Tras la investidura (Carola Minguet, Religión Confidencial)

Tras la investidura (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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Una reacción prudente tras la reciente sesión de investidura es que cada cual trate de aterrizar a la vida cotidiana lo que está pasando políticamente, por eso de aprender de los errores. Así, una cuestión que debemos tener en cuenta es que hay límites que no deben traspasarse. Hay un libro de Robert Spaemann que trata precisamente de eso, titulado Límites. Acerca de la dimensión ética del actuar. No podemos volar, ni vivir doscientos años. Somos seres finitos, mortales. Y añadiría que sólo vemos bien cuando somos humildes. El que se cree más de lo que es pierde de vista la realidad. Y puede llegar a inocular la demonización del enemigo y el deseo de aniquilarlo. Un mal camino que hay que saber detectar cuando se siembran las primeras semillas.    

Otro tema para reflexionar es la unidad y la disgregación, es decir, cabe preguntarse en qué debe fundarse la primera o cuándo es lícita la segunda, pues la pretendida unión no tiene por qué ser monolítica ni procurarse a cualquier precio. Pensaba en ello tras escuchar hablar al presidente del Gobierno sobre un muro entre dos Españas, lo cual resulta desolador. Una cosa es estimular y reconocer las diferencias y otra bien distinta secundar que esas diferencias nos separen, lo cual facilita los conflictos y las desigualdades. 

No sabemos cómo ni cuándo se resolverán éste y otros problemas, pero sí podemos ayudar a que se subsanen los que se dan en nuestro ambiente. Hay un comentario referido a la moral clásica, también de Spaemann, que dice que, si todo el mundo hiciera lo que debe, nos iría bien a todos. Es decir, si obrásemos según nos corresponde (en este caso, nos preocupáramos y ocupásemos de la unidad en nuestras casas, familias, lugares de trabajo…) las cosas serían bien distintas.     

Así, con la que está cayendo, apremia esforzarse por la unidad, pero bien entendida, tal y como la refiere la encíclica Spe salvi. En el número 48 dice así: “Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros: en lo que pienso, digo, me ocupo o hago. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte”. Benedicto XVI se refiere a la comunión en esta vida y más allá. No es ingenuo ni consuelo para tontos, porque esa unidad no la puede dinamitar ningún gobernante.  

Hay otra advertencia necesaria en estas acciones políticas que se van fraguando, y es que la erótica del poder puede cegar hasta el punto de no importarte arrasar con lo que a uno le ha sido encomendado. La mayoría no tenemos capacidad para fracturar un Estado, pero sí nuestro entorno social. Hay parejas que rompen por el empeño desmesurado en un proyecto profesional. Ancianos abandonados porque no hay tiempo para ellos. Niños desatendidos porque se piensa que hay otros asuntos prioritarios. El problema, en estos casos, no es el éxito, el prestigio ni dedicar tiempo al trabajo; hay que entenderlo bien. Radica en dónde pone uno el corazón, que no es una cuestión menor. De hecho, desequilibrar los amores conlleva desequilibrar la vida.     

Le ocurrió a Paul Gauguin cuando se marchó a una isla. En ese exilio voluntario, se convirtió en un gran pintor posimpresionista, pero abandonó a su mujer, a sus cinco hijos, incluso trató de reinventarse con una nueva familia. El amor desordenado a su profesión le abrió la rendija al engaño mayor de la traición. El amor desordenado a ocupar una posición de privilegio en el Parlamento, en el Senado, puede acabar en lo mismo: en un afán personal que oscurezca la responsabilidad y la personalidad de aquellos a los que te debes.     

William Somerset Maugham dedicó una novela a Gauguin llamándolo Strickland, La luna y seis peniques. Albert Lewin la llevó a la pantalla y en castellano se versionó como Soberbia. La soberbia es un peligro manifiesto en los líderes que se olvidan de que sólo son simples hombres y servidores públicos, pero es una amenaza de la que debemos protegernos todos.    

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