El verdadero cambio (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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La otra noche se hablaba mucho del «cambio», cambio necesario. Pero a veces cuando se habla del cambio parece referirse a cambio de estructuras, de modelos, ... a novedades; pero, en realidad, no se refieren al gran cambio que necesita la humanidad y que necesitamos en España; cambio y renovación de las personas, cambio interior de actitudes y de criterios de juicio y de pensamiento, cambio de vida en la verdad, que se realiza en el amor y nos hace libres, cambio de vida en una vida santa. Este es el cambio que Dios ha hecho en la toda Santa, Inmaculada, siempre Virgen María, cuya fi esta celebramos esta semana: gran signo, luminoso signo, que nos abre a la esperanza, que nos entronca y mete de lleno y en lo hondo en la gran esperanza del Adviento.

En este día, los católicos de todo el mundo, y de modo singular por razones obvias los católicos de España, por ser NUESTRA Patrona, dirigimos nuestra mente y nuestro corazón, ponemos nuestro pensamiento y afecto, en la Virgen María, concebida sin pecado desde el primer instante de su ser natural; ponemos nuestro corazón en la Madre de Dios y la Madre espiritual nuestra, la criatura en la cual se refleja la imagen de Dios, con total nitidez, sin ninguna turbación. Fijando nuestra mirada en esta Mujer humilde, hermana nuestra, y al mismo tiempo celestial, toda santa, llena de gracia, espejo nítido y sagrado de la infinita belleza, podemos renacer a una esperanza viva y creer que es posible un mundo nuevo, una nueva cultura, una civilización grande basada en el amor, y la verdad, en la gracia de Dios, en la santidad. Esa belleza de María Inmaculada, que es la obra de Dios en ella, se convierte para nosotros en un modelo inspirador, en una esperanza confortadora. En Ella está el verdadero cambio y renovación al que deberíamos aspirar y es signo de la presencia de una humanidad, de un mundo, verdadero nuevo.

 En la Virgen María, concebida en previsión de los méritos de su Hijo, sin pecado original, la esperanza del hombre se ensancha al encontrar en Ella, Madre del Redentor, el cumplimiento de las promesas salvadoras de Dios: promesas de honda y auténtica liberación. Ella, sencilla mujer judía, ha sido destinada desde siempre por Dios para ser la madre del Salvador, y brilla, agraciada por la santidad de Dios como aurora naciente de la salvación.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Él ha hecho brotar de María el Sol que nace de lo alto y nos visita para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Desde Ella podemos proclamar: aquí está nuestro Dios en medio de nosotros. Dios ha puesto su morada en Ella, ha acampado en Ella. En el designio salvífico de Dios el misterio de la Encarnación constituye el sobreabundante cumplimiento de la promesa de Dios: donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. y la primera criatura donde sobreabundó la gracia es en la Santísima Virgen María, la Purísima, la toda limpia, la que ni siquiera rozó el pecado primero. María permanece ante Dios y ante la humanidad como la señal inmutable e inviolable de la elección de Dios en favor de los hombres. En Cristo, Dios nos ha elegido, para que seamos santos e inmaculados ante Él por el amor. Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de aquella enemistad con que ha sido marcada la historia de los hombres. ¡Qué esperanza!

Esta elección nos hace comprender que no cabe el desaliento o la desesperanza, ni la inercia resignada. Que hay un futuro para el hombre. Ya está brotando, en María, tierra fecunda ha brotado, ha germinado el Salvador. La tierra ha dado su fruto nos bendice el Señor nuestro Dios.

Desde esta esperanza y desde la contemplación de María Inmaculada, haremos bien en otorgar a esta fi esta una importancia reformadora, consoladora. Contemplamos admirada y agradecidamente a Santa María, sin pecado concebida, que a la creciente degradación permisiva de las costumbres opone la serena y resuelta energía de la conciencia de la dignidad personal y comunitaria del hombre regenerado en el bautismo y en la pertenencia a la sociedad de los santos, que es la Iglesia, la cual se siente representada y ensalzada en la humilde y grande Señora del Magníficat. Hemos sido elegidos para ser santos e inmaculados ante Dios por el amor: esto sí que cambia el mundo y la sociedad, el verdadero cambio que necesitamos.

Necesitamos seguir a la Santísima Virgen María, seguirla como la que es sin pecado, seguirla como modelo de perfección. Ahí está el futuro. En una sociedad, como la nuestra, con una tan profunda quiebra moral y sin convicciones morales seguras y verdaderas, la Virgen Inmaculada es para nosotros una luz grande y una viva esperanza. ¿Cómo no vamos a estar preocupados en estos momentos ante el debilitamiento de las convicciones morales de muchas personas, especialmente de no pocos jóvenes? Pero la fi gura de María, Inmaculada, nos da mucha esperanza de que las cosas pueden y deben ser de otra manera, cambiadas, y nos anima. Es superior a nuestras fuerzas, pero no es imposible para Dios. Es necesario que, como María, nos pongamos en manos de Dios, que dejemos actuar, como hace Ella, a Dios: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra». Dios actúa, y en su Hijo Jesucristo, nos ha enriquecido con un verdadero derroche de gracia. Él está con nosotros. Todo puede estar colmado de una gran alegría: «Alégrate, llena de gracia».

«¡Dichosa tú, que has creído!». No podemos contentarnos con una vida mediocre. No podemos tener miedo a ser santos, a cambiar el mundo.

 

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