Nuestro último acto (Ana García-Conde, Paraula)

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Cada día nos llegan noticias de algún ser querido, conocido o persona próxima a nosotros que de alguna manera alcanza el tan temido final de su vida. Muchas son las circunstancias en las que ocurre este hecho: un accidente, una enfermedad, o simplemente el inexorable paso del tiempo y agotamiento de nuestro propio cuerpo. Pero, ¿nos preparamos para este evento? ¿Está en nuestras agendas? ¿Aceptamos que sin lugar a dudas todos pasaremos por el mismo trance? Mi respuesta es no.

Nuestra sociedad occidental, a través de nuestros aprendizajes en el hogar, en la escuela y en nuestro núcleo más próximo nos protege fielmente del terror de la muerte. Es una sobreprotección excesiva que nos permite evitar este hecho. Los niños son alejados de los familiares moribundos y no se les permite acceder a los cementerios, a los adolescentes no se les consienten verbalizaciones sobre la muerte por miedo a que expresen ciertos miedos o deseos y los adultos hacemos intensos esfuerzos por evitar pensar en ella. 

A pesar de todo ello, durante las últimas décadas se han emprendido actuaciones para acercarnos a una digna preparación a la muerte. Por una parte, se procede a una preparación a la muerte durante la vida, y por otra, en el final de la misma. Podemos hacer mucho para aceptar y prepararnos para morir. Ello nos permite por otra parte vivir más honesta y sinceramente siendo coherentes y conscientes de nuestros propios valores de vida. 

Somos seres espirituales y con una inteligencia espiritual que nos brinda la oportunidad de buscar el sentido de nuestras vidas. Esa búsqueda es constante y siempre en movimiento. Llegado el final de la vida, si es que pudiésemos elegir ser conscientes de ello –en ocasiones la muerte llega sin avisar, no lo olvidemos-, actualmente disponemos de distintos acompañamientos expertos. 

Eso sí, la necesidad y el deseo de tener una buena muerte siempre debe ser iniciativa del moribundo, y a partir de ahí gestionar toda la ayuda necesaria. Tanto capellanes como profesionales de los cuidados paliativos disponen de una gran cualificación y sabiduría que les permite acompañar en este, sin duda, el más definitivo e importante acto de nuestra vida. 

Ana García-Conde, profesora de Psicología de la UCV.

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