Conectividad urbana y bien común (Juan Eduardo Santón, Las Provincias)

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La crisis del Coronavirus nos ha situado en un nuevo imaginario social, la ciencia no es la única respuesta de lo que nos ocurre en nuestra vida. En estos días nos ha caído el ‘mantra’· de la ciencia como explicación y solución de una vida calculada en la que no cabe, bajo ningún concepto, ninguna alteración a todo aquello que no es elegido por nosotros; es lo que algunos pensadores consideran el resultado de una ‘sociedad de la abundancia’ donde la felicidad radica en la capacidad de ser y hacer aquello que consideramos que es bueno para uno mismo. Pero en estos momentos, esta autoconfianza típica del imaginario de esta sociedad postmoderna ha sido sustituida por la incertidumbre, el miedo y la inquietud. Incertidumbre a no saber cuánto durará, miedo a no formar parte de la lista de infectados e inquietud por no saber si económicamente podremos aguantar mucho tiempo, inquietud por saber cómo será el futuro.

En esta crisis hemos recuperado un aspecto de las vidas cotidianas que no habíamos olvidado, pero que si habíamos dejado en los últimos lugares de nuestras prioridades sociales: la comunidad urbana construida por vínculos de proximidad. Hoy somos ‘Smart city’, ciudades inteligentes basadas en datos y conectividad; nuestra vida es ‘Smart’, pero nuestras necesidad actual es formar parte de una comunidad cívica unida por el contacto físico. Son muchos los que reclaman recuperar la importancia de la economía real; en estos momentos es también momentos de recuperar la importancia de la “ciudad real”. Nos conforta salir al balcón de nuestras casas y aplaudir, aplaudir a gente anónima, aplaudir a personas a las que nunca habíamos pensado que podrían ser importantes en nuestra vida porque ni siquiera nos habíamos planteado quienes eran, pero en estos días nos sentimos unidos a ellos, nos damos cuenta que hemos vivido en una sociedad demasiado conectados pero poco, muy poco unidos.

El filósofo francés Jacques Maritain reclamaba la necesidad de construir ciudades humanas y lo hacía en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, podría parecer una paradoja o una cruel ironía, sin embargo consideraba acuciante poner como primera prioridad el carácter comunal del bien común para contrarrestar esa catástrofe. En estos momentos en el que algunos utilizan el símil de la guerra para expresar nuestra lucha contra la pandemia, es necesario, más que nunca reinventar el carácter comunal del bien común. Un bien común entendido como mucho más que la suma de los intereses individuales, un bien común que no sólo es material, sino también moral, un bien común que no sólo piensa desde las libertades individuales, sino desde las responsabilidades cívicas que todos tenemos por el hecho de vivir juntos en un mismo lugar.

El sociólogo norteamericano Richard Sennett publicó hace unos años un análisis de la vida actual con un título sugerente: Juntos. El foco de este ensayo era la pérdida de la capacidad de la sociedad actual de cooperar con los demás. El atomismo acampa libremente en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestras calles; un individualismo que crea urbes, regiones metropolitanas, grandes metrópolis donde lo que prima es la velocidad del desplazamiento, una vida líquida en la que hemos olvidado la experiencia personal del contacto, del roce, con las personas y lugares por donde pasamos. Juntos, supone recuperar la ‘civitas’ frente a la ‘urbs’, implica recuperar esa trama de vínculos entre las personas y que tienen como meta el bien común. Un bien común que es dirigido por una sabia justicia y que tiene como fruto la concordia entre sus gentes, como expresó de manera extraordinaria el pintor renacentista Ambrosio Lorenzetti en su mural ubicado en la municipalidad de Siena con el título: Alegoría del buen gobierno..

El futuro de nuestras ciudades, de esas ciudades creadas en la antigua cristiandad, requiere recuperar el compromiso cívico basado en el cuidar recíproco, el obrar, como nos recordaba la filósofa judía Hannah Arendt. La condición humana de las ciudades del siglo XXI requiere una cultura del cuidado, requiere sustituir la indiferencia por la capacidad de conmovernos por el sufrimiento de los demás, requiere un compromiso comunitario por el bien común, requiere como nos recordaba el poeta zamorano León Felipe que «no es importante llegar solos ni pronto, sino todos juntos y a tiempo».

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