Tiempo para orar (Cardenal Antonio Cañizares, La Razón)

Tiempo para orar (Cardenal Antonio Cañizares, La Razón)

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Nos encontramos en tiempo estival, tiempo de descanso y sosiego, para retomar fuerzas, y reemprender con renovado ánimo los trabajos y retos de cada día, tiempo de reflexión y de reponer la interioridad, de donde brotan las energías del corazón, y reemprender, con esperanza, las tareas que nos esperan en un curso nuevo, tiempo para dedicar días u horas a visitar monasterios de vida contemplativa, para orar, para recomponer nuestras vidas, para el encuentro con Dios que las prisas y las urgencias de los trabajos y preocupaciones diarios nos impiden y que, sin embargo, tanto necesitamos.

Necesitamos, como el comer y el descansar, reavivar el encuentro con Dios, la oración. Necesitamos orar, necesitamos la ayuda del Cielo, el auxilio de Dios ante la ingente tarea cotidiana, y amenazas como la pandemia y u otras, también ante la apremiante tarea de evangelizar que hoy nos apremia. Ante la fuerte secularización y el laicismo imperante o la ideología laicista, o la de género, o la marxista rediviva, todas ellas destructoras de lo que somos

España, Europa e Iberoamérica que se no imponen imperceptiblemente, pidamos, especialmente por España, objeto muy preferido de los «amos» del mundo; oremos por España, Europa e Hispanoamérica, particularmente España que nos atañe en directo, para que sepamos recobrar el vigor pleno del espíritu, la valentía de una fe vivida, la lucidez evangélica iluminada

por un profundo amor al hermano; para sacar de ahí fuerza renovada que nos haga infatigables creadores de diálogo verdadero y promotores de libertad, vida y justicia, de paz, alentadores de cultura y elevación humana y moral de nuestro pueblo. Pidamos a Dios que, con su Espíritu, renueve nuestras mentes y corazones, nuestros criterios de juicio y nuestra mentalidad, en muchas cosas contraria al Evangelio, que renueve nuestra vida moral y religiosa en consonancia con la ley de Dios, y conformando nuestra voluntad con la voluntad divina y su designio sobre la historia; que nos conceda vivir y madurar en una mentalidad y en un corazón verdaderamente evangélicos, para juzgar, pensar, sentir, esperar, amar y actuar como Jesús, siempre en favor del hombre, querido por Dios: así será posible la renovación en nuestra sociedad en la que vivimos.

El 25 de julio, celebramos la fiesta de nuestro Patrón, Santiago Apóstol, a quien debemos la fe, lo que somos. Pidamos por las gentes de España para que no sucumban a la cultura de la increencia, ni al ambiente de secularización, ni al laicismo imperante, ni a la ideología de género, ni al marxismo mezclado de capitalismo salvaje y hedonismo, que tampoco pierdan ni debiliten sus raíces católicas sino que las aviven, que no dejen de asentarse en sus sólidos cimientos cristianos, alma de la tradición de la que venimos y somos y de sus pueblos y base de su unidad más preciada y amasada con criterios de fe y principios morales que no podemos debilitar y a los que, menos aún, podemos renunciar, si queremos aportar algo valioso al resto de las naciones, apostar por un futuro digno, y ser lo que somos en nuestra identidad más propia. Necesitamos implorar la fuerza y la sabiduría de lo Alto para ayudar a que los hombres crean, que es lo que está en juego en nuestro tiempo y entre nosotros, y que es lo que se quiere borrar o destruir –e importa esto tantísimo–. Oremos sin desfallecer y supliquemos de todo corazón que se fortalezca la fe, la unidad y el testimonio de todos los fieles cristianos, en todas las partes y de manera muy principal en España: que crean los que están alejados o viven con una fe debilitada o sin ella: no da lo mismo creer que no creer para el futuro y el logro del hombre y de la Humanidad, y para el futuro de nuestra Nación. Ah, si creyésemos más hondamente, si avivásemos y fortaleciésemos la fe en Jesucristo, camino de Dios al hombre y del hombre a cada hombre: nos acercaríamos sin duda más al hombre, a todo hombre, sea cual fuere su condición, nos veríamos como hermanos que somos y se edificaría la casa común, se consolidaría fuertemente la convivencia entre todos y se sembraría concordia, equidad, justicia y paz, acompañadas del santo temor de Dios. Al orar, confesamos que Dios es Dios, nada ni nadie por encima de Él, y que sin Dios nada podemos hacer, que todas nuestras empresas nos la realiza Él, que nada digno en verdad podríamos llevar a cabo si no contamos con su amor y su gracia, que todo bien es don suyo, que lo más preciado como es la vida, la salud, la dicha y la alegría y la esperanza son dones de su amor, que la fe es nuestro mejor tesoro y la más valiosa de las herencias recibidas.

Al orar, nos ponemos confiadamente en las manos de Di os y le pedimos, pues, como en el «Padre Nuestro», que se haga su voluntad: es lo mejor, con mucho, que podemos pedir, porque su voluntad es la que vemos en Jesús y, siempre y en todo, esa voluntad es benevolencia, gracia y gratuidad, amor, salvación, y vida. Que permanezcamos fi eles, y que Él realice entre nosotros y con nosotros su designio: designio de paz y no de aflicción, designio de amor y felicidad, designio de conversión y redención, designio de luz y de verdad para todo hombre que viene a este mundo, que desbarate los planes de los enemigos, del enemigo que tiene nombre concreto y que tiene tanto poder que se oculta, es capaz de que en todos los medios de comunicación, universalmente por él y los suyos dominados, se silencie su nombre y ni siquiera se insinúe o filtre, como si no actuase, y ¡vaya que actúa!. Todos deberíamos orar más; orar en espíritu y en verdad; orar siempre. Sin la oración nada podemos hacer, porque nada podemos llevar a cabo sin Dios. Todos necesitamos volver al Señor, encontrarnos con Él, escucharle, tratar con Él, familiarizarnos con su querer, conocerle más y mejor, vivir la experiencia de su amor y de  su cercanía, gozar de su gracia, para hacer y acoger su voluntad que es con mucho lo mejor. No cesemos de orar.

Es preciso, como nos dice Jesús, «orar en todo tiempo y sin desfallecer». Necesitamos orar para acercarnos al hombre, a todo hombre. Es la oración la garantía de la recuperación de lo humano, de lo auténtico del hombre, y de la verdad y la belleza, lo prepolítico básico, que sólo en Dios encuentra su fundamento y su verdad. Es la mejor, más poderosa y más asequible arma con que los cristianos llevamos a cabo el «combate» de la vida y afrontamos los grandes o pequeños retos y amenazas que ésta nos depara. Orar es reconocer la primacía de Dios, su presencia en la historia; comporta reconocer que Dios nos ama, que está con nosotros, sabe lo que nos hace falta y nos atiende en nuestras necesidades. Orar, además, implica manifestar nuestra disponibilidad para asumir y vivir el proyecto que Él tiene sobre nuestra historia.

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