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Vicente, un mártir que nos sigue hablando (José Manuel Pagán, Levante-EMV)

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Vicente, un mártir que nos sigue hablando (José Manuel Pagán, Levante-EMV)

1722 años después, San Vicente Mártir también ilumina la misión de la Universidad hoy, toda vez que en él se hace visible, no como teoría sino como vida, aquello que toda auténtica educación está llamada a custodiar: el primado de la verdad como condición de posibilidad de una libertad verdaderamente humana.

¿La libertad nos hace verdaderos o la verdad nos hace libres? Dar respuesta a esta pregunta es cada día más importante y más difícil, por la sospecha profunda hacia la verdad -percibida con frecuencia como una amenaza para la autonomía personal- y por la esperanza casi ilimitada puesta en la libertad, entendida como autodeterminación absoluta.

Nuestra sociedad tiende a afirmar que somos verdaderos en la medida en que somos libres, es decir, en la medida en que elegimos sin referencias previas que nos obliguen, identificándose así lo verdadero con lo auténtico, y lo auténtico con lo elegido. Esta visión contiene un elemento legítimo: nadie puede vivir en la verdad por imposición externa, toda vez que la verdad solo puede ser acogida libremente. Pero cuando esta intuición se absolutiza y se separa de la pregunta por la verdad misma, se vuelve contra la persona.

Responder a esta mentalidad exige, ante todo, un acto de clarificación antropológica: la libertad no es el origen de la verdad de la persona, sino una de sus dimensiones más altas. El ser humano no se crea a sí mismo desde la nada, la verdad de lo que es no nace de su elección, sino que se le ofrece como un don que pide ser reconocido; la libertad no crea esa verdad, pero puede acogerla o rechazarla, y ahí reside su grandeza.

Cuando se afirma que la libertad nos hace verdaderos, se termina identificando la verdad con el deseo o con la decisión; un deseo que es cambiante y una decisión que es frágil. Si la verdad depende solo de la libertad, entonces cambia con ella y deja de ser verdad en sentido pleno. El resultado no es una libertad más fuerte, sino una libertad desorientada, obligada a reinventarse continuamente, sin un criterio que la sostenga.

Frente a ello, afirmar que la verdad nos hace libres no significa negar la libertad, sino situarla en su verdad. La verdad no es una jaula que encierra a la libertad, sino una luz que le permite ver; como el ojo necesita la luz para ejercer su función, la libertad necesita la verdad para realizarse. Sin verdad, la libertad existe solo como posibilidad abstracta; con la verdad, se convierte en capacidad de adhesión, de compromiso, de donación.

En este punto es esencial el testimonio más que el discurso. En una sociedad que desconfía de las afirmaciones fuertes sobre la verdad, la respuesta ha de ser existencial. El joven Vicente en el año 304 y el testigo cotidiano que vive hoy, en 2026, el “martirio escondido” de la fidelidad diaria, muestran que la verdad no anula la libertad, sino que la lleva a su forma más alta.

Urge que quienes nos dedicamos a la educación cuidemos la educación de la libertad de nuestros estudiantes. No basta con proclamar la primacía de la verdad, es necesario mostrar que la verdad es un bien para la libertad. Esta es nuestra misión irrenunciable: ayudar a nuestros jóvenes a descubrir que la libertad madura no consiste en mantener abiertas todas las opciones, sino en aprender a reconocer lo verdadero y a comprometerse con ello.

En esta misión la tarea del profesor es clave; un profesor que no se limita a transmitir contenidos, sino que muestra una forma noble de relación con la verdad: una verdad buscada con rigor, acogida con humildad y comunicada con respeto. Enseñar así exige esfuerzo, paciencia y, a veces, la experiencia del aparente fracaso. Pero nada de esto se pierde, porque la luz comunicada, aunque sea débil, siempre deja huella. Perseveremos en la convicción de que es más fecundo compartir la luz que simplemente contemplarla en soledad, contemplata aliis tradere. Y no olvidemos que no es el sufrimiento ni la pena lo que constituye a un mártir, sino la causa por la que lo sufre. En esta fidelidad discreta y perseverante, la universidad cumple su tarea más alta y los profesores se convierten, día tras día, en servidores de una luz que no es suya, pero que están llamados a custodiar y a ofrecer.

San Vicente Mártir nos recuerda hoy que no es la libertad la que nos hace verdaderos, sino la verdad la que hace posible una libertad plena, responsable y gozosa. Y esta verdad no se impone, se propone, se testimonia y se vive. Solo así puede ser reconocida, incluso en una cultura que ha aprendido a sospechar de ella, pero que sigue teniendo hambre de libertad verdadera.

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