Espacios naturales sin protección real (Pablo Vidal, Levante-EMV)

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De modo paralelo a un desarrollo desaforado de la construcción en la franja litoral de la Comunitat Valenciana, la Generalitat se lanzó, hace ahora diez años, a una llamativa campaña de creación de nuevos parques naturales, principalmente en las zonas más alejadas, montañosas y deshabitadas de nuestro territorio. Entre 2005 y 2007 se declararon siete nuevos espacios protegidos (Serra Gelada, Hoces del Gabriel, Penyagolosa, Tinença de Benifassà, Chera-Sot de Chera, Turia, y Puebla de San Miguel), hasta llegar a tener como protegido el 40por ciento del territorio valenciano. Parecía como si se quisiera compensar los excesos injustificables de la construcción en la costa con nuevas medidas de protección que nos llevaron a ser una de las comunidades autónomas con más espacio protegido del Estado.

Sin embargo, la falta de una verdadera política de conservación y mantenimiento de nuestros espacios naturales, junto con los importantes recortes en el presupuesto dedicado a estos parques, ha hecho que, efectivamente, contemos con grandes espacios protegidos según la norma emanada del Diario Oficial, pero sin protección real, que solo se alcanza con inversiones efectivas.

Junto a ello, la política de protección se realizó, también de manera paradójica, sin contar con las aportaciones y los puntos de vista de los primeros interesados, aquellos que viven y trabajan en los territorios de los parques. No es necesario recordar aquí las sonadas polémicas generadas por la declaración del Parque Natural de la Puebla de San Miguel, en el Rincón de Ademuz, o cómo del planteamiento inicial de protección del mítico territorio del Parque Natural de Penyagolosa, en la montaña de Castellón, se pasó a declarar un espacio que solo protegía el 7 por ciento del territorio inicialmente planeado.

Nuestros parques se caracterizan por reunir en su interior numerosos núcleos habitados, como el Parque de la Serra d’Espadà o grandes espacios dedicados a las labores agrícolas, como el Parque de las Hoces del Cabriel. Se declararon como lugares protegidos porque sus habitantes, aquellos que durante generaciones trabajaron la tierra, procuraron mantener un equilibrio medioambiental para no esquilmar el territorio en el que vivían y que les tenía que dar de comer. Sin embargo, parece que más bien hemos penalizado a los habitantes de estos territorios con una expropiación, una confiscación de sus espacios, para prohibir las actividades tradicionales que han permitido, paradójicamente, que se hayan conservado del modo tan fantástico como lo han hecho hasta nuestros días.

Nuestros convecinos, los habitantes del medio rural que ocupan mayoritariamente nuestros espacios protegidos, deberían ver como una ventaja y no como un impuesto añadido a su despoblación, a su falta de comunicaciones y de servicios básicos, el que “su” territorio se declare Parque Natural. De algún modo hemos de entender que la necesaria protección de estos espacios, modelados y construidos por el hombre desde tiempo inmemorial, ha de ir acompañada de un verdadero desarrollo rural de sus habitantes, que deberían recibir ventajas añadidas por parte de la administración, de todos nosotros, para premiar de algún modo que hayan sido los guardianes y jardineros de estos espacios.

Creemos que la política en torno a los parques naturales de la Comunitat Valenciana no puede ser solamente la de la conservación de la flora y fauna de estos sitios, por otro lado necesaria. Se hace necesaria la administración del territorio por parte de verdaderos gestores, no solo naturalistas, que estén dispuestos a dinamizar el territorio, favoreciendo la creación de riqueza en torno a estos espacios, haciéndolos atractivos para un turismo respetuoso y sostenible. Deberíamos evitar la creación de jaulas, de espacios cerrados, en los que se conservara idealmente una flora y fauna local, pero completamente desconectados del resto del territorio rural.

En ese sentido, nos resulta desalentador la falta de iniciativas que en los últimos tiempos han desarrollado nuestros parques. No podemos excusarnos en la crisis y sus terribles recortes, pero el número de actividades de concienciación y de difusión de los parques naturales brillan por su ausencia. El número de visitas escolares y organizadas con guía en los parques ha caído dramáticamente. El número de profesionales que trabajan en los mismos, así como el presupuesto destinado a ellos, ha bajado a la mitad en los últimos años y no vemos acciones que favorezcan el que se revierta esta situación. No hace falta más que ver las páginas web de los distintos parques para observar la carencia de acciones, que denota una crisis mucho más profunda.

Tenemos unos parques naturales extraordinarios, unos espacios naturales que son el vivo ejemplo del equilibrio del territorio durante generaciones, con una explotación razonable de los bosques en La Puebla de San Miguel y Penyagolosa, un aprovechamiento de los recursos de la tierra para explotar el cultivo de la vid en Las Hoces del Cabriel, el uso compartido del espacio entre agricultores y pastores trashumantes en la Serra d’Espadà, por citar solo algunos.

Nos merecemos unos parques vivos, dinámicos, respetuosos con el medio natural, pero también con sus pobladores, que deben ser los primeros beneficiados por unas políticas públicas de desarrollo sostenible del territorio, del que todos los habitantes de la Comunitat Valenciana podamos disfrutar.

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