Director de 'Testimonio' (RTVE Play)
Isidro Catela: “Las universidades católicas debemos desarrollar proyectos culturales conjuntos: unidos reunimos más talento y más recursos”
Noticia publicada el
lunes, 19 de enero de 2026
En la Europa medieval, los juglares recorrían las plazas principales de pueblos y ciudades, relatando historias de héroes y aventuras, los llamados cantares de gesta, a sus iletrados habitantes. Ofrecían también otros entretenimientos a la población: cantaban, tocaban instrumentos musicales, contaban chistes, incluso realizaban acrobacias. Estos hombres Netflix o plataformas digitales antropoides fueron sustituidas, con el tiempo, por la multiplicación de los ejemplares libros que nos trajo la invención de la imprenta, además de las compañías de teatro ambulantes, circos, orquestas. Mucho más tarde, los periódicos se convirtieron en los principales medios de comunicación y en los impulsores definitivos del relato episódico para masas.
Las ondas hertzianas terminaron con las ‘series’ diarias, semanales, mensuales sobre el papel, reuniendo cada tarde a familias, amigos y vecinos que se amontonaban junto a los aparatos de radio para escuchar sus novelas favoritas. Con el cine y, sobre todo, con la televisión, también éstas desaparecieron. Habían nacido las series, tal y como ahora las conocemos. Fueron las hermanas pobres y feas del séptimo arte hasta que la cadena HBO se empeñó en invertir grandes cantidades económicas en el formato y llenar de talento tanto lo que aparecía en cámara como lo que estaba detrás de ella. No obstante, el destronamiento del cine no se consumó, gracias a internet, hasta la revolución que han supuesto las plataformas digitales de entretenimiento.
Invitado por el Instituto Veritatis Gaudium y por el Instituto de Investigación José Sanmartín, el director del programa de TVE ‘Testimonio’, Isidro Catela, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria, ha reflexionado en la Universidad Católica de Valencia (UCV) sobre la importancia de las series a la hora de configurar los relatos culturales predominantes y sobre su capacidad para funcionar como artilugios educativos de excepción en las aulas universitarias.
¿Qué ofrece una serie como herramienta educativa?
Cuando en la universidad planteas un medio como las series desde el ámbito de las humanidades, estás obligado a desvelar desde el principio sus potencialidades como herramienta educativa y conocerlas, aunque no las trabajes todas ni alcances siempre el resultado que buscas. Del mismo modo que no utilizas todas las potencialidades de un coche, entre otras cosas, porque no puedes ir a trescientos por hora. Hay que elegir qué elementos aprovechamos de una serie.
Por otra parte, el planteamiento estructural de este medio –varios relatos no cerrados hasta el episodio final- nos revela ciertas cosas sobre la condición humana. De entrada, la concepción del tiempo. Hoy es muy importante que los jóvenes comprendan que no todo se resuelve al instante o en una hora, o en hora y media. Les pido ver la serie con periodicidad semanal y así trabajamos aspectos como la generación de expectativa o de suspense, la espera ante el siguiente capítulo... Les enseña a vivir en la incertidumbre. Además, extraemos mucho jugo a los personajes que más cambian con el transcurrir de los episodios; si la serie está bien hecha, suelen ser más ricos.
En tu conferencia has mencionado también que, a la hora de que los alumnos descubran y disfruten los grandes relatos, existe una “crisis de accesibilidad existencial” más que de canon.
En esta generación existe una incapacidad no sólo para comprender, sino directamente para acceder a los grandes relatos. Por cuestiones de formato, léxico... Hay estudiantes de Comunicación Audiovisual que se quejan de ver una película en blanco y negro. Repito: alumnos de Audiovisual. Yo les digo: “Mira, vas a ver Doce hombres sin piedad. Y si te duermes en clase, tienes la responsabilidad de verla despierto fuera del aula, porque te voy a examinar de ella”.
Estas cosas suceden cada vez más, con los textos bíblicos, con clásicos de la literatura universal como la Odisea. Los que tenemos cierta edad hemos sido educados en una lógica del relato más clásica, con planteamiento, nudo y desenlace. Ellos no. No hemos transmitido bien ese conocimiento y se ha producido una ruptura. Por eso es imposible trabajar el Quijote con ellos. Les pregunto por Sócrates y cada uno me dice cosas distintas sobre su pensamiento.
¿Qué puede hacerse al respecto?
Muy poco a poco, debemos recuperar el disfrute de los grandes relatos, sean seriados o no. Algún alumno me ha dicho: “Es que no puedo leer”. Y yo le he respondido: “Has reconocido el problema, es una buena manera de empezar. Vamos a trabajar desde un nivel -2 a ver si podemos llegar al nivel 5”. No tienen mala intención, pero enfrentarlos a los grandes relatos es como ponerle una maratón delante a alguien que nunca ha corrido. Los grandes relatos son terrenos que jamás han transitado. Y lo que viene, si no se trabaja desde el colegio, va a ser peor, porque los chavales ya no necesitan ‘correr’: obtienen resúmenes perfectos de cualquier libro en ChatGPT.
Has señalado también en tu conferencia que muchos alumnos escriben relatos distópicos. ¿Por qué crees que ocurre esto? ¿Qué dice de ellos y de nuestra sociedad?
Pues que la mayoría de estudiantes cree —perdón por ser así de explícito— que la vida es una m*****. Por eso, muchos de ellos piensan: «El futuro puede ser aún peor, así que mejor me quedo como estoy, o me quito del medio». Por fortuna, esta segunda opción no es mayoritaria, pero sí hay una idea muy extendida y que está implícita en esos razonamientos: si la vida es una porquería, es que estamos mal hechos. Es decir, ¿por qué tenemos que sufrir?, ¿por qué hay tipos que apretando un botón pueden eliminarnos del planeta? Cada vez se les hace más bola la vida y muchos consideran que es mejor pasar por ella medio anestesiado. Ante el ahogo, quieren desaparecer.
La salida de esa situación es más presencia, más dominio de tu vida, más vínculo con el otro. Si, además, se abren a lo trascendente... Muchas veces el problema es que no encuentran el sentido a casi nada y, en este punto, la universidad tiene un papel muy interesante. Entrar en conversación con el alumno, que es algo sencillo, ya sirve. Preguntarle por qué no ha ido a una tutoría, por ejemplo, o por qué ha dejado a su novia por Whatsapp.
Si uno se fija un poco, las series que hoy se consumen en las plataformas digitales, esconden una mirada desesperanzada sobre la existencia y sobre el ser humano. ¿No crees que esos relatos refuerzan la visión oscura y desconfiada de la que hablas?
Estoy de acuerdo. Se ha oscurecido la esperanza, pero no la han aniquilado, porque no pueden. A pesar de ciertas agendas sistemáticas, no pueden erradicarla. En medio del cemento, crecen flores. Las universidades cristianas debemos trabajar con los estudiantes desde esa certeza existencial, pero empezando por nosotros. No estamos exentos de caer en la dinámica de la universidad burocratizada, con grupos muy grandes de alumnos... Necesitamos propuestas para no entrar ahí, porque nuestro trabajo es desvelar. Y, como las series pueden conectar con una experiencia vital del alumno, utilizarlas como catalizador es una de las mejores formas de hacerlo. Además, también hay que romper la pared del aula.
¿Cómo lo hace usted?
Hay que ofrecerles la oportunidad de realizar actividades voluntarias en grupo fuera de clase: llevarte a veinte estudiantes de distintos grados al cine, al teatro y socializar, tomar una cerveza después. Puede ser mucho más efectivo que cualquier clase que te prepares. Ahí es donde debemos atacar, en la experiencia, porque la transmisión de conocimiento sin amor... nada.
Hay experiencias que no te dejan igual; un viaje a Tierra Santa, por ejemplo. No importa si vuelves creyendo más o menos. Vuelves distinto. Ninguno alumno vuelve igual si les has preguntado «¿quién quiere ser padre?» en la casa de san José. Porque saben que esa pregunta está ahí. Ellos están envueltos por una serie de relatos, convencidos de que eso de ser padre «no es para mí». De repente, alguien les hace preguntarse: «¿Y si es posible? ¿Y si, incluso, mi vida será mejor? ¿Y si resulta que tengo 19 años y debería rebelarme, en lugar de estar dormido?»
Hablando de Tierra Santa, usted se ha manifestado partidario de crear plataformas de colaboración entre universidades cristianas para compartir con la sociedad el relato evangélico, para introducir la fe en la cultura actual.
Todas las universidades de confesión católica tenemos, al final, la misma misión, de modo que hemos de encontrar los “cómos” y concretarlos. Aunque no sean los mismos para todos, estamos obligados a hacerlo. Desarrollar proyectos culturales conjuntos es una tarea fundamental, pues unidos reunimos más talento y más recursos. Si en investigación lo hacemos, ¿por qué no en lo cultural? Por ejemplo, podríamos desarrollar una serie de ficción desde una cosmovisión cristiana con el sello de varias universidades.
Obviamente, en otros ámbitos hay competencia entre universidades, pero en este no existe ese problema. Es positivo para todas las partes, sólo hay ventajas. Habrá que renunciar a los egos, eso sí, porque no acabará saliendo el proyecto exactamente como yo querría, o como tú querrías, pero seguro que será mejor. El estándar de calidad de muchas creaciones culturales, de comunicación, han subido. Y deberemos exigirnos la excelencia.
Quizás los católicos no hemos hecho los deberes en lo cultural en las últimas décadas.
Es que algunos ni se plantean desarrollar esta clase de proyectos, los consideran folclore. Se equivocan, porque El Señor de los Anillos no es folclore, ni Robinson Crusoe. El juego del calamar, que marca a una generación, o Stranger Things, no son folclore, existe una cosmovisión detrás de ellas; todos los chavales las han visto y se han impregnado de ella.
¿Los proyectos que tienen que ver con la cultura y la comunicación son lo primero y más importante? No, es cierto. ¿Pueden ser parte del camino que ayude a las personas a acercarse a la fe? Sí. Entonces, los católicos, las universidades, estamos tardando en ponernos a ello.