Las Bienaventuranzas (y II) (La Razón)

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Prosigo con la reflexión sobre las bienaventuranzas, iniciada la semana pasada. Al decir Jesús que los que lloran serán consolados, Cristo indica, sobre todo, el consuelo defi nitivo más allá de la muerte. Lo enseña también la segunda bienaventuranza, porque heredarán la tierra, refiriéndose a la propiedad en sentido escatológico, definitivo y último la nueva tierra donde habite la justicia, Dios para siempre.

Igualmente quedarán saciados los que tienen hambre y sed de justicia, porque en el Reino de los cielos ésa será su herencia. Los que son misericordiosos encontrarán misericordia. Los que son limpios de corazón contemplarán a Dios cara a cara, lo cual, según las enseñanzas del Nuevo Testamento, es la esencia de la felicidad propia del Reino de Dios. A lo mismo se refiere la bienaventuranza de los que trabajan por la paz, llamándolos hijos de Dios. Cuando Jesús enuncia el último de los grupos de los bienaventurados, considerando entre ellos a los perseguidos por causa de la justicia, se repite lo dicho a los primeros, los pobres, los pecadores, los desheredados «porque de ellos es el Reino de los cielos». Cristo resume las bienaventuranzas dirigiéndose a los que de algún modo son perseguidos y falsamente acusados, exhortándolos a la alegría: «Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

Las bienaventuranzas nos abren un horizonte nuevo con relación a la vida y a la conducta humana. Son dichosos, pues, quienes se dejan guiar por el espíritu de las bienaventuranzas y, ciertamente, heredarán la tierra, aunque hayan acabado los días de su vida terrena. Su victoria y su felicidad es el participar de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, ser asociados a la gloria de su pasión y resurrección. ¿Es ésta solamente una promesa de futuro? Las certezas admirables que Jesús da a sus discípulos, ¿se refieren sólo a la vida eterna, a un reino de los cielos más allá de la muerte? Los cristianos sabemos bien que ese Reino está cerca. Porque ha sido inaugurado con la vida, muerte y resurrección de Cristo. Sí, está cerca, porque también en buena parte depende de nosotros, discípulos y seguidores de Jesús. Somos nosotros, bautizados y confi rmados en Cristo, los llamados a acercar ese Reino, a hacerlo visible y actual en este mundo, como preparación a su establecimiento definitivo. Y esto se logra con nuestro esfuerzo y conducta concorde con los preceptos del Señor, con nuestra fi delidad a su persona, con nuestra identificación y seguimiento. La bienaventuranza prometida nos coloca, así, ante opciones morales decisivas.

Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malos instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo, a poner en Él la confianza plena, como un niño satisfecho, recién amamantado, en brazos de su madre, a no esperar de otro la salvación y la dicha definitivas. La bienaventuranza prometida nos enseña que la verdadera felicidad, la auténtica dicha, no reside en la riqueza o en el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor, nuestro lote y heredad. Ésta es la verdadera felicidad, la auténtica alegría, la alegría de estar dentro del amor de Dios que nos hace hijos suyos. La alegría de los hijos es una alegría que requiere confi anza total en el Padre. Es la alegría que tiene su fundamento no en el tener, sino en el ser, no en el poder o en el dominio, no en el goce o disfrute individualista o en el bienestar a toda costa, sino en la entrega y donación de nosotros mismos, en el dar una preferencia absoluta a las cosas del Reino. Es la alegría profunda y exigente de las bienaventuranzas, la de las personas que viven una entrega total a Dios, aquéllas para quienes sólo Dios basta. Es la felicidad que sólo en Dios tiene su realización plena la alegría que nadie podrá quitar, la que es fruto del amor y, por consiguiente, de Dios mismo en persona, que es amor. Éste es el camino de una humanidad nueva y renovada, esto es lo que cambia el mundo desde sus cimientos, ésta es la luz que necesitamos en un mundo envuelto en oscuridades. Ésta es la auténtica visión del hombre, la que Jesús nos ofrece con las bienaventuranzas, la verdadera antropología está en ellas.

Éste es el futuro: el de las bienaventuranzas, el de Cristo, que nos dejó en las bienaventuranzas su autorretrato para ser dichosos. Sigámoslo y veremos un mundo en cambio, el cambio que necesitamos.

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