“Salud mental es también poder pagar la factura de la luz o no encontrar tu piso ocupado al volver del pueblo”

José Miguel Gaona, psiquiatra

“Salud mental es también poder pagar la factura de la luz o no encontrar tu piso ocupado al volver del pueblo”

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“Salud mental es también poder pagar la factura de la luz o no encontrar tu piso ocupado al volver del pueblo”

El psiquiatra José Miguel Gaona (Bruselas, 1957) es un médico e investigador todoterreno. También lo es como persona. Hijo de exiliados durante la Dictadura, vivió primero en Bélgica y después en Chile con pasaporte oficial de apátrida hasta los 12 años, cuando su familia pudo regresar a España. Ha estudiado, investigado y trabajado en distintos países, además de desplazarse como responsable de Salud Mental de la ONG Médicos del Mundo a Bosnia, durante la Guerra de Yugoslavia y a Rwanda, durante el genocidio de los años noventa.

Especializado en psiquiatría forense, neurología y psicología infantil y adolescente, ha investigado –lo sigue haciendo hoy- en Estados Unidos y se ha dedicado incluso a la cirugía cardiovascular en Alemania. Experto consultado de manera habitual por los medios de comunicación en España y autor también de varias novelas, ha participado en el segundo congreso UCV Talks, organizado por la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universidad Católica de Valencia y el Colegio Oficial de Médicos de Valencia.

Empecemos por lo básico, don José Miguel: el concepto de salud mental. Aunque un mayor conocimiento ha mejorado la percepción general sobre esta problemática, todavía sobreviven muchos estigmas que afectan a quienes padecen estas patologías. La realidad es, sin embargo, mucho más compleja y tanto más amplia que la visión reduccionista que se suele tener acerca de la salud mental. Lo ha mostrado usted en su conferencia.

Es lo que he intentado, sí. La clave para entender mejor este asunto es ser conscientes de que hay multitud de factores sociales y de todo tipo en el marco de lo que describimos como salud mental; desde las relaciones familiares hasta que la gente pueda pagar la factura de la luz o que no se vaya de su casa un fin de semana al pueblo y la encuentre ocupada a la vuelta. Eso también es salud mental.

Aprovechando que eres periodista, déjame que te hable de una nueva problemática, la ‘infoxicación’, que se produce ante un exceso en el consumo de noticias y de actualidad. Antiguamente leías el periódico y te quedabas tranquilo hasta el día siguiente. Hoy puedes ver en directo hasta las grabaciones de las cámaras subjetivas que llevaban los terroristas de Hamás en el pecho cuando atacaron a ciudadanos israelíes. Y esa avalancha informativa está afectando a la salud mental de muchas personas y de manera muy importante.

Ya que ha sacado a relucir la guerra entre Israel y Hamás, quiero conocer su opinión experta en torno al drama psicológico que están viviendo en estos momentos muchos israelíes y palestinos. Ha sido usted testigo directo de las devastadoras consecuencias psíquicas que tienen los conflictos bélicos en combatientes y civiles, pero también de la capacidad del ser humano de sobreponerse incluso a las peores circunstancias, ¿no es cierto?

Así es. Precisamente, en mi ponencia he hablado un poquito de Viktor Frankl, un ejemplo de resiliencia donde los haya. Como prisionero en varios campos de concentración nazis durante el Holocausto descubrió que, a pesar de no poder cambiar las circunstancias que le rodeaban, sí estaba en su mano cambiar la manera de vivirlas y, de este modo, aportar esperanza en medio de la tragedia.

Eso que se dio en un caso tan extremo es totalmente extrapolable a la vida diaria de cualquier persona. Todos tenemos, a veces, nuestras propias batallas, como son las de pareja. Puede que nuestros vecinos de la puerta de al lado estén en guerra y vivan un estrés postraumático por su relación, por un montón de problemas. Podemos vivir también situaciones económicas muy graves, ante las que creemos que el mundo se va a acabar.

Frankl vio en otros presos de los campos de exterminio que perder la esperanza les afectaba fisiológicamente y fallecían antes. Por esa razón, la proyección hacia el futuro es uno de los pilares de la resiliencia: ser conscientes de que existe un mañana, saber qué es lo que vamos a hacer a continuación, tener esperanza.

En su intervención en el congreso ha recalcado la necesidad de construir una sociedad más implicada en el cuidado de su salud mental. Desde luego, el gran aumento de personas que presentan patologías neurológicas y psiquiátricas, o el número de suicidios en continua línea ascendente parece que avalan su petición.

En la sociedad occidental llevamos años viviendo al límite en muchísimas cosas; adictos al cortisol, por así decirlo, a la adrenalina, intentando optimizar cada momento, cada cosa. Por si fuera poco, esto se está dando a la vez que existe cada vez más una falta de resiliencia, de poder manejar la enorme demanda psicológica que supone vivir así.

Se trata de los componentes adecuados para que, en momentos de tormenta, como ocurrió con la pandemia, aquellos barcos que estén peor construidos tengan serios problemas. Tras la covid-19 hemos visto un aumento realmente enorme de problemas relacionados con la salud mental. Aunque parezca mentira, a día de hoy aún tengo pacientes que no han salido de su casa, encerrados desde 2020.

¿Qué recomendación principal haría usted a cualquier persona que esté leyendo estas líneas con el fin de cuidar su salud mental?

Aprender que gran parte de la propia salud mental depende de uno mismo y no depende de terceros. Invito a la gente a tener la impronta del autocontrol, la consciencia de que son dueños de su propio destino. Somos… soy «el capitán de mi alma», como dice el poema.

Tras licenciarse en Medicina, doctorarse y realizar un máster en psicología médica, se graduó en Teología. No es un camino muy habitual, si me permite el comentario.

Es que las bases espirituales de la neurología y sus consecuencias en la vida diaria me han interesado siempre muchísimo. La pirámide de Maslow, que jerarquiza las necesidades del ser humano, obvia una que está, no sé si por encima de todas o es complementaria: la espiritual.

Dicen varios estudios importantes que las personas religiosas son más felices.

Sí, es cierto. Si está bien llevada, la espiritualidad religiosa tiene muchísimas ventajas para las personas a la hora de reducir la ansiedad y el malestar en un momento dado, controlar ciertos aspectos depresivos, crear unidad en grupo -que es algo importante-, la pertenencia social… Todo ello redunda en una mejor salud mental.

Ésa sería la parte práctica de lo religioso. La otra parte es más espiritual, personal, sobre la trascendencia del ser humano. Aunque unos la tienen más marcada que otros, yo creo que es bueno que aquellas personas que se sienten vacías le den una trascendencia a su vida. Eso lo vemos mucho, sobre todo en jóvenes. Con esto no quiero decir que se conviertan en unos beatos de la noche a la mañana, pero sí que le den un sentido a su vida que vaya más allá de ellos mismos.

La palabra “trascendencia” está en desuso, don José Miguel.

Es un factor que en Occidente hemos olvidado, quizá por nuestras ideas profundamente mecanicistas. Creemos que todo funciona de una manera mecánica y así se nos enseña en la universidad. Comprobamos, sin embargo, que en muchísimas ocasiones los placebos administrados a pacientes alteran realmente la fisiología humana. Es un ejemplo que nos permite descubrir que la parte psicológica, la parte espiritual, tiene una importancia enorme en el ser humano. Yo mismo lo he visto, pues me he dedicado a viajar por el mundo entrevistando a sacerdotes de distintos credos, figuras religiosas, chamanes… y, de hecho, creo que soy el único psiquiatra que hizo los cursos para exorcistas del Vaticano.

¿Ha estado presente en algún exorcismo?

Sí, sí.

¿Qué me puede decir de esa experiencia desde el punto de vista científico? ¿Una posesión demoníaca se puede reducir a simples conexiones neuronales?

Antes de nada, es importante subrayar que el primer filtro que establecen los exorcistas ante un presunto suceso de posesión es el de los psiquiatras y psicólogos. El noventa por ciento o más de esos sucesos no superan ese filtro. Los sacerdotes habitualmente son bastante conscientes de ello. Queda, por tanto, un diez por ciento de casos que no se sabe muy bien dónde encajarlos y cuyos afectados tienen un factor espiritual enorme. Estas personas también son más proclives y sensibles a ser tratadas desde un punto de vista espiritual; lo que, a su vez, tiene consecuencias sobre la salud mental.

¿Qué explicación se le puede dar desde la neuroteología a situaciones que se dan en algunos exorcismos como que la persona poseída se ponga hablar en lenguas muertas o que posea una fuerza descomunal?

Lo cierto es que aún sigo aprendiendo. Ahora mismo estoy trabajando en Estados Unidos en un proyecto con personas que han tenido experiencias de visión remota, por ejemplo. Tanto las presuntas posesiones demoníacas como estas situaciones son muy difíciles de explicar.

Acabemos con algo que puede explicar con muchísima mayor facilidad: en el futuro escenario distópico de su última novela, Furor Domini: la ira de Dios (Secret Books, 2021), es común entre las personas la utilización de neuroprótesis y otros ingenios técnicos que potencian el placer. Aunque se trate de ficción, parece que ese futuro tiene ya una parte importante de presente. Vivimos en lo que algunos psicólogos llaman la sociedad de la gratificación inmediata. ¿Qué le parece a usted?

El ser humano siempre ha sido adicto al bienestar. Nunca he conocido a nadie con adicción a meter los dedos en enchufe. ¿Por qué? Pues porque te pega un calambrazo que es intensamente desagradable. Es decir, las personas intentamos de alguna manera perseguir el placer, que se alcanza a través de la secreción y a través de los circuitos de recompensa que tiene nuestro cerebro. Ello, a su vez, potencia las distintas sustancias que nos producen el susodicho placer; a veces, mediante actividades fisiológicas, como tener relaciones sexuales; y, otras veces, suplimos esas sustancias con drogas, ya sean legales o ilegales.

El placer es uno de los principales motores de las personas, pero tenemos que aprender a escoger. Ser libre, en el fondo, no es hacer lo que te da la gana, sino escoger lo mejor para ti. Es muy importante aprender a definir el placer para no acabar siendo víctimas de él. Algo que se ve en un adicto a cualquier droga es que va abandonando el resto de cosas que le dan placer. Lo observamos particularmente en el caso de los opiáceos. El adicto abandona la higiene bucal y sus dientes se ponen fatal, abandona la higiene corporal y acaba yendo siempre sucio, vestido con harapos...

Me he dedicado también muchos años al estudio de la adicción y ves a parejas jóvenes, en la veintena, que abandonan el sexo; no tienen relaciones sexuales en meses, incluso en años. El adicto a una droga ya no necesita todo lo que le producía placer antes. Si consigues placer instantáneo, ¿para qué tener relaciones sexuales? ¿para qué ducharte, mirarte al espejo, vestirte con algo que te guste y decirte «mira que guapito voy»? Se abandonan esas cosas y todo el resto de pequeños placeres diarios, como una buena comida, escuchar música, ver una película, quedar a tomar algo con los amigos…

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