The Quiet Girl o la imprudencia de mirar (Carola Minguet, Religión Confidencial)
Noticia publicada el
martes, 24 de febrero de 2026
El cine tiene la capacidad de distraernos de la realidad o hacer algo más difícil, devolvernos a ella. Lo segundo lo consigue The Quiet Girl, dirigida por Colm Bairéad. No inventa una tragedia extraordinaria; muestra algo tan frecuente que apenas lo vemos: una niña puede desaparecer sin moverse del sitio; basta con no mirarla.
Cáit, la protagonista, perfecciona este arte hasta el punto de pasar por su casa y el colegio como una sombra bien educada. No interrumpe, no pide, no llora. Ha descubierto, con la seriedad de un filósofo prematuro, que el amor no se obtiene aumentando el volumen. Sin embargo, el sonido sigue siendo un tema inevitable, quizás porque la indiferencia es ruidosa. Una familia que no escucha grita incluso cuando calla. El descuido tiene un estruendo propio, más sonoro que cualquier portazo.
En su casa natural —pues hay casas que no son hogares— los afectos se administran con tacañería. Sus padres están demasiado ocupados, o simplemente ausentes, como para advertir que, en un rincón, crece una delicada niña de nueve años que ha aprendido a callar. Y a encogerse.
Porque los niños, contrariamente a la ilusión adulta, no son criaturas simples. Y cuando descubren que el amor no circula, no concluyen que los otros están equivocados, sino que ellos sobran. Cáit llega a esa deducción con una discreción conmovedora (toda ella lo es). Y es que la infancia es inocente, pero no ingenua; un laboratorio donde se ensayan la supervivencia y la memoria.
Ocurre entonces algo que parece insignificante: va a pasar el verano con unos parientes en el campo. Nadie sospecha que aquel traslado, decidido con la ligereza de los apaños, contiene más dinamita que muchas trincheras.
La casa de los parientes es sencilla, pero posee esa cualidad casi sobrenatural de las cosas que funcionan: la puerta se abre y se alegran de su llegada. Cáit entra en un hogar. Allí, derramar un vaso de leche no provoca juicios sumarios; alguien limpia la mesa y supone que está cansada. Nada más. La amabilidad aparece sin proclamaciones: preparando un bizcocho, arreglando la cama, sonriendo. El cariño llega como las cosas verdaderas: repetido, delicado, paciente. Cada mañana se le llama a desayunar. Cada tarde, le invitan a compartir tareas, paseos. Cada noche le dan las buenas noches, esperando verla al día siguiente.
Y aquí entra una de las muchas perlas que guarda esta película, que también esconde conchas ásperas, cortantes. Los niños no necesitan discursos sobre autoestima. Necesitan comprobar que su existencia es una buena noticia. La verdadera revolución se gesta con cuadros cotidianos. No ruge. Cepilla el pelo. En esos actos hay más verdad que en muchas teorías pedagógicas. Ahora bien, el tesoro escondido no es sólo que una pequeña sea querida, sino que sus parientes lo hagan sin expectativas ni condicionalidades. Esta gratuidad es tan rara como poderosa.
Cuando termina el verano, Cáit no es otra niña, simplemente ha recuperado su personalidad, que estaba sitiada. Y se lleva consigo una certeza difícil de desalojar: el amor existe, un descubrimiento que va más allá del confort emocional y toca lo existencial. Ser visto y reconocido es quedar afirmado en la vida misma. En un tiempo que multiplica sistemas, diagnósticos y programas, aquellos parientes creen haber hecho muy poco. Y, sin embargo, han hecho lo necesario: actuar como si aquella criatura importara. Han cometido la imprudencia de mirarla.