La Resurrección, perpetuación del Sacrificio (Tomás Minguet, Paraula)

La Resurrección, perpetuación del Sacrificio (Tomás Minguet, Paraula)

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¿Cuál es la relación entre la Resurrección y la muerte de Cristo en la Cruz? ¿Qué “le hace” la Resurrección a la Cruz? Pareciera a veces que aquélla fuera una suerte de rectificación o anulación de ésta; que la Pascua, a fin de cuentas, hubiera suprimido la ignominia de la Cruz, para que ahora (¡por fin!) vivamos una vida nueva y resucitada (signifique esto lo que signifique). Pareciera que, tras la Cruz, una suerte de “deus ex machina” hubiera intervenido -saltándose tramposamente el guion-¬ para reconducir la historia hacia un final feliz. A veces, el planteamiento no es tan drástico, pero con similares consecuencias: se concibe la Cruz como un paso necesario pero transitorio hacia esa estación de término que es la Resurrección.

¿Es así? ¿Es la Resurrección un olvido de ese “accidente fatal” que fue la Cruz de Cristo? ¿Es, por lo tanto, “exagerado y dolorista”, “anticuado y superado”, creer, ¡saber! que «en la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo» (Santa Teresa)?

Entonces, ¿por qué la vida entera de Cristo es un “subir hacia Jerusalén” y todo lo demás queda subordinado a ese “cáliz que debe beber” y a “ese bautismo con el que se tiene que bautizar”?, ¿por qué Cristo instituyó un sacramento que es memorial perpetuo de su Carne entregada y de su Sangre derramada para perdón de los pecados?, ¿por qué signarnos cada día con la cruz –“la señal del cristiano”¬, decían los antiguos catecismos–?, ¿por qué los santos –los verdaderos hombres nuevos y resucitados– han vivido su vida como una configuración con Cristo Crucificado? O, sin más, ¿por qué la Cruz?

La muerte de Cristo –¬libremente asumida por Él y vivida como un sacrificio redentor, expiatorio y vicario «pro vobis et pro multis»–¬ no es un dato que haya que superar, sino una verdad perenne a la que siempre volver, de la que siempre partir, mientras dure el hoy de la historia. La fe de siempre de la Iglesia, desde las mismas palabras de Cristo («era necesario»), pasando por la predicación apostólica, la doctrina de los Santos Padres, y la verdad orante y litúrgica de la Iglesia, no nos permite alejarnos de la Cruz de Cristo como “algo superado” en aras de una resurrección que la suprima. La insistencia de la Palabra de Dios es siempre la misma: es necesario morir con Él para resucitar con Él. «¡Nosotros predicamos a Cristo crucificado!», proclama san Pablo a los porfiados Corintios (cf. 1Cor 1, 23). Y con no menos fuerza recrimina a los insensatos Gálatas que se hayan olvidado tan pronto del Crucificado. San Pablo no piensa ceder: «En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo». (Gál 6, 14)

De ahí la necesidad de que el Sacrificio Redentor de Cristo, su muerte en Cruz, no quede en el pasado como un hecho más o menos memorable o evocador (y mucho menos como un accidente que “pilló a Cristo por sorpresa”), sino que despliegue su eficacia y presencia todos los días de nuestra vida (hasta que muramos) y todos los días de la historia (hasta que Él vuelva).

Pero, ¿cómo puede perpetuarse un hecho del pasado?

Éste es el misterioso y eficaz y bendito poder de la Pascua: Cristo, al resucitar, ha actualizado real, verdadera y sustancialmente su sacrificio en la Santa Misa y, por ella, en el resto de sacramentos. Lo ha perennizado. Nos da así la increíble posibilidad de que, en cualquier momento de la historia y de nuestras vidas, podamos acceder realmente al Calvario, para poder participar de verdad (¡no de recuerdo!) en su entrega total «por nosotros y por nuestra salvación». En una conferencia sobre educación (¡!), Edith Stein dijo estas palabras: “El Salvador murió en el Calvario por nosotros. Pero a Él no le bastaba con este sacrificio de la muerte para completar de una vez para siempre la redención para nosotros. Él quiere ofrecer a cada uno personalmente los frutos de su obra. Por eso Él renueva diariamente el sacrificio en el altar”.

¡Él quiere ofrecer a cada uno personalmente los frutos de su obra! ¡Diariamente! Para que quien participe con corazón creyente quede purificado en la sangre del Cordero. Por eso, Él quiere ofrecer esos frutos a cada uno, a ti, a mí. No se nos impone la Redención como si fuéramos marionetas. No nos la inoculan obligatoriamente.

Así, para que no olvidemos la íntima conexión entre Cruz y Resurrección, Cristo resucitado sigue portando las llagas abiertas (cf. Jn 20, 20). Del mismo modo, como revela el Apocalipsis, el Cordero está a la vez de pie y degollado (cf. 5, 6). Para eso ha perpetuado, por su Pascua, su sacrificio cruento en el sacrificio incruento del altar. No estamos ante un recuerdo, sino ante la misma realidad. Y así está también en el Sagrario: resucitado y, por eso, eternamente sacrificado.

La Resurrección de Cristo, por tanto, nos permite entender y participar del valor perenne del misterio de la Cruz, que no fue un hecho aislado, puntual y transitorio, sino la identidad íntima de nuestro Redentor: eternamente sacrificado, eternamente entregado, eternamente crucificado.

Aquí, en esta posibilidad real de participar de la Redención objetiva de Cristo en la personal vida de cada uno, radica la íntima y misteriosa alegría pascual. No es una alegría fatua ni mundana. No es la alegría porque ya no hay Cruz, sino, paradójicamente, porque ahora siempre podemos abrazarnos a ella. Es la alegría que se expresa en el grito del Aleluya: la alabanza a Dios porque nos salva de la condenación, dándonos la posibilidad real de entrar en el camino de la salvación. Es decir, la alegría de que ahora podemos, de verdad, arrepentirnos, cargar con nuestra cruz, seguirlo y morir con Él (cf. Mt 16, 24). Ella sola es el camino para el Cielo. Por la Pasión del Hijo, sí, se nos ha abierto la puerta de entrada al camino angosto de la Cruz. Hasta ese momento, la muerte, orgullosa, cerraba el camino de la conversión y de la penitencia. No había nada que hacer. Ahora, esta puerta, que es estrecha, se ha abierto para siempre… hasta que Él vuelva. ¿Querremos entrar por ella?

 

Tomás Minguet Civera

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