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Elogio de la monogamia (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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Elogio de la monogamia (Carola Minguet, Religión Confidencial)

Hay algo paradójico en que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publique en pleno siglo XXI la nota titulada Una caro. Elogio de la monogamia. Suena como si alguien hubiera desempolvado un códice medieval para advertirnos de los peligros del harén. Y, sin embargo, el documento —nacido al calor del Sínodo sobre la Sinodalidad— no es un eco arqueológico, sino una respuesta sorprendentemente contemporánea. Porque lo anticuado no es la monogamia, sino la idea de que el deseo basta para fundar un reino. Las civilizaciones no se sostienen sobre emociones cambiantes, sino sobre promesas que resisten.

Es verdad que una de sus preocupaciones pastorales se sitúa en contextos donde la poligamia sigue siendo una realidad social, especialmente en diversas regiones de África. Pero sería un error pensar que el texto es un manual misionero para tierras lejanas. Está dirigido a la Iglesia universal y, como toda palabra verdaderamente universal, termina siendo una llamada incómoda para Occidente, que abolió los tronos, pero ha entronizado los impulsos.

Porque si en algunas latitudes el problema es la pluralidad simultánea de esposas, en las nuestras es la pluralidad sucesiva —y a veces simultánea, aunque revestida de consentimiento y estética terapéutica— de amantes. Nos escandaliza la palabra "poligamia" por arcaica; preferimos relaciones "abiertas", "líquidas" o "poliamor". Hemos cambiado el léxico, pero no la lógica. Y es que la modernidad tiene una habilidad especial para rebautizar las cosas que no quiere juzgar. Cambia el nombre y espera que cambie la naturaleza. Pero en un triángulo amoroso, aunque se le llame poliedro afectivo, los ángulos no cuadran.

Precisamente sobre este punto, el documento acierta con una observación expresada con finura literaria: el adulterio y el poliamor descansan en la ilusión de que la intensidad del amor se encuentra en la sucesión de rostros. Pero, como muestra el mito de Don Juan, los números terminan disolviendo los nombres. Cuando los rostros se acumulan, dejan de ser rostros para convertirse en cifras. Y cuando el otro se torna en número, el yo también termina siendo estadística. La promiscuidad no sólo fragmenta al amado, sino al amante.

Para profundizar en esta idea, el texto convoca a Emmanuel Levinas, quien sostiene que el rostro del otro no es un objeto entre objetos; es una llamada, una responsabilidad infinita, única, irreductible. Amar no es consumir una experiencia, sino responder a una presencia. Multiplicar los rostros no multiplica el amor: lo fragmenta. Porque el amor no se mide por la cantidad de encuentros, sino por la profundidad de la entrega. El rostro, precisamente porque es único, exige una respuesta que no puede delegarse ni dividirse. Nadie puede amar por representación. Tampoco comprometerse a medias sin descomprometerse del todo.

Y aquí aparece otra paradoja, aún más inesperada. Nuestra cultura, tan orgullosa de su emancipación afectiva, presume de haber superado la exclusividad como si esta fuera una superstición romántica. Y, sin embargo, las narraciones colectivas siguen exaltando el amor único. No el amor estadísticamente optimizado, sino el amor irrevocable. No el “mientras funcione”, sino el “hasta que la muerte nos separe”. Está en Netflix, en Prime, en las películas que más nos gustan, se lleven, o no, alguna nominación.

Es curioso celebrar la provisionalidad en la vida real y venerar la eternidad en la ficción. Aplaudir en el cine lo que tememos prometer en la vida. Nuestra cultura banaliza el adulterio y promociona el poliamor como horizonte de madurez emocional, pero, cuando imagina la felicidad, la imagina en singular. Nadie sueña con ser el capítulo diecisiete en la autobiografía sentimental de otro. Todos soñamos con ser el nombre propio. Un rostro.

No obstante, esta contradicción es extraordinaria y esperanzadora, porque revela lo que habita en el corazón humano, incluso cuando los comportamientos sociales y las ideologías parecen desmentirlo. Y no es simplemente la búsqueda de uno mismo —esa consigna tan repetida—, sino una nostalgia. Nostalgia de ser elegido y de elegir sin reserva. De una promesa que no se diluya en la posibilidad de componendas paralelas.

Una caro recuerda, en el fondo, algo profundamente humano: que la fidelidad no es una mutilación de la libertad, sino que la revela. Y que la monogamia, lejos de ser un vestigio de otra época, puede ser la más audaz de las revoluciones culturales en la nuestra. Quizá por eso no es la reliquia de un mundo superado, sino el escándalo permanente de un mundo que no se cree que el amor pueda ser intercambiable. El corazón humano puede distraerse, pero no se resigna.

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