Titulares y certezas (Carola Minguet, Religión Confidencial)
Noticia publicada el
martes, 3 de febrero de 2026
En los últimos días hemos asistido a un fenómeno recurrente: una sentencia judicial convertida en titular sin ser leída, una tragedia con culpables señalados antes de ser investigada y un conflicto internacional narrado según el marco previo del medio.
Esto nos devuelve a un debate clásico, pero fundamental: cómo combatir la desinformación y la información sesgada sin comprometer la libertad editorial.
Pero hay algo que va más allá del trabajo y la responsabilidad periodística, pues habla de la tiranía de la comodidad mental en la que vivimos. No siempre discutimos los hechos, sino el relato que encaja con nuestras certezas previas. Chesterton decía que el problema de su tiempo no era que la gente no creyera en nada, sino que creyera en cualquier cosa. Aplicado a este asunto, hoy podríamos añadir: creemos en cualquier cosa que confirme lo que ya pensábamos antes de abrir el móvil por la mañana.
Por eso la desinformación rara vez llega disfrazada de mentira burda. Suele presentarse como dato sacado de contexto, como titular que grita más de lo que explica. Igualmente, la información sesgada resulta peligrosa precisamente porque selecciona para la audiencia. Basta con decidir qué dato va en el titular y cuál queda enterrado en el cuarto párrafo o citar sólo tres fuentes del mismo lado y llamarlo pluralidad. Todo eso puede hacerse sin mentir ni una sola vez… y, aun así, orientar decisivamente la lectura.
Ahora bien, ¿cómo combatir esto sin cargarnos por el camino la libertad de los medios? Porque ese sería un remedio peor que la enfermedad. Hacerles frente silenciando voces sería como apagar un incendio quitando el oxígeno a toda la casa. La libertad de prensa no es un problema a resolver, sino una condición que debemos aprender a habitar. Es incómoda, ruidosa, a veces injusta. Pero sin ella no hay posibilidad de corrección, ni de contraste, ni de verdad compartida.
Aquí es donde entran, o deberían entrar, los consensos profesionales. No consensos ideológicos —que serían otra forma de sectarismo—, sino consensos éticos y metodológicos: cómo se verifica una información, cómo se citan las fuentes, cómo se corrige un error, cómo se separa el hecho de la opinión. No necesitamos periodistas que piensen todos igual; necesitamos periodistas que trabajen igual de bien, aunque piensen distinto. Ahora bien, perseguir la verdad, en este caso periodística, no es solo cuestión de método; es también cuestión de formación espiritual y cultural. Sin eso, la técnica es mera rutina.
Y también aquí aparece una paradoja inevitable: para que la libertad de prensa sobreviva, necesita límites. No impuestos desde arriba por la censura o por planes de regeneración democrática como el del presidente Sánchez, sino asumidos desde dentro por la ética profesional. La libertad no se debilita cuando se ejerce con responsabilidad; se debilita cuando se usa como coartada para la negligencia o la manipulación. Combatir la desinformación no es callar más voces, sino elevar el nivel del debate. No es elegir entre libertad o verdad, sino recordar que sin libertad no hay verdad creíble y que, sin verdad, la libertad se vacía de sentido.
Ahora bien, no podemos culpar solo a los medios. Los datos parciales y las noticias incompletas tampoco se propagan solas. Los premiamos con clics, con indignación, con ese placer culpable de reenviar algo porque “aunque no sea verdad del todo, algo de razón tiene”. Por eso tampoco necesitamos lectores pasivos, sino capaces de discernir, de poner a prueba lo que llega. Porque el problema no es sólo que el periodista mienta, sino que crea que el titular ya haya hecho el trabajo de pensar por el público. No son únicamente errores del sistema informativo, sino también un fallo del carácter humano, por eso hacerle frente exige una alianza incómoda entre profesionales y ciudadanos responsables.
Al final, lo que hace falta es sentido común, pero no como simpleza, sino como humildad intelectual. Aceptar que la realidad es más compleja que un titular, una gráfica aislada o un vídeo de treinta segundos.