Un texto del siglo XV, la mejor guía para el estudiante moderno

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Tanto el Papa Francisco, como antes que él Benedicto XVI, que acuñó la expresión, han hecho referencia en muchas ocasiones a la “emergencia educativa” que vive el mundo actual. Formuladas por el Papa emérito, las causas de esta son, por un lado, “un falso concepto de autonomía del hombre” y, por otro, “la combinación de escepticismo y relativismo”.

José Rafael Sáez, profesor de Magisterio de la Universidad Católica de Valencia San Vicente Mártir (UCV), propone en su tesis doctoral la figura, vida y pensamiento de San Bernardino de Siena (1380-1444) como “un pequeño tratado de teoría y práctica pedagógica capaz de orientar sobre bases firmes la salida a la actual crisis educativa”.

Frente a las “concepciones materialistas” de hoy, “que reducen al ser humano a física y química", San Bernardino aporta desde el siglo XV "una oportuna antropología que reconcilia a la perfección la necesidad de la sociedad actual de profesionales eficaces, que también sean personas íntegras, capaces de desempeñar su función en la sociedad desde la honestidad, el respeto y la solidaridad”.

Para el docente de la UCV, en el santo italiano está el remedio frente a las dos “grandes amenazas” que se ciernen sobre la institución universitaria: una “excesiva especialización”, que ha llevado a la disgregación de los saberes; y “un desaforado activismo pragmático que deifica la eficacia en detrimento de otras dimensiones de la profesionalidad y del desarrollo integral de la persona”.

HUIR DE LA “JUERGA EXCESIVA” Y DE LOS PROFESORES “IGNORANTES Y FATUOS”

Las reglas de Bernardino no son un “simple ramillete de técnicas de estudio”, sino “un programa de desarrollo completo de la persona”, remarca Sáez. La primera regla es la ‘estimación’, que se refiere a la conveniencia de escoger los estudios “que susciten mayor interés”. La ‘separación’ apunta a que el estudiante ha de distanciarse de todo aquello que perturbe su aprendizaje y “maduración personal (malas compañías, juergas excesivas, profesores ignorantes y fatuos)”; mientras que según la ‘quietud’, todo estudiante necesita sosiego exterior e interior para poder concentrarse y rendir en su trabajo.

La cuarta norma es la ‘ordenación’, que alude a la necesidad de un orden y una jerarquía en el estudio; las tareas deben secuenciarse, sin atracones de última hora. La ‘continuación’ se refiere a la constancia, virtud que incluye la capacidad de levantarse y continuar cuando se ha tropezado y caído. Refleja la calidad profunda de la persona.

La ‘discreción’ apela a que todo estudiante debe preocuparse de “obtener todos los conocimientos necesarios antes de utilizarlos, seguir a las personas adecuadas, marcarse metas realistas y saber ajustarlas a su estatus social, grado de madurez, motivaciones y capacidades intelectuales”.

La última regla, el ‘deleite’, consiste en disfrutar del estudio: “El placer de aprender vendrá dado como consecuencia de la constancia. No disfrutara de este placer quien curse sus estudios con el esfuerzo justito para aprobar y obtener un título”.

David Amat / comunicacion@ucv.es

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