La Universidad del siglo XXI. ¿Es la Universidad que necesitamos? (Germán Cerdá, Las Provincias)

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La universidad del siglo XXI, la de nuestros días, es heredera de una larga tradición universitaria.

El origen del concepto de universidad proviene de la palabra latina “universitas”, que alude a un sentido profundo de comunidad y que abarca, en un mismo concepto, a docentes y estudiantes.

Puede parecer que la universidad no ha cambiado tanto…Sin embargo, la esencia de su existencia, su misión y valor intrínseco, parecen ir diluyéndose en el tiempo hasta asemejarse más a escuelas técnicas o de artesanos, que al concepto clásico de universidad.

Las universidades nacen como comunidades de personas, maestros y estudiantes, que caminan juntos para conocer la verdad.

La universidad ha sido durante siglos el impulsor intelectual del avance y el progreso de la sociedad. Campo de cultivo de líderes y pensadores que, con su formación, estudio e investigación han impulsado el desarrollo de la sociedad moderna.

Sin embargo, me pregunto si esa es la universidad de hoy en día.

¿La sociedad de hoy en día, se nutre de las fuentes de conocimiento y reflexión propias de la universidad? De una universidad libre, para formar individuos libres .. o ¿en realidad es al revés?; la universidad de hoy en día es el reflejo de una sociedad, la actual, que degrada el conocimiento para enaltecer la tecnología; que desecha lo que no parece tener una utilidad inmediata; que sustituye el sentido, por la eficiencia; que valora exclusivamente lo tangible y niega el valor de lo intangible, pero real.

Es la nuestra, la universidad del siglo XXI, una universidad atada; fuertemente encorsetada, por un utilitarismo feroz y un emotivismo rampante, que parece camino de perder su esencia: la búsqueda libre del conocimiento, la búsqueda de la verdad que dé sentido a una sociedad, que reconoce a todos los individuos como personas libres para tomar sus decisiones.

Personas, que no se vean obligadas a aceptar los valores irreflexivos, llenos de eslóganes, sin consistencia argumental, como verdades necesariamente aceptadas desde el ámbito de lo políticamente correcto. Se potencia una sociedad pasiva, egoísta, sin ideas propias, fácil de manejar desde la satisfacción de los objetivos materiales y lejos de planteamientos morales y éticos. Sin ideales, sin compromisos, sin responsabilidades…

Basta con recordar cómo es asumido, y utilizado como un índice de calidad de la universidad, un nuevo concepto: la empleabilidad. El objetivo ya no es la formación, ni el crecimiento personal, ni la reflexión ni la creatividad, sino la adaptación a los requisitos de la oferta y la demanda, a las necesidades de la empresa o la administración pública. Ya no es la reflexión universitaria la que dicta, desde la libertad, el estudio y el diálogo, los valores de una sociedad; sino son los intereses particulares políticos, empresariales o gubernamentales los que definen la actividad de la universidad y, por ende, los valores de una sociedad anestesiada, sin argumentos ni capacidad de proponer otras visiones diferentes a lo asumido y aceptado como “socialmente correcto”.  El empleo es un bien, una necesidad social para el desarrollo personal pero, en mi opinión, los condicionantes para empleabilidad de cualquier profesional deberían venir definidos por la formación integral ofrecida en la universidad.  Se buscan los títulos universitarios como aval social, pero no el esfuerzo de estudio, reflexión y conocimiento que requieren para su obtención, con una alarmante, cuando no fraudulenta, disminución en la exigencia académica.

No hace tantos años, un Rector de la universidad de Valencia, el profesor Corts Grau, decía: “ A la juventud de hoy en día se le adula, imita, seduce, tolera…. Pero no se le exige, no se le ayuda de verdad, no se le responsabiliza …. Porque en el fondo no se la ama.” A lo que yo añadiría… se la utiliza.

La formación en Humanidades está desacreditada, su poca utilidad desde el punto de vista de la empleabilidad, hace olvidar lo fundamental de su presencia en la formación de las personas.

En una sociedad, conscientemente humana, el conocimiento de las humanidades es la garantía del respeto entre los propios ciudadanos y del crecimiento moral de esta.

Hemos olvidado la enseñanza y la transmisión de la cultura. Hasta el punto que, como ya decía Ortega y Gasset “Este nuevo bárbaro es principalmente el profesional, más sabio que nunca, pero más inculto también”.

Una sociedad que no tiene la experiencia de la historia, la filosofía, la teología, la antropología, la sociología .. de las ciencias sociales, es una sociedad que no encuentra un entramado común. Se convierte en una sociedad fragmentada-como sociedad y también como individuos- que no encuentra sentido ni coherencia, que acaba por inventarse a su conveniencia, hasta…. la propia historia.

Al final uno sólo se siente cómodo con aquel que piensa como él; con el que comparte los mismos sentimientos, fruto de emociones irreflexivas o intencionadamente provocadas. De este modo, se vuelve egocéntrico, limitado y aislado. Surge la descalificación de los demás, surgen los localismos, los independentismos y la descalificación irracional de lo que no quiero, deseo o no me gusta. Todo, fruto de un emotivismo agresivo y descalificante.

En la universidad debemos formar a nuestros alumnos desde la verdad. Sembrar en ellos la semilla del conocimiento como instrumento de su libertad. Estimular la adquisición y el desarrollo de virtudes y actitudes que les permitan asumir el rumbo de su vida, de forma reflexiva y libre. Eso sí, desde la autenticidad de nuestro propio ejemplo.

Por supuesto, ofreciéndoles todos los conocimientos y competencias propias de los grados en que se forman, pero lejos de una capacitación técnica deshumanizada; desde la mas exigente y rigurosa competencia técnica, pero con una visión humanista y comprometida socialmente. Comprometida con las personas.

Esa es nuestra forma honrada de cambiar el mundo y de ser dignos herederos de la tradición universitaria.

Hemos de enseñar a nuestros jóvenes a vivir esta universidad con mayúsculas, a aprovechar todas las oportunidades que brinda, a abrir sus mentes y sus corazones. Sin miedo a aprender,  a cambiar, a madurar y vivir con intensidad. Buscando libremente su sitio en la sociedad y disfrutando de ese camino, que al fin y al cabo, es la vida.

El ser universitarios es un privilegio que se transforma en exigencia. Otros no tendrán la oportunidad de oír, ver y sentir lo que la Universidad les ofrecerá en estos años universitarios.

Quizás el cambio social que buscamos, antes que en nuestros políticos, debería comenzar en las universidades.

Germán Cerdá Olmedo

Profesor Facultad de Medicina y Odontología

Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir.

 

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