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Cátedra Charles Péguy

Josep Maria Esquirol: “Los jóvenes de hoy son víctimas de una sociedad profundamente nihilista”

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Josep Maria Esquirol: “Los jóvenes de hoy son víctimas de una sociedad profundamente nihilista”

El filósofo y ensayista Josep Maria Esquirol, catedrático de la Universitat de Barcelona, ha impartido una conferencia en la Universidad Católica de Valencia (UCV), invitado por la Cátedra de Estudios Culturales Charles Péguy. Director del grupo de investigación Aporía, centrado en la filosofía contemporánea, Esquirol es autor un buen número de libros, entre los que se encuentran La resistencia íntima (Acantilado, 2015), que le valió el Premio Nacional de Ensayo, y su última obra, La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir (Acantilado, 2024).

Como muestra su libro más reciente, la educación no sólo es parte de la vida profesional de este pensador catalán: también forma parte de su preocupación y quehacer filosóficos. Baste una frase de La escuela del alma sobre el estado de la situación: «Paradójicamente, las ciencias humanas están haciendo mucho daño al humano. Por la falta de profundidad que vehiculan. Es mejor leer a Pessoa y a Chéjov que estudiar Sociología». A las humanidades, a las instituciones de enseñanza actuales, les faltan muchos metros para bucear en la persona y no quedarse en la superficie, parece. Y, quizás, sobran pantallas.

Complete la frase: «Las pantallas en los colegios son el caballo de Troya de…».

El problema no es que haya pantallas en las escuelas, pues no hay una perversidad intrínseca a una determinada tecnología. El problema viene cuando lo colonizan todo. Que haya una o dos aulas con pantallas y se haga un tipo de actividad no supone nada problemático. Ahora bien, que estén presentes por doquier es, sin duda, un empobrecimiento del lugar.

Si es la herramienta principal, aunque haya otras secundarias, también es un problema. Es decir, si sustituimos las pizarras, los libros, etcétera… Evidentemente, cuando algo se convierte en el elemento principal, es que ya se está en camino de esa colonización. Puede haber pantallas, pero que también haya espacios en los que no haya ninguna, en los que prevalezca la mirada de tú a tú, donde haya palabra hablada, representación teatral, canto, estudio, silencio, música… Estos espacios no tienen por qué estar mediatizados por la pantalla, porque son gestos que tienen sentido en sí mismos.

Usted es un ávido lector. ¿Qué contestaría a un adolescente si este le preguntase por aquello que le puede ofrecer una novela que no vaya a encontrar en la pantalla de su tablet, o de su móvil?

Una cosa buena de la vida es la diferencia, que no todo sea lo mismo. Cuando todo es lo mismo, se produce un empobrecimiento del contexto, del ambiente, e incluso se incrementa el malestar. Que estés en un momento dado jugando o haciendo no sé qué con la pantalla puede tener su lugar. Pero que tengas también la experiencia de la lectura en el formato de libro tiene todo su sentido.

No es algo que puedas argumentar a priori, en el sentido de que la cosa es un poco también de confianza. A veces a mis hijos les decía: «Pues mira, haz esto», pero no en el sentido impositivo, sino: «Haz esto y ya verás cómo al final eso te puede gustar muchísimo». Esta invitación a vivir algo que, a medio plazo —o no tan a medio plazo, sino casi bastante pronto—, te hará ver algo diferente, eso es lo que puede constituir la invitación a la lectura de un libro.

Si mañana anunciasen en los periódicos que hay un nuevo ministro de Educación y resulta que es usted, ¿cuál sería la primera medida que tomaría?

Si soy sincero, en otros momentos de mi vida hubiera cedido a esa especie de responsabilidad, pero en estos momentos, no. Pero, respondiendo a su pregunta, no creo que haya una sola cosa urgente, pero sí hay algo imprescindible: saber hacia dónde se quiere ir. El gran problema de la educación, y de la cultura, en general, es que no tienen un horizonte claro en este momento. Es decir, si consideras que los problemas que afectan al mundo educativo hoy en día son problemas de índole técnica, de organización, de currículum, de recursos... eso es importantísimo, por supuesto, pero lo fundamental es saber hacia dónde quieres ir, saber qué tipo de orientación quieres ofrecer a los jóvenes.

Eso es imprescindible porque, en función de hacia dónde quieres ir, es decir, de cuál es el horizonte que te parece bueno, saludable y sensato para las personas, podríamos empezar a ver cuáles son los currículums más adecuados, los tiempos más adecuados, los espacios más adecuados. Todo tendría que estar en función de ese horizonte y, en este momento, no hay un horizonte claro. Entonces, evidentemente, hay malestar, porque en realidad hay una desorientación muy de fondo.

¿Cree que en ese horizonte falta un término como “humanismo”?

Sí, yo echo en falta la reflexión humanista como algo presente en todas las etapas educativas. Debería estar en la universidad, porque es lo que más puede formar y orientar a la persona. Y eso no es incompatible con la destreza técnica y específica de una determinada dedicación. Incluso puede nutrirla. Si uno aprende a pensar las cosas de fondo de la vida, eso puede alimentar su dedicación como científico, ingeniero, periodista, psicólogo o médico.

En realidad, el problema de fondo es que vivimos en una sociedad en la que no hay un acuerdo sobre esta especie de humanismo básico. Y, como no lo hay, se reduce el problema educativo en general, y el formativo, a cuestiones operativas y técnicas. Pero eso no tiene solución si no abordamos lo que falta. Yo creo que, básicamente, esto ocurre por falta de reflexión. No creo que haya algo así como una especie de obstáculo invencible. Si entre todos pensásemos más y mejor, creo que se podría llegar a compartir un horizonte común, pero el pensamiento de fondo escasea.

Hablando de compartir, ha dicho en varias ocasiones que la escuela es un lugar «donde se comparte el mundo». ¿A qué se refiere?

Antes hablaba de que el gesto, la acción, es la que crea el lugar. Entonces, ¿cuál es la acción fundamental que crea ese lugar llamado escuela o universidad? Compartir algo del mundo. Casi diría que algo de lo bueno, de lo bello del mundo. Este gesto de compartir la belleza de algo –de las matemáticas, de la música...–, es, en realidad, compartir con los demás una pasión.

Por eso las personas que no sienten ninguna pasión, que no vibran por nada del mundo, no pueden compartir, no pueden enseñar. En cambio, cuando tú vibras por la literatura, por la historia, por la física, quieres que las personas lo conozcan. Cuando estás apasionado por algo, entonces puedes compartirlo.

Lo que ha pasado en las últimas semanas en las calles de Francia, ¿tiene que ver con pasiones mal encauzadas? ¿Les faltan a los jóvenes esos «indicios de infinitud» a los que se ha referido en su conferencia?

Aquello de lo que he hablado en la conferencia tiene que ver con esta falta de reflexión, con el acercamiento a aquellas honduras que nos constituyen. No es algo de lo que sólo los jóvenes estén faltos. Yo casi diría que en absoluto. Los jóvenes de hoy son víctimas de una sociedad profundamente nihilista y, por tanto, de unos adultos con unos discursos culturales, o aparentemente culturales, y unos discursos políticos que en sí mismos son muy reduccionistas, a veces muy ideológicos, y a veces muy violentos.

La violencia es un fenómeno muy especial y muy preocupante. Evidentemente, todo tipo de violencia me parece mal, pero hay una violencia casi invisible que es realmente muy operativa, que tiene que ver con el discurso y con las posiciones políticas, y esta violencia adopta aparentemente posiciones más educadas.

¿Qué rasgos nihilistas más dañinos se pueden vislumbrar en las sociedades en las que han crecido esos jóvenes?

Hay un nihilismo que tiene distintas facetas y, por decirlo así, distintos disfraces, pero que apunta en la misma dirección: que, en el fondo, no hay sentido. Entonces, hay una visión demasiado banal del mundo, en la que se entiende que la realidad es plana, epidérmica. Quizá se podría acuñar la expresión «ideología cientificista», que no tiene nada que ver con la ciencia. Es una especie de discurso que va en esta dirección de transmitir que la realidad es potencialmente transparente.

La falta de experiencia de la hondura, del misterio, es algo que daña, sin duda, a la gente joven, pero no sólo a ella. Está muy presente. A eso también le puedes añadir la dinámica consumista, en la que prácticamente todo se resume, como dice la palabra, a esta especie de acción repetitiva de consumir. Y se consume todo. Una cosa es consumir alimentos, algo absolutamente apropiado, y otra cosa es consumir cultura.

Una de las expresiones que más ha utilizado, en sentido negativo, durante su conferencia, ha sido la de «homogeneización». ¿Que casi todas las casas las amueble Ikea o que casi todos veamos las mismas series forma parte del problema?

Los procesos de homogeneización, en general, son empobrecedores. Pero los más preocupantes a veces, justamente como decía antes, no son los que más se ven, sino los invisibles. Hay una homogeneización que tiene que ver con los esquemas de representación de las cosas. Es decir, hay una extensión de unos modelos, por decirlo así, de catalogación del mundo y de acceso a las cosas, que son muy reduccionistas y, efectivamente, muy empobrecedores.

Y eso se nota menos que los muebles que uno puede tener. Eso contribuye, estoy de acuerdo, pero la homogeneización más preocupante siempre es aquella relacionada con el modo de ver; es decir, con la manera de mirar, con la manera de acercarte a las cosas, con la manera de ver el mundo. Esa es la más inquietante.

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