En defensa de la libertad religiosa

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Respetando cuanto se contiene en el derecho a la libertad religiosa y cuanto está en la legítima laicidad o autonomía de las realidades terrestres –tan vigorosa y claramente expuesta y defendida en el Concilio Vaticano II–, es preciso definir bien el lugar reservado a las religiones o a las Iglesias en unas sociedades libres y democráticas. Para ello es preciso dar lo que le corresponde al calificativo de «laico», sin traspasar su umbral a las puertas del laicismo ideológico.

Nos encontramos hoy en sectores, tendencias y personas influyentes de nuestra sociedad ante una especie de afianzamiento de aquella tendencia que quisiera «privatizar» cada vez más a las iglesias y trasformar la libertad de la religión en una especie de tolerancia aséptica como en el Imperio Romano –a veces incluso interesada, si vale bien para intereses propios de los que mantienen esa presunta tolerancia.

Se argumenta que cada uno es libre de hacer lo que quiera y, por consiguiente, puede adherirse a una fe, profesar determinadas confesiones religiosas, pero lo importante es que esto no se vea públicamente, o que no tenga repercusiones en los espacios públicos, en los comportamientos sociales, políticos, culturales. El equívoco de fondo, que no puede ser aceptado ni por los creyentes ni por los no creyentes, es reducir la libertad religiosa al ámbito exclusivo de la conciencia personal –por lo cual, ordinariamente, se habla de religión como de un «asunto privado»– y considerar la Iglesia lo mismo, o menos, que una organización no gubernamental (ONG). Me preocupa esta situación.
 
Vuelvo a reiterarlo porque lo he afirmado cantidad de veces. La salud, convivencia y desarrollo humano y social de una sociedad depende mucho de que nos clarifiquemos en estos puntos. Nunca insistiremos suficientemente, más en nuestro tiempo, en lo preciso que es respetar el derecho de libertad religiosa en toda su extensión para que se dé una verdadera y necesaria vertebración e integración de nuestra sociedad. No hay que temer a la libertad, basada en la verdad y el amor, mucho menos a la libertad religiosa, fuente de otras libertades. Por mi parte le temo mucho y me preocupa el laicismo como ideología que no respeta esa libertad con todas sus exigencias y consecuencias. En estos momentos, pese a que la libertad religiosa es un derecho fundamental incuestionable, se están dando una serie de hechos que buscan limitar la dimensión social de la religión, se busca construir una sociedad que se aparte de lo eclesiástico.
 
Considero, ahí están los hechos, que en estos últimos tiempos se está confundiendo, con intencionalidad clara, la justa aconfesionalidad de la sociedad o del Estado con una sociedad laica o con el laicismo. Por ejemplo, periódicamente, determinadas formaciones políticas hacen públicas propuestas en torno a la enseñanza de la Religión Católica en los centros educativos públicos para arrojarla fuera del horario o del espacio escolar, o ponen en entredicho la asistencia religiosa en hospitales públicos o en la Fuerzas Armadas, o aprueban disposiciones normativas tendentes claramente a eliminar los símbolos religiosos que tradicionalmente han estado presentes en espacios y lugares públicos en España.

Algunos de estos intentos se manifiestan en mociones que se presentan en ayuntamientos, organismos autonómicos e incluso nacionales, las cuales más que promover una laicidad sana y positiva, lo que tratan es dar un paso más hacia un laicismo propio de épocas históricas pasadas. Huelen a naftalina y reavivan situaciones pasadas que es preciso olvidar. Respiran una posición atávica de resentimiento (¿odio?) hacia lo religioso-cristiano-eclesial, que, de hecho, con estas medidas u otras semejantes se intenta hacer desaparecer o recluir al pasado o a espacios de privacidad o de interioridad subjetiva. Se intenta distraer a la opinión pública y sembrar en ella la mentalidad de que lo moderno, lo progresista y lo que vale es eso: el que lo religioso desaparezca de la esfera pública y se reduzca a la esfera de lo privado. Y esa mentalidad es equivocada. En tales mociones se ve demasiado claro que lo religioso no cuente, más aún, que lo cristiano o eclesial no cuente, ni debiera contar.
 
Me resulta por lo demás curioso que cuando se cita a la Constitución española a propósito de la libertad religiosa no se cite la mención expresa que se hace en ella a la Iglesia católica, mención que hasta alguna persona de la comisión para la elaboración de nuestra Constitución, uno de sus padres, nada sospechoso de confesional cristiano, la defendió. En el trasfondo hay una confusión de no confesionalidad con laicismo, y de laicidad positiva con laicismo. Los redactores de estas propuestas o mociones se ve con no son expertos, ni siquiera meros aprendices, en la materia del derecho de libertad religiosa, la cual comporta mucho más que lo que tales propuestas, intenciones o mociones le asignan a la libertad religiosa; pero que, sin embargo, sí están cargados de ideología y de prejuicios que ciegan y desfiguran.

Publicado en La Razón el 4 de abril de 2017.

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