva ley sobre redes y la imaginación que no se regula (Carola Minguet, Las Provincias)
Noticia publicada el
viernes, 20 de febrero de 2026
Hoy un alumno de Secundaria —incluso de Primaria— puede abrir una cuenta en TikTok y encontrarse, en cuestión de minutos, con un océano de propaganda, desinformación y contenidos que ningún adulto sensato desearía ver. Tampoco hace falta esperar a que sea arrastrado por tendencias virales y desquiciadas. En cualquier parque te encuentras con niños absortos en pequeños mundos irreales, como si su móvil escondiera un secreto que la vida, con toda su insistencia, jamás podría ofrecerles.
Ante esto, el Gobierno ha decidido prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años. La medida responde a preocupaciones fundadas: la exposición a la pornografía, el acoso, la captación para apuestas online, el grooming o la manipulación ideológica. No se trata de fantasmas, sino de riesgos documentados. Sin embargo, no está claro si la prohibición será una solución eficaz o más bien un gesto destinado a tranquilizar a padres y educadores inquietos y, de paso, a aquellos que prefieren una norma a una conversación incómoda. Es razonable preguntarse también si el rédito político actúa como motor de esta iniciativa, pues resulta llamativo que se invoque la vulnerabilidad de los menores en el ámbito digital mientras, en otros debates públicos, como el aborto o el cambio de sexo, se les reconoce una autonomía casi plena.
A primera vista, el plan parece sensato. Algo hay que hacer, y hacerlo por la vía legal transmite una sensación de control. Pero el problema no reside únicamente en la edad, sino en el diseño de las plataformas, construidas para capturar la atención, explotar la vulnerabilidad emocional y mantener a los usuarios enganchados el mayor tiempo posible. El scroll infinito, las notificaciones intermitentes como recompensas variables, los algoritmos que detectan inseguridades y refuerzan contenidos extremos forman parte de una arquitectura pensada para moldear hábitos y apetitos, además de opiniones e ideas, y maximizar así permanencia y beneficio. Limitar la entrada sin cuestionar el edificio es como tranquilizarse con un paraguas en medio de un huracán.
Además, pensar que basta con este dique es subestimar no sólo a las redes, sino a los propios menores. Cualquiera que haya sido adolescente sabe que pocas cosas estimulan tanto la imaginación como una puerta cerrada. Una puerta que, en el entorno digital, suele franquearse con pasmosa facilidad. La experiencia reciente muestra que basta una fecha de nacimiento falsa o el uso de la cuenta de un adulto. También es simplista meter a todos los chavales en el mismo saco, como si la madurez o el contexto familiar pudieran medirse con un calendario.
Sorprende, por otro lado, que una sociedad que ha cedido con frecuencia la educación a las pantallas y el mercado pretenda ahora encarar este asunto mediante un trámite administrativo. Así, detrás de este debate laten, al menos, dos supersticiones contemporáneas: creer que un problema antropológico puede resolverse con ajustes técnicos y pretender que el Estado remedie la falta de acompañamiento y orientación a los jóvenes.
Antes de que existiera internet, ya había menores empujados a buscar mundos amenazantes y clandestinos; se trata de una constante humana. La diferencia es que esos mundos antes se encontraban en lecturas, calles o compañías; hoy están a un clic y atrapan con precisión quirúrgica.
Ahora bien, nunca ha sido esa pulsión la que ha perdido a los chavales, sino la ausencia de guías que les enseñen a discernir y resistir. La ley puede marcar límites y dictar titulares tranquilizadores, pero no fortalece el juicio ni la voluntad. Y sin juicio ni voluntad, cualquier barrera es frágil. Se puede cerrar una aplicación, pero no el universo en ebullición que es un adolescente. Y conviene recordar que ese universo no es un problema que sofocar, sino una energía que orientar.
La imaginación juvenil es algo sagrado, no algo que deba ser simplemente regulado. De lo que se trata es de instruir los ojos para ver, entrenar las cabezas para pensar y trabajar el alma para admirar, lo cual exige tiempo, presencia y una autoridad diligente (sobre todo de los padres, pero también de los maestros) que no se delega en el BOE. Implica conversaciones en casa, exigencia intelectual en la escuela, límites coherentes en ambos lugares, una alfabetización digital que no se reduce a aprender a usar dispositivos, sino a comprender cómo intentan usarnos a nosotros…
En todo este asunto hay, además, una paradoja difícil de ignorar: no es sorprendente que los niños pierdan el rumbo, sino que los adultos lo hayan perdido primero. Los jóvenes no carecen de curiosidad, sino de ejemplos que merecen ser imitados y, sin embargo, muchos adultos no pueden, o no quieren, ofrecerlos. Nos escandalizamos de que los adolescentes se obsesionen con lo trivial, pero rara vez reconocemos que nos hemos visto absorbidos por trivialidades aún mayores. El verdadero riesgo no es que un niño tenga móvil, sino que no tenga una gran historia que escuchar en casa ni en el colegio. ¿Dónde están los héroes, las épicas que conmueven, los ideales que desafían la mediocridad? Es fácil, por tanto, culpar a la juventud; lo difícil es reconocer que la cultura se va reduciendo al nivel de un parque de bolas.
A lo mejor no es sólo que las redes los corrompan, como suele afirmarse, sino que amplifican lo que ya se ha malogrado. Tal vez los chavales no carezcan de metas, pero el paisaje no les ofrece belleza. Quizá el verdadero peligro no es que los jóvenes vivan con espejismos en sus bolsillos, sino que los adultos no crean en lo que es verdadero. El muchacho que mira una pantalla busca, en el fondo, algo auténtico, digno de asombro. Si lo encuentra y abraza, apagará el dispositivo y encenderá su vida. No hay algoritmo capaz de competir con una aventura de carne y hueso.