Ser cristiano, ayer, hoy y siempre (Cardenal Arzobispo Antonio Cañizares, La Razón)

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Este fin de semana ha sido pródigo en acontecimientos eclesiales muy importantes; sin duda ahí está el importantísimo, valiente, prudente y verdadero discurso de clausura del Encuentro con los Presidentes delas Conferencias Episcopales del mundo entero del Papa Francisco para promover la defensa de los menores, que va muy al fondo de la cuestión de estos días de dicho Encuentro y que lo primero que habría que hacer antes de leer interpretaciones y comentarios de medios de comunicación es ir al texto en su literalidad sin glosa. (Ya están saliendo interpretaciones que por sí mismas se descalifican por no ir al fondo, con honestidad, de lo que el Papa, dice y señala). Dejo para la próxima semana mi comentario que espero y deseo sea fi el al pensamiento del PP. Francisco. Hoy me voy a referir a un texto más importante aún que este del Papa, porque se trata del Evangelio que leíamos en las Misas del domingo.

En ese Evangelio nada menos que Jesús dice y proclama lo que identifica el ser cristiano, en contraste total con nuestra época: el amor a los enemigos, un Evangelio que nos indica el camino a seguir en nuestros días. En ese Evangelio se escucha una de las páginas más estremecedoras del Evangelio; es asombroso y bellísimo cuanto en él se proclama: «amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecida los que os maldicen, orad por los que os injurian». ¡Qué contraste con nuestro mundo de violencia, de desigualdad, de cálculos, particularismos, venganza, odios, rencores! Basta asomarse a lo que pasa: ¡Qué sociedad tan violenta vivimos, cuánto rechazo, cuánta exclusión de unos respecto de otros, cuánta violencia y cuántos odios! Vivimos en un mundo muy tenso, crispado, resucitando memorias para la división y el enfrentamiento, no para el perdón; por razones ideológicas o de interés se hacen cosas para aislar al contrario que, si las miramos serenamente avergüenzan; nos tiramos los trastos los unos a los otros; se va a ver cómo cazo al contrario; sólo nos llevamos bien con los nuestros “nuestros” y de ellos nos fi amos; somos incapaces de construir con los que consideramos nuestros adversarios. ¡Cuánta violencia en la TV o en otros medios de comunicación! Violencia, violencia y abusos de menores, terrorismo, guerras, eliminación de vidas inocentes, están al orden de nuestros días. La persona no cuenta; no cuenta el bien del otro ni el bien común. Las mismas ideologías del enfrentamiento y de la conflictividad, aunque se hablen de paz o enarbolando la palabra paz, están a la orden del día. Violencia en las aulas, en las calles, malos tratos o vejación doméstica, violencia sobre la mujer: y ese larguísimo etcétera de violencia, rencor, enfrentamiento y desamor tan en contraste con el Evangelio de hoy. ¡Todo puede ser distinto, nuevo; es posible un mundo nuevo, una humanidad si seguimos el Evangelio! Lo que nos dice el Evangelio no es una utopía o una ilusión, o un idealismo que no tiene ningún viso de realidad salvo para mentes enajenadas. Es algo real, algo que ha acontecido, más aún, que acontece en tantos y tantos, más de lo que parece. Ha acontecido en Jesús, que siempre perdona, hasta en la Cruz y pide perdón por los que le asesinan porque no saben lo que hacen. Lo que nos dice Jesús es la verdad del cristiano, más aún, la verdad del hombre querido por Dios. Ser cristiano es amar a los enemigos, bendecir –hacer el bien– orar por los que nos odian, maldicen o injurian. El centro del Evangelio es esa llamada de Jesús: «Sed compasivos, misericordiosos como vuestro Padre». Esta es la verdad del hombre: «Como nuestro Padre”. Esta es nuestra vocación. Esto lo que vemos y palpamos en Jesucristo, en quien se nos ha revelado el misterio de Dios y la verdad del hombre. Quien ve a Jesucristo, ve al Padre. El y el Padre son una sola cosa, Él ha venido a cumplirlo que al Padre le complace, a llevar a cabo su voluntad en todo. Así es Dios, así actúa Dios, como vemos, escuchamos y palpamos en Jesucristo. Dios ama sin límites, perdona sin límites y siempre. Es el amor que vemos reflejado en Jesucristo y que canta Pablo, pecador y perseguidor, que tuvo tan gran experiencia de Jesucristo, que no sólo no lo condena ni rechaza, ni siquiera lo ignora, sino que le busca y sale a su encuentro. Dioses así: compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia, no nos paga según nuestras culpas, aleja de nosotros nuestros delitos, siente ternura por sus hijos y fi eles, nos rescata de la fosa y nos colma de gracia y de ternura. Así es Dios, Padre de Jesucristo, y Padre nuestro. ¿No es acaso lo que también nosotros experimentamos de El? Necesitamos el amor de Dios en nosotros. Que derrame en nuestros corazones su mismo amor con el que nos ha amado y nos ama: el que vemos en Hijo único, Jesucristo. «Amaos como yo os he amado». Con su mismo amor. Necesitamos ser llenados de Dios por Dios mismo, que es Amor. Cuando esto ocurre, el hombre lleno de Dios no puede dejar de amar a todos sin distinción, no puede dejar de amar a sus enemigos y orar por los que le maldicen y persiguen. Se trata de una necesidad interior, de un impulso del corazón nuevo creado en nosotros por el mismo Cristo. Es el corazón de hijos de Dios, que unidos a Jesús, aman como el Hijo; se trata de una manera nueva de ser, de pensar, de vivir, de razonar, de querer y de actuar. El amor a los enemigos constituye el núcleo de la revolución cristiana, revolución que no se basa en las estrategias del poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente en Dios y sin reservas en su bondad misericordiosa. Todo cambia si cambia nuestro corazón y nuestra manera de pensar. Sin ningún miedo, sin ningún complejo, llenos del don de Dios, con su ayuda, dejándonos guiar por Él sigamos este camino y cambiará el mundo y seremos muy dichosos; dejémonos conquistar sin reservas por este amor, aprendamos a amar como Él nos ha amado, para ser misericordioso como es misericordioso nuestro Padre que está en los cielos.

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