El doctorado de Edith Stein (Carola Minguet, Religión Confidencial)

El doctorado de Edith Stein (Carola Minguet, Religión Confidencial)

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Se conmemora estos días el LXXX aniversario de la muerte de Edith Stein, una mujer singular en su personalidad y biografía, pero sobre la que, lamentablemente, pesan algunos estereotipos que se suelen acuñar a las mujeres excepcionales, más aún si son santas. Si bien contó con una exquisita formación, fue también una joven sencilla que jugaba al tenis, remaba en los lagos de su natal Breslau y disfrutaba sentándose bajo un manzano para sumergirse en la lectura mientras contemplaba el cielo y las montañas. Es cierto que cursó una inigualable carrera como filósofa, pero también que su meta no era sentarse en una cátedra, sino acercarse a la verdad del hombre y del mundo. Por eso, más que su trayectoria universitaria, resulta admirable que sorteara la trampa del egocentrismo en la que tropiezan tantos académicos. Es lo que tiene ser libre.

Recordándola y leyéndola me ha dado por imaginar lo que pensaría sobre el feminismo gubernamental -que saca pecho este verano con campañas torpes y zafias- pues se ocupó mucho (y bien) de la mujer: en su juventud, con buenas intenciones y algún tropiezo (se afilió al Partido Democrático Alemán e ingresó en la Asociación Prusiana para promover el necesario voto femenino, pero también “compró” algún eslogan que luego rechazó); en su madurez, con verdadera lucidez, asumiendo que el camino era el humanismo, no el feminismo.

Y es que a Stein el constante estudio de la persona (desde las ciencias naturales, las ciencias humanistas, la filosofía y la teología) le llevó a un dato elemental que hoy parece olvidado: partir de la evidencia, dejar fuera las composiciones de lugar que uno mismo se procura para acercarse a la realidad con una mirada libre de prejuicios. Comprendió así que nuestra condición ontológica se estructura y expresa (fisiológica, sensible, psíquica, anímica y espiritualmente) de dos modos: como varón y como mujer. Reconoció que el fragor de la lucha feminista negaba en algunos supuestos la especificidad femenina. Y pasó a vindicar la dignidad de la mujer formando a las jóvenes sobre su papel en la vida pública, laboral y familiar, tanto en las aulas como a través de multitud de conferencias y escritos que guardan una absoluta actualidad. «Nuestra posición no es insegura porque estamos sobre un fundamento de roca, nuestro norte no es un ideal de hombre o mujer condicionado por el tiempo, sino uno que fue generado antes de todos los tiempos y para todos los tiempos», señaló.

Con todo, su gran acción en favor de la mujer (y del hombre) es su condición de buscadora, pensadora y amante, que le llevó a vestirse el hábito de carmelita y a cambiar su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz, a pasar del prestigio intelectual a asumir el cargo de tornera, a encerrarse entre los muros de un convento para aprender a moverse por el castillo de su alma. Defendió la libertad hasta sus últimas consecuencias.

El 2 de agosto de 1942, a las cinco de la tarde, estando en oración en el coro del Carmelo de Echt, dos miembros de las SS le conminaron a marchar con ellos. Edith fue trasladada primero a un campo de concentración al norte de Holanda y, días después, al de Auschwitz, donde murió en una cámara de gas. Fue investida así con el único doctorado que vale la pena: la imitación del Cordero inmolado.

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