Caridad: el ayuno cuaresmal que Dios pide (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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Vivimos, en esta etapa de la historia, un tiempo en que se escucha una fuerte llamada especialmente a los cristianos, a la Iglesia, a una honda renovación, o lo que es lo mismo, a una gran conversión, a una gran penitencia; la penitencia que Dios quiere es ésta: liberar a los oprimidos; partir nuestro pan con el hambriento; hospedar a los pobres sin techo; vestir al que vemos desnudo y no cerrarnos a nuestra propia carne (Cf Is 58). Dios nos apremia a la renovación- conversión, personal, comunitaria, eclesial, en una situación en la que nos encontramos con no pequeños sectores de nuestra sociedad, incluso podríamos añadir de poblaciones enteras del mundo, que viven en condiciones de pobreza y hasta de extrema pobreza que clama al cielo y no puede ser prolongada por más tiempo. Es hora de asumir en nuestro pensamiento y comportamiento sentimientos de solidaridad y comprensión, a una lógica de fraternidad, a la caridad evangélica, signo privilegiado de la misericordia de Dios, hoy especialmente necesario, que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven en la pobreza y la marginación, o en tantos otros sufrimientos e indigencias. Así nos los están recordando con fuerza y apremio los Papas últimos, de manera particular el Papa Francisco en su continua apelación, en obras y palabras, a ser buena noticia para los pobres.

Nuestra fe, sacudida y fortalecida al mismo tiempo por tantos hechos y signos de Dios, necesita ser revitalizada y comunicarse con una nueva evangelización, que conlleva –y a ella conduce– una obra de renovación de la humanidad, renovada con hombres y mujeres nuevos que viven con la novedad de una vida conforme al Bautismo y al Evangelio. Este Evangelio es el del amor infinito de Dios manifestado en la persona de Jesucristo; esta vida nueva, la de la caridad de Cristo, que nos ha amado hasta el extremo, derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En Cristo, Hijo de Dios venido en carne, crucificado y muerto por nosotros, en un amor sin límites ni riberas, hecho carne, crucificado, vencedor de la muerte, resucitado, vemos y palpamos el gran amor, infinito e inconmensurable, con que Dios nos ha amado y nos ama.

Esto reclama de nosotros, cristianos, un verdadero cambio de actitudes y de comportamientos, totalmente conducido ese cambio por la caridad, que ama sin límites, y que brota de la Eucaristía, «Sacramento de la caridad».

Este es el verdadero signo que muestra creíble el Evangelio: el que nos amemos unos a otros como Cristo nos ha amado. «En el atardecer de la vida seremos examinados y juzgados del amor» (San Juan de la Cruz); al final sólo queda el amor, el amor a los pobres y a los últimos, con los que Jesús se identifica: «tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y preso, y viniste a verme» (Mt, 25). «Mirad cómo se aman», ése era el distintivo de aquellas primeras comunidades cristianas, en la que todo lo compartían y tenían en común; ése ha de seguir siendo también el distintivo hoy de los cristianos, para que el mundo crea y se adhiera a la alegría que radica en el amor, en la caridad que viene de Dios, siguiendo a Jesús, Buen Samaritano.

Necesitamos fortalecer en toda la Iglesia, en cada una de las comunidades, en todos los fieles, la vida de caridad. Sin la caridad no somos nada, ni vamos a parte alguna. Es algo que nos apremia y urge, como nos urge y apremia el amor, la caridad de Jesucristo. La caridad es quicio y clave de la vida cristiana. Esta caridad que constituye la Iglesia –Iglesia de la Eucaristía- es canalizada por la Iglesia a través de personas e instituciones, y en particular a través de la institución eclesial para la caridad, tanto universal, como nacional, como diocesana, como parroquial e interparroquial. ¡Qué papel tan importante está jugando en estos momentos entre nosotros las diferentes «Cáritas»! Nunca agradeceremos a Dios suficientemente lo que Él está haciendo mediante Cáritas en nuestra diócesis, en las parroquias, en los pueblos a favor de las diversas pobrezas, antiguas y nuevas. El trabajo llevado a cabo por cuantos colaboran en la institución eclesial de «Cáritas» es ingente. Es mucho, muchísimo, lo que se ha hecho, pero queda muchísimo por hacer que está llamando a todos en el campo de la caridad. Y, por eso, junto a mi agradecimiento al gran servicio de la caridad llevado a cabo por «Caritas», por cuantos trabajan en ella, y por los que han colaborado de miles formas, tengo que decir que es necesario, urgente, nos apremia el fortalecer nuestras «Caritas». Por eso pido desde lo más hondo de mi corazón que colaboremos todos y nos pongamos todos manos a la obra.

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